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Las grandes ventajas de la no mayoría absoluta

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Las grandes ventajas de la no mayoría absoluta 1
EL PRESIDENTE NACIONAL DEL PARTIDO POPULAR, MARIANO RAJOY, DURANTE SU VISITA A LA LOCALIDAD CANTABRA DE TORRELAVEGA. DONDE HA CLAUSURADO UN ACTO EN EL QUE TAMBIEN HAN PARTICIPADO ILDEFONSO CALDERON, CANDIDATO A LA ALCALDIA DE TORRELAVEGA E IGNACIO DIEGO, CANDIDATO A LA PRESIDENCIA DEL GOBIERNO CANTABRO.

En unos pocos meses de gobierno –Rajoy juró su cargo ante el rey el 31 de octubre pasado, por lo que la legislatura tiene apenas cinco meses-, el parlamento está buscando aparentemente de buena fe y con posibilidades éxito un nuevo pacto educativo para solucionar una inestabilidad que ha durado toda la etapa democrática, es decir, cuarenta años; se moderarán la sobrecogedora ‘ley mordaza’, que ha agravado el ascendiente del Leviatán estatal, algunas modificaciones tenebrosas del Código Penal (las relativas a la libertad de expresión, entre otras) y la excesiva reforma laboral, que había dejado sin derechos sociales a los trabajadores; el salario mínimo ha subido de golpe el 8%, un porcentaje sin precedentes en toda el periodo constitucional; el Gobierno se ha avenido de buen grado a recuperar la elección del responsable del audiovisual público con una mayoría cualificada, como quedó establecido en la ley de Zapatero de 2006, rectificada unilateralmente por un implacable decreto-ley oportunista en 2012, cuando Rajoy ya tuvo mayoría absoluta. El Gobierno estudia con interés la condonación de una parte de la deuda de las comunidades autónomas, endeudadas fuertemente por la crisis y abandonadas a su albur por el Estado. El Ejecutivo está dispuesto a proporcionar fijeza a los cientos de miles de interinos que hay en el sector público de este país, muchos de los cuales llevan más de una década en esta situación; y, al mismo tiempo, acepta convocar las vacantes funcionariales que se produzcan vegetativamente, sin amortizar más plazas. Asimismo, el Gobierno popular, que durante años ha asistido pasivo a la inflamación del soberanismo catalán y que en ocasiones ha alardeado de echar más gasolina al fuego, ha decidido al fin desembarcar amablemente en Cataluña, política y económicamente, con una presteza y unas ganas de agradar desconocidas hasta ahora. Rajoy, tan remiso a las mudanzas de todo tipo, se ha mostrado dispuesto a reformar lo necesario, incluso la Constitución, para que Cataluña vuelva al redil. Además, el pacto del PP con Ciudadanos para la investidura de Rajoy ha introducido algunos elementos de salubridad pública en el proceso político, que, aunque muestren fricciones aún irresueltas –en Murcia, por ejemplo-, van sin duda en la dirección correcta.

Y ¿qué ha ocurrido para que se hayan producido tan grandes cambios que han subvertido el viejo panorama de confrontación y diktat? Pues muy simple: que han desaparecido las mayorías absolutas y –de momento— la posibilidad de que las haya, lo que deja las fuerzas políticas a merced del juego de partidos y de la espontaneidad social. Si la “mano invisible”, con su capacidad autorreguladora del libre mercado, conduce al bienestar general según la conocida teoría de Adam Smith, la libre concurrencia de las fuerzas políticas en un escenario multilateral desempeña un papel semejante en el terreno político. La necesidad de formalizar pactos, de competir en las propuestas y de facilitar consensos a los ojos de todos, obliga a las fuerzas políticas a competir ante la opinión pública por efectuar ofertas atractivas y sacar adelante opciones deseables y demandadas que redunden en beneficio de todos.

[pullquote]Han desaparecido las mayorías absolutas y la posibilidad de que las haya[/pullquote]

En otras palabras, mientras el bipartidismo obligaba a elegir entre dos opciones que no eran siempre las mejores (ni mucho menos), de forma que la definición del bien común quedaba en manos de la formación hegemónica, que imponía su criterio sin necesidad de pactar con nadie y poseyendo por añadidura un gran ascendiente sobre los medios de comunicación, el pluripartidismo es mucho más abierto, permite exponer un abanico de posibilidades (no sólo las dos del maniqueísmo al uso) y obliga a ponderar todas las decisiones, a someterlas a la crítica y —lo que es más importante— a buscar necesariamente acuerdos y complicidades para que salgan adelante. Además, el pluripartidismo permite siempre una expresión más modulada y matizada de las preferencias sociales, que no siempre se decantan por el blanco o el negro.

Los políticos, aun los mejor intencionados, son seres humanos y buscan en primer lugar su propio interés (y ello es así aunque el político sea íntegro y actúe estrictamente dentro de la legalidad y con sentido de la decencia). Interés que, en política, consiste en perdurar y en ascender, en conseguir por tanto el respaldo de la ciudadanía. Pues bien: ese interés, cuando se posee plena capacidad de decisión gracias a la mayoría absoluta parlamentaria, no es el mismo que el que ha de defenderse en un ámbito más disputado: en este último caso, suele aproximarse más al bien común, algo que no necesariamente sucede en el primero. Claro es que si la clase política fuera ejemplar, estas modulaciones no tendrían demasiado sentido. Pero –hay que insistir en ello— los seres humanos se bandean siempre entre la grandeza y la miseria.

Es cierto que las mayorías absolutas, con capacidad de aplicar la conocida técnica del rodillo y con líderes que fácilmente caían presos del ‘síndrome de La Moncloa’, tenían ciertas ventajas teóricas que no cabe ocultar: proporcionaban una gran estabilidad interior y exterior y una mayor fiabilidad a la acción gubernamental; facilitaban la adopción de decisiones impopulares, que sin embargo (si había suerte) iban en la dirección adecuada del bien común; potenciaban las opciones centrales y restaban presencia e influencia a las periféricas, tanto en un sentido ideológico como geográfico… Todos estos valores son dignos de tener en cuenta, aunque probablemente no resistan la comparación con la situación que deriva de un pluripartidismo más rico. Dicho sea todo ello con una matización: la buena política no depende del sistema que elijamos sino de sus actores: si la selección de los políticos se realiza mediante un sistema competitivo y si el rol de la gestión pública adquiere prestigio y tiene demanda, la política será de calidad; en caso contrario, no hay sistema que por sí solo se autodepure y elimine espontáneamente la corrupción ni la mediocridad.

analytiks

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