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Más Dukakis y menos Underwood: la política necesita figuras honestas

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Michael Dukakis
Michael Dukakis y Frank Underwood

La corrupción es la expresión máxima de la mentira. Cuando se utiliza sin pudor cualquier medio del Estado para perjudicar a rivales políticos –lo estamos viendo en estos días en que se remueven las hedientas aguas de las cloacas– significa que la democracia se acerca silenciosamente a su descomposición, gracias a unos representantes sin escrúpulos. La realidad, en ocasiones, deja la trama de House of Cards a la altura de un cuento de Teo. Pero la política no siempre ha sido un callejón donde se reconocen los Frank Underwood sin escrúpulos. Una serie-documental de Netflix nos recuerda un personaje desconocido para muchos: Michael Dukakis, un político que quiso llegar a lo más alto sin traicionar sus principios y sin manchar su imagen ni la de sus rivales.

Michael Dukakis fue gobernador de Massachussets durante varios años. El 20 de abril de 1987, tras el estallido del escándalo Irán-Contra [bajo la presidencia de Ronald Reagan se vendieron armas al régimen iraní cuando este se encontraba en mitad de un conflicto bélico con Irak; paralelamente, se financió el movimiento conocido como Contra nicaragüense, una guerrilla derechista creada para atacar al gobierno sandinista de Nicaragua, en plena Revolución], este hijo de inmigrantes griegos presentó su candidatura para concurrir por los demócratas a las elecciones presidenciales.

Matt Bennet, un voluntario en la campaña de Dukakis, contaba lo siguiente en esta serie de documentales, narrados por Kevin Spacey y producidos por la CNN, llamada Carrera hacia la Casa Blanca: «El gobernador Dukakis tenía una norma: no contratar a ninguna persona que no hubiera entrevistado él mismo. Quería llevar una campaña de forma ética y asegurarse de que todo su equipo lo entendiese así». El cinturón ético con el que quiso amarrar su candidatura estalló, precisamente contra uno de sus oponentes demócratas: Joe Biden, un joven senador por Delaware, que años más tarde llegaría a vicepresidente de la mano de Barack Obama.

Juego sucio en el seno del propio partido

David Yepsen, redactor jefe de política del Des Moines Register, el mayor periódico de Iowa, recibió de parte de un trabajador del Partido Demócrata una cinta de vídeo en la que aparecía Biden dando un discurso calcado a uno de Neil Kinnock, líder de los Laboristas británicos. La prensa tiró de este hilo y continuó escarbando en su pasado hasta encontrar más ejemplos de plagio. A Biden no le quedó más remedio que retirar su candidatura.

Portada del NYT con Dukakis y el despido de los dos trabajadores

Portada del NYT con Dukakis y el despido de los dos trabajadores

Detrás de aquella filtración estaban dos de sus ayudantes: el jefe de campaña de Dukakis, John Sasso, y el director político, Paul Tully. El aspirante a presidente, explicaba The New York Times, reconoció ante los medios que Sasso había entregado la cinta que destruyó la candidatura de Biden. Automáticamente, los dos se quedaron fuera del equipo. «Si ganaba aquella nominación, me parecía muy importante hacerlo de manera que los líderes demócratas no lamentaran mi candidatura y mi nominación», explica en el documental Dukakis.

En el Partido Republicano las estrategias también pasaban por poner la zancadilla a compañeros de partido. El vicepresidente George H. W. Bush, aún con medio cuerpo en las arenas movedizas del escándalo Irán-Contra, a pocas semanas de que se cerrasen las primarias, permanecía en tercera posición en los sondeos. El mejor situado era Bob Dole, senador por el estado de Kansas, a quien atacaban refiriéndose a él como ‘el senador de las dos caras’ y le acusaban de no definir su posición acerca de los impuestos. A Bush no le gustaban esos ataques, pero finalmente cedió a la estrategia y a las presiones del equipo. Su candidatura venció. Ya solo tenían que pasar por encima de Dukakis y su conciencia tranquila.

“Despellejar a ese cabrón”

Conforme avanzaba la carrera presidencial, Dukakis agrandaba su ventaja respecto al republicano. El equipo de Bush se preparaba para “despellejar a ese cabrón”, según se comenta en el reportaje. Y lo hicieron, para empezar, dejando crecer el rumor de que el aspirante demócrata había sufrido una depresión grave después de perder su primera campaña a la reelección como gobernador, y que tuvo que ser tratado por un psiquiatra. Cuando al presidente Ronald Reagan le preguntaron si creía que Dukakis debía publicar su expediente médico, respondió: «No voy a meterme con un inválido».

Ed Rogers, director de campaña de Bush, aseguró que el rumor no salió de las oficinas republicanas. Pero el daño ya estaba hecho. La popularidad de Dukakis bajó siete puntos, aunque seguía liderando las encuestas. A pesar del golpe bajo, el demócrata declinó publicar un anuncio en el que se atacaba a Bush… mientras estos diseñaban una campaña en la que se mofaban del aspecto del exgobernador de Massachussets encima de un tanque. «EE. UU. no puede permitirse este riesgo», se lee al final del anuncio.

La puntilla

Los republicanos estaban a un paso de despellejar a Dukakis. Un grupo de activistas favorables a Bush publicó un vídeo en el que se comparaban las políticas de criminalidad de los dos candidatos. El anuncio decía lo siguiente: «Mientras Bush defiende la pena de muerte por asesinato, Dukakis, además de estar en contra, concedió permisos de fin de semana a asesinos. Uno de estos beneficiarios fue Willie Horton [en la imagen se aprecia la ficha policial de un varón negro], quien asesinó a un niño con 19 puñaladas. Pese a estar condenado a cadