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En torno a ‘La trampa de la diversidad’: ¿Más derechos civiles para ocultar la pérdida de derechos sociales?

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La trampa de la diversidad. Bandera LGTBI, feminismo

A primeros de este año, apareció en Akal el libro de Daniel Bernabé La trampa de la diversidad. Como el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, que se basaba en un artículo La trampa de la diversidad, una crítica al activismo publicado en La Marea el 29 de marzo de 2017, y que ha conseguido un gran éxito editorial (el libro va por la novena edición).

Aquel artículo de 2017 era una crítica corrosiva contra el activismo de un progresismo desorientado (a juicio del autor), que perdía el tiempo en algaradas —“un lío con mucha gente”, como describió con impremeditada genialidad José María Aznar—, mientras la ultraderecha desarrollaba tranquilamente sus planes de postergación de la clase trabajadora, de debilitamiento de las clases medias, de proletarización de la sociedad. Un párrafo sintetiza lo que Bernabé desarrolló después en su ensayo:

“En el momento actual se observan con asiduidad extraños debates […]: activistas feministas teorizando sobre el burka o la prostitución como empoderamiento para la mujer, activistas LGTB defendiendo los vientres de alquiler, activistas animalistas comparando un matadero con los campos de concentración, activistas de lo precario interesándose por la economía colaborativa, activistas culturales reivindicando expresiones de vertedero como populares, activistas de la salud oponiéndose a las vacunas, activistas étnicos tratando la poligamia con respeto o activistas ecologistas capaces de asumir la muerte por desnutrición antes que aceptar avances tecnológicos en los cultivos. Este gigantesco despropósito, hablemos claro de una vez, no solo es trágico en sí mismo por el daño que hace a cada una de las reivindicaciones mostrándolas ante la sociedad como marcianadas inasumibles, no solo es contraproducente por la enorme desorientación que provoca, es dramático especialmente en un contexto donde la ultraderecha presenta a los ciudadanos un programa centrado en cuestiones inmediatas y tangibles como el empleo, la seguridad o la lucha contra la corrupción y fácilmente admisibles desde el siempre conservador sentido común como el nacionalismo o lo identitario”.

Lo que quiere y lo que no quiere decir Bernabé en su libro

En su libro, del que ya hemos hablado en Analytiks en alguna ocasión, Bernabé tiene gran interés en dejar muy claro que en absoluto quiere expresar que muchas de las reivindicaciones más en boga —asuntos que han estado o están en candelero como el matrimonio homosexual, la memoria histórica, el lenguaje de género o la educación para la ciudadanía— carezcan de importancia.

Lo que quiere decir es que tales banderas han sido frecuentemente enarbolados para alardear de progresismo por gobiernos que en realidad practicaban políticas socioeconómicas conservadoras. En definitiva, Bernabé denuncia que “En un mundo donde lo ideológico se ha convertido en una coartada para afirmar nuestra personalidad aislada, el activismo se esfuerza en buscar las palabras adecuadas para marcar la diversidad, creando un entorno respetuoso con nuestras diferencias mientras el sistema nos arroja por la borda de la Historia. Ya no se busca un gran relato que una a personas diferentes en un objetivo común, sino exagerar nuestras especificidades para colmar la angustia de un presente sin identidad de clase”.

Las políticas de la identidad (feminismo, animalismo, diversidad sexual…) son políticamente respetables, pero fomentan dinámicas competitivas dentro del bloque de quienes cuestionan el sistema capitalista

La trampa de la diversidad provocó en su día una cierta controversia, que se agrió como suele ser usual en las redes sociales. Víctor Lenore explicaba en El Confidencial hace ahora un año que el libro “ha generado un intenso debate en el que han participado voces tan distintas como Alberto Garzón (Unidos Podemos), Kiko Matamoros (Sálvame Deluxe) o Juan Soto Ivars y Esteban Hernández (El Confidencial), entre otros. ¿La tesis que defiende? Las políticas de la identidad (feminismo, animalismo, diversidad sexual…) son políticamente respetables, pero fomentan dinámicas competitivas dentro del bloque de quienes cuestionan el sistema capitalista”.

También Bernabé participaba en aquella información con una opinión descarnada: “Para mí, estos colectivos —defensores del feminismo, la causa gay o el ecologismo— no son culpables de nada, sino víctimas propiciatorias. Gobiernos socialdemócratas como el de José Luis Rodríguez Zapatero, les han utilizado para encubrir su falta de políticas económicas diferentes a las del Partido Popular. Me preocupa que en tantas elecciones en todo el mundo haya que escoger entre una derecha cada vez más cercana al fascismo y un progresismo blando, que solo ofrece limosnas sociales”, denunciaba.

