DebateEn Portada

Las crisis y la desconsolidación de la democracia

0
Elecciones tras el 28-A: ¿qué pasará?
Foto: Adobe Stock

En los últimos tiempos se menciona insistentemente una obra reciente que ya se ha convertido en clásica, El pueblo contra la democracia, de Yashka Mounk (2018). La tesis del ensayo es que estamos viviendo una decadencia acelerada de las democracias liberales, pero no a causa de la agresión de sus enemigos tradicionales —las ideologías fascistas de entreguerras o el golpismo militar contemporáneo respaldado por el gran capital— sino por un desgaste progresivo y taimado que “desconsolida” poco a poco los sistemas vigentes, que en algún caso han durado siglos sin quebrarse —el británico o el norteamericano— y en otros ya es posible registrar largos periodos de estabilidad —el francés, el alemán o incluso el español—. Como ha escrito Ángel Munárriz, lo que vemos en EEUU es un hito espectacular de esa “desconsolidación”. Los partidos decaen, pierden la confianza de la gente, se oligarquizan y no entran en sintonía plena con los anhelos sociales, ni son capaces de detectar los miedos colectivos que mueven el mundo. Mounk asegura en su obra mencionada que “lo más probable es que la presidencia de Trump no sea más que la salva de bienvenida de una lucha más prolongada”. No hay un Rubicón que separe la democracia de su opuesto. La democracia no se pierde súbitamente, se va perdiendo poco a poco. Tampoco se salva nunca del todo. El paralelismo al que acude Mounk es clásico y remoto: la caída gradual de la República romana. Tras un largo ciclo de choques civiles, tumultos e inestabilidad, “cuando los romanos corrientes tomaron por fin conciencia de que habían perdido la libertad de autogobernarse, hacía ya mucho tiempo que la República estaba perdida”, escribe.

Como ha escrito Ángel Munárriz, lo que vemos en EEUU es un hito espectacular de esa “desconsolidación”.

La percepción de que la democracia española se agosta en un camino de decadencia es intensa. Y parece incuestionable que, como ha escrito en ‘El País’ Chris Bickerton, la dialéctica política española durante todo el siglo XX ha sido muy ideológica, de combate entre el progresismo republicano y el conservadurismo realista, pero si hoy utilizáramos los mismos baremos en el análisis difícilmente podríamos entender y describir lo que ocurre, que es la disolución de las antiguas ideas-fuerza y el enflaquecimiento de otros factores que caracterizan el progreso político.

La mudanza más clara es el cambio del motor que anima y tensiona la política concreta. Si hasta finales del milenio anterior ese motor era la confrontación ideológica entre dos ‘modelos de sociedad’ antitéticos, las crisis de comienzos del milenio actual han generado una confrontación entre “el pueblo” y las elites. Los activistas progresistas han creído, probablemente razón, que las formaciones políticas tradicionales, con sus bagajes ideológicos respectivos, eran incapaces de enfrentar con eficacia los nuevos retos y han dejado de sentirse representados por la vieja socialdemocracia y, más aún, por el rígido marxismo-leninismo y han enarbolado el lema de “no nos representan” al tiempo que planteaban soluciones populistas transversales que en el fondo eran abdicaciones ideológicas y llamadas a la eficacia. Y las derechas tradicionales se han visto socavadas por un laicismo creciente que ha dado lugar a un pragmatismo liberal que no siempre se ha visto limitado por unos criterios tomados de la ética civil; la compasión humanitaria sustituye al dogmatismo deísta democristiano, pero tiene menos fuerza coercitiva, y de ahí la falta de escrúpulos y el crecimiento de la corrupción. Esta crisis de representación no se ha resuelto todavía, aunque la segunda crisis del siglo, la sanitaria, de fuertes repercusiones económicas, está recuperando las herramientas keynesianas de la izquierda y las ortodoxas de la derecha, de forma que reaparecen hasta cierto punto las viejas políticas de oferta y demanda.

Junto a la confrontación entre “el pueblo” y “las elites” —incluidos los cuadros profesionalizados de los partidos—, que representa un cierto divorcio, populista, entre el Estado y la sociedad (lo público pierde prestigio por su ineficiencia), surge otra política, la tecnocrática, basada en el expertise, en la capacidad técnica, en la eficiencia en la solución de problemas. Aunque el término ‘tecnocracia’ sea adecuado también en este caso, no puede compararse con la tecnocracia del franquismo (Fernández de la Mora y otros teóricos) que sostenía que los problemas tienen una única solución posible, que ha de ser encontrada por los expertos, de modo que por lo tanto no tienen sentido ni el pluralismo ni el debate ideológico.

Esa tecnocracia —el tecnopopulismo— ha hecho fortuna sobre todo en Italia, donde la crisis de 2008 provocó el acceso a la jefatura del gobierno de Mario Monti, un economista de gran prestigio ajeno al juego de partidos que regularizó la situación del país entre 2011 y 2013; y actualmente, Mario Draghi, expresidente del BCE, cumple una función parecida. En Italia, la clase política reconoce su incapacidad y su impotencia llamando a tecnócratas en los momentos de mayor dificultad.

Claro es que lo que ocurre en los periodos críticos —ha habido dos en las dos últimas décadas— no puede ser la pauta intelectual permanente del progreso político. Cabe esperar que, con la normalización, la desconsolidación se revierta y que las técnicas políticas den lugar a nuevas alternancias entre políticas de oferta y demanda, entre el monetarismo y el keynesianismo.

 

Antonio Papell
Director de Analytiks

Quién financia qué

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Más en Debate