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La salida de la pandemia

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El Coronavirus pandemia

He leído con interés un largo artículo de John Gray, catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, titulado ¿Otro apocalipsis?, referido a la gran pandemia. Gray ya escribió Perros de paja y Misa negra, ensayos exageradamente pesimistas en los que ataca el antropocentrismo y considera al género humano una especie voraz que destruye instintivamente su propio medio ambiente, al tiempo que critica el concepto de progreso social, que sería una especie de subproducto del más remoto milenarismo. En el artículo en cuestión considera que el coronavirus arrasará radicalmente un ciclo histórico mediante un nuevo apocalipsis. Para él, la historia es una sucesión de disrupciones que arrinconan a generaciones enteras, aunque en nuestro caso el cataclismo no será cruento. “La burguesía afectada no tiene por qué temer a la hambruna ni a los campos de concentración, pero el mundo en que ha vivido está desvaneciéndose ante sus ojos. Lo que está experimentando no es nada nuevo. La historia es una sucesión de apocalipsis de este tipo y, de momento, este es más suave que la mayoría”.

Vaya por delante mi discrepancia radical con esta concepción convulsa del devenir humano, en el que hay efectivamente cataclismos que distorsionan la propia evolución de la historia —la segunda guerra mundial y el precedente hispano de nuestra guerra civil— pero que son la excepción periódica a la regla constante de adaptación y avance a pesar de las sucesivas contrariedades de toda índole que salen al paso de una realidad cada vez más globalizada: una gran crisis financiera y de deuda en la década anterior, una inédita y brutal crisis sanitaria en los albores de esta…

En España (en cada país el efecto ha sido diferente, aunque hay rasgos comunes en todos ellos), la gran pandemia, que nos ha sorprendido con escasa prevención sanitaria, después de una década de recortes, ha tenido que ser combatida mediante la única solución a nuestro alcance: el confinamiento. El rastreo eficiente, que ha resuelto la epidemia con sorprendente eficacia en China, Corea del Sur, Taiwan o Vietnam (y, en otra escala, en Alemania o Islandia) requería medios personales y tecnología que no estaban ni están a nuestro alcance. Pues bien: este confinamiento, que se ha pretendido convertir en una especie de congelación de la actividad para recuperarla al término de la epidemia, distará mucho de regresar automáticamente a la situación anterior —en definitiva, no habrá solución en V— y en ese tracto cambiarán numerosos procesos.

De entrada, las empresas de baja productividad que mantenían una vida lánguida y las que sólo podían subsistir en el ámbito de la economía sumergida probablemente desaparecerán; asimismo, el sistema de relaciones laborales basado en una alta temporalidad deberá reconstruirse y habrá un incremento significativo del desempleo estructural; la generalización del trabajo online en el sector servicios marca una tendencia imparable, aunque su implantación total tardará aún algún tiempo; Internet desempeñará en el futuro un papel importante en la educación y en las relaciones científicas, aunque no eliminará ni mucho menos la educación presencial, que produce un efecto de socialización aún más importante que la asimilación de conocimientos; el cambio de hábitos en lo referente a la movilidad acelerará sin duda la transformación de los sistemas de transporte, y el horizonte de veinte años marcado para la desaparición del motor de explosión se reducirá drásticamente; la reestructuración que vendrá auspiciada por el confinamiento y la parálisis será una gran oportunidad para proceder a la renovación tecnológica, a la digitalización de los procesos, a la automatización y/o modernización de las tareas y de las organizaciones… El mundo de después será irreconocible para quienes se hayan quedado anclados en la visión del anterior

Como acaba de decirse, uno de los efectos más sensibles de estos cambios será un aumento significativo del desempleo estructural, que a corto plazo debe ser solventado mediante una renta básica universal —el ingreso mínimo vital que se ha aprobado en le último consejo de ministros es el primer paso, que habrá de afianzarse en el futuro— y a medio y largo plazo a través de una mejora sensible de la formación —de todo el sistema educativo— y de una inversión ambiciosa en I+D+i. El incremento de productividad generará paro en primera instancia, pero ha de ser el trampolín que permita alcanzar nuevas actividades de mayor valor añadido. Y todo ello ha de hacerse comunitariamente. Por fortuna, Europa parece haber entendido por primera vez la necesidad de poner en marcha mecanismos federales para que la construcción supranacional justifique su propia existencia y para que la Unión comience a asumir el papel de gran potencia que le corresponde en el concierto de la globalización.

Gray pronostica también en cambios en las relaciones interpersonales, en los modos de aproximación sexual de las personas entre sí, como si fuera a implantarse un platónico miedo al otro… Tampoco parece que este pronóstico vaya a ser certero. Hemos superado el sida prácticamente sin secuelas y ocurrirá lo mismo con la contagiosa pandemia. En definitiva, una vez más nos sobrepondremos a la naturaleza y ejerceremos nuestro dominio sobre ella. Haremos un nuevo y profundo cambio sin cataclismo, sin apocalipsis.