Renace el gran debate: aparece la “Izquierda Viriato”

Cuando se había aplacado aquella controversia —aunque el problema permanece intacto como es bien evidente—, el pasado 29 de junio se publicaba en El Confidencial una entrevista de Esteban Hernández al italiano Diego Fusaro, muy cercano a Salvini, que utiliza la etiqueta marxista pero que es denostado por la izquierda por reaccionario (se le aplica el adjetivo ‘rojipardo’, hoy no tan extraño ni descabellado porque la confusión crece).

La entrevista y el hecho de su publicación han levantado también colosal polvareda, y hasta Estefanía la ha citado en su columna para destacar les sustancia inquietante de la tesis de fondo que exhibe Fusaro: “En estos tiempos, con una mano se multiplican los derechos civiles pero con la otra se reducen los derechos sociales”. El título de la entrevista resume esta idea con agresividad: “Muchos tontos de izquierda combaten el fascismo inexistente y aceptan el mercado”.

Fernández acusa a Fusaro de publicar significativamente sus libros en España en una editorial especializada en bibliografía neonazi

Una de las reacciones a la entrevista a Fusaro ha sido de Xandru Fernández en “Tácticas y delirios de la izquierda Viriato”, publicado en ctxt.com. Fernández acusa a Fusaro de publicar significativamente sus libros en España en una editorial especializada en bibliografía neonazi y niega que haya “una alianza internacional contra la clase trabajadora europea”, y en esa alianza estarían “comprometidos los señores de las finanzas y los de las rastas.

No sería de extrañar que Fusaro u otro se sacaran de la manga la expresión “globalrastafarismo” para categorizar convenientemente esa nueva arma del capital transnacional” y concluye diciendo que “no es nostalgia de multitudinarias manifestaciones sindicales lo que expresan esas canciones de amor a la clase trabajadora (es curioso lo poco que en esos círculos se pronuncia la palabra “sindicato”), sino más bien el deseo de creer que aún quedan en algún lugar de Europa hombres como los de antes, de pelo en pecho, de los que llaman al pan, pan, y al vino, vino. Se equivocaría la izquierda, y mucho, si antepusiera ese delirio a la necesidad evidente de construir una alternativa política al cementerio de derechos del tardocapitalismo. No es de la mano de los fascistas, ni de los viejos ni de los nuevos, como va a construirse esa alternativa”.

¿Seguiremos cayendo en La trampa de la diversidad?

Estefanía explicaba la tesis de La trampa de la diversidad que subyace de algún modo en la entrevista a Fusaro con esta reflexión: “La trampa de la diversidad no consistiría en negar la importancia de la diversidad, del feminismo o el ecologismo sino en borrar del mapa cualquier asunto material. Así, se ha ganado en derechos de la mujer o del colectivo LGTBI y hay una conciencia exponencial sobre la emergencia climática, pero al tiempo el nivel de vida de las clases medias y de los trabajadores lleva décadas disminuyendo, hay mayores dificultades para encontrar trabajo o mantenerlo, los salarios se han bifurcado con pocos empleos muy bien retribuidos y muchos muy mal pagados y de estabilidad dudosa. No se puede abandonar a la izquierda sindical. La trampa de la diversidad consiste en negar la importancia de cualquier asunto material o dejarlo en segundo término”.

El antagonismo entre derechos civiles y sociales es perverso, pero hay que cuidar que los problemas de la identidad, que son esencialmente individuales, no extiendan un velo sobre los problemas colectivos, relacionados con el bienestar general, con la igualdad de oportunidades, con unas rentas del trabajo dignas, con un acceso a la vivienda real y extendido a todos, con la extensión de las clases medias, con la culminación del pilar de la dependencia, etc.

Estefanía, como siempre, ha colocado el debate en sus justos términos. Y lo ha hecho en un momento en que en este país hay un profundo vacío que la izquierda dividida no parece capaz de llenar. La cuestión estriba, como siempre, en si los políticos que diseñan las estrategias leen o no a Estefanía (o a cualquier que se ponga a opinar atinadamente sobre lo que nos pasa). De la respuesta frecuentemente negativa proviene en gran medida el pesimismo que a muchos nos embarga.

Iberia 350
Antonio Papell
Director de Analytiks

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