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Macron: una desglobalización controlada

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El presidente de Francia, Emmanuel macron

La Unión Europea ha respondido con plausible unidad y con una firmeza admirable a la inconcebible agresión de Rusia contra una de las antiguas repúblicas de la URSS que adquirió su independencia pactada tras el derrumbe de la Unión Soviética.

Con independencia de las razones geoestratégicas que Rusia pueda exhibir, es claro que el uso desaforado de la fuerza en el corazón de Europa hasta el sojuzgamiento de una población de 44 millones de habitantes refleja unas posiciones autoritarias que no solo no son compatibles con el modelo político y de convivencia de la Unión Europea sino que exigen de la comunidad internacional una respuesta activa, capaz de disuadir a Rusia de continuar utilizando estos métodos en la búsqueda de los equilibrios futuros. Hay que tener en cuenta que Rusia, antigua gran potencia, es hoy una potencia media (ocupa el 11er lugar en el ranking mundial, con un PIB un poco mayor que el español, y su economía registra una lenta decadencia desde hace años) cuya fuerza bruta militar está solo respaldada por el arma nuclear, un dato que no debería ser relevante ya que solo loco podría apretar un botón que representaría no solo la extinción del adversario sino también la propia.

Con todo, mientras Bruselas ha organizado razonablemente bien la respuesta a la agresividad de Putin en estrecho contacto con la OTAN y mientras se organiza el abastecimiento incluso militar de la víctima de esta invasión intolerable, Macron ha sido uno de los únicos mandatarios europeos que se han tomado la molestia de sistematizar intelectualmente la situación, que es mucho más compleja que la que resulta de observar la brutalidad rusa frente a un país que está al borde de dejar de existir.

Quien esté interesado en la argumentación completa de Macron, encontrará fácilmente el resumen del discurso que pronunció el pasado 2 de marzo, en el que hacía hincapié en la vertiente económica de esta gran confrontación, que de momento impresiona por su devastadora crueldad. Macron destacaba que, salvo la improbable catástrofe nuclear, el terreno de juego entre Rusia y Occidente será el de la economía.

Las gravísimas sanciones que se imponen a Rusia tienen por objeto producir el aislamiento y el empobrecimiento del país, que junto a sus líderes pasará a ser un paria en la comunidad de naciones. Se espera que la ciudadanía rusa se rebele contra unos sacrificios que son consecuencia de la megalomanía de un autócrata cada vez más absoluto y riguroso, y que los oligarcas pidan cuentas a su administrador por los perjuicios que les está causando, y que se transmiten a toda la economía rusa.

Europa, bajo presión

Hasta aquí, la opinión occidental es unánime, pero las dificultades surgen cuando se observa que esta vasta operación de aislamiento y bloqueo tiene consecuencias muy duras y precios muy altos para quienes la promueven. Todos estamos padeciendo ya el alza vertiginosa de los precios de la energía, que inicia un proceso inflacionista de escasez de oferta que dejará a los más débiles en la cuneta. En otras palabras, aunque la táctica funcione y el régimen de Putin se debilite, también tendremos que afrontar una situación de creciente desigualdad y escasez en nuestros países. Todo ello con la particularidad de que nos ubicamos en el marco de una gran interdependencia.

En efecto, en la globalización no se ha producido la uniformidad que presagiaba la teoría del fin de la historia: hay unos movimientos «iliberales» que no se rigen por los códigos de valores del resto del planeta. De momento hay que apuntar en este escalafón cuatro países: Rusia, China, Irán y Corea del Norte. Sin perjuicio de que haya que temer en nuestras naciones occidentales movimientos de esta índole como las distintas fuerzas populistas de extrema derecha que contaminan las democracias europeas y que han llegado a tener un papel inquietante en Hungría y en Polonia.

La energía, en el foco

Esta heterogeneidad se superpone a unos mercados globales en los que cualquier rigidez tiene desastrosas consecuencias. Si cesa por completo el suministro ruso de petróleo y gas, sufrirá toda Europa. Industrias europeas del automóvil han tenido que cerrar porque no pueden contar con los repuestos rusos y ucranios. La falta del trigo ucranio elevará el precio del pan en toda Europa… Y semejantes desequilibrios recaerán, como siempre, en los más débiles. Y si alguna vez China decidiera no surtir de componentes a sus clientes, el caos sería global. Algo hemos visto ya de ello con ocasión de la pandemia, que frenó la producción y el transporte.

Por ello es evidente que el mundo occidental ha de organizarse de tal modo que esos iliberales autoritarios no puedan someternos ni perjudicarnos hasta más allá de lo tolerable por vías de estrangulamiento económico. Tenemos que invertir, no para regresar a una autarquía imposible e indeseable sino para prevenir excesivas dependencias en materias sensibles y de países poco fiables. Alemania cometió una gran imprudencia al aceptar depender de un único proveedor relevante en gasolina y en gas. Y la UE incurrió en errores abultados al no construir redes de suministro que redujeran la dependencia en los aprovisionamientos principales; fue una estupidez no prolongar hacia el Norte los gaseoductos españoles que llegan hoy hasta el Pirineo…

Hacia un “nuevo modelo económico basado en independencia y progreso”

En definitiva, lo que Macron propone es “un nuevo modelo económico basado en la independencia y en el progreso”. Algo que habrá que acordar a la luz de la experiencia dramática que están viviendo los ucranianos. Y con ellos, todos los europeos. La idea puede ser resumida en una palabra: autosuficiencia, que ha de lograrse a escala europea y que no debe consistir en el regreso a la “fortaleza europea”.

Simplemente se trata de que no tengan otros las llaves de nuestro bienestar y de nuestra seguridad, aunque por descontado el mundo siga recurriendo a la división del trabajo y al intercambio como grandes fuentes de progreso.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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