Soluciones tras la pandemia

España, como otros países de nuestro entorno, no ha tenido más remedio que combatir la COVID-19 mediante el confinamiento de las personas y la consiguiente parálisis de la actividad. Teóricamente, se trataba de organizar el mencionado proceso en V, de caída en picado de la economía, seguida de la recuperación también rápida una vez recuperada la movilidad. Pero las cosas no son tan sencillas, principalmente porque el riesgo de contagio sólo desaparecerá o se relativizará cuando se consiga una vacuna o un antiviral eficaz. De forma que habrá que avanzar mediante una V asimétrica, cuyo borde derecho, cargado de temores, estará mucho más inclinado de lo que desearíamos.

Con todo, los países han hecho por su cuenta esfuerzos ímprobos para minorar el golpe y preservar en lo posible la indemnidad de las empresas. En el caso español se ha recurrido especialmente a los ERTE, que permiten la hibernación de las compañías cuando se produce una momentánea caída de la demanda, así como a determinadas facilidades a los autónomos que por razones extraordinarias hayan de cesar temporalmente en su actividad.

Las industrias vinculadas al transporte, como el turismo, serán las de más difícil recuperación, ya que movilidad y seguridad son términos objetivamente antitéticos. Con todo, dado que la pandemia es global, no ha de ser imposible crear zonas epidemiológicamente homogéneas con buenos equipos de rastreo que permitan la movilidad en su interior. Si se facilita la circulación de personas en el ámbito Schengen, por ejemplo, el turismo internacional podría salvar parcialmente la temporada.

La digitalización y la lucha contra el cambio climático avanzarán significativamente durante el impasse, de tal forma que el mundo que nazca tras el coronavirus será completamente distinto del anterior.

Asimismo, el desescalamiento y la posterior reactivación ofrecen una gran oportunidad de renovar sistemas y procesos obsoletos. Así por ejemplo, el teletrabajo, que se ha incrementado extraordinariamente por necesidad, se ha demostrado sumamente eficiente. La digitalización y la lucha contra el cambio climático avanzarán significativamente durante el impasse, de tal forma que el mundo que nazca tras el coronavirus será completamente distinto del anterior.

El gran riesgo era que Europa no tomara conciencia de la magnitud del reto y se inhibiera ante el hundimiento del PIB de los países más afectados por la pandemia. Sólo el efecto del confinamiento y la parálisis ha producido pérdidas irrecuperables que representarán una fracción muy apreciable del producto bruto del ejercicio. Pero esta vez Europa ha tenido líderes capaces de entender que su misión histórica era tender un gran puente entre el antes y el después, salir en ayuda de los países que han debido venderse las joyas de la corona para parar la epidemia y resolver la catástrofe.

No hay que hacer un gran esfuerzo, en esta época de desprestigio universal de la política, para reconocer que Merkel y Macron han dado la talla de estadistas al activar el eje francoalemán para cumplir los designios fundacionales de la construcción europea. Las dos grandes naciones de Europa (descartado por su voluntad el Reino Unido, en una abdicación extemporánea e inoportuna) han salido en ayuda de los damnificados, de forma que la opulencia del Viejo Continente permita la recuperación de los países más golpeados sin que ello les suponga un oneroso incremento de la deuda.

El Banco Central Europeo, con Lagarde al frente, ha emulado a su predecesor, ha hecho todo lo que había que hacer para sostener el euro y ha dispuesto 750.000 millones, ampliables, para respaldar la deuda de los 27, lo que descarta una crisis de deuda o un descontrol de las primas de riesgo. Pero además de este dinero virtual, el Consejo Europeo ha puestos recursos frescos sobre la mesa. Primero, 540.000 millones de euros del MEDE, del Banco Europeo de Inversiones y del fondo para el desempleo con el que se cubrirán los ERTE. Y ahora, la Comisión ha anunciado la aportación de 750.000 millones de euros, la mayor parte en forma de subsidios a fondo perdido. España, que será la segunda beneficiaria, recibirá 67.000 millones de euros en subsidios y 63.000 en créditos. Los recursos provendrán de los presupuestos comunitarios, que a su vez se nutrirán de impuestos especiales y del endeudamiento a largo plazo de Bruselas y a bajo interés.

En el caso español, no cabe duda de que Nadia Calviño, antigua directora general del Presupuesto en la Comisión Europea, ha sido pieza clave en la orquestación de semejante dispositivo, que nos beneficia singularmente y nos permitirá salir de la crisis sin un endeudamiento inmanejable, con recursos para realizar reformas estructurales que nos permitan modernizar sin austeridad los grandes servicios públicos, y con un Estado reconvertido capaz de recaudar lo que sus ciudadanos quieren que gaste en el sostenimiento del estado de bienestar.

Ante este panorama, puede ser comprensible que la derecha, que siempre ha marcado últimamente las pautas económicas en Europa, esté nerviosa, pero esta vez ha llegado el momento de la generosidad, de la justicia social y fiscal, del retorno de la clases medias, del embridamiento del mercado y de la recuperación de una cierta moral pública sin la que Europa no sería reconocible.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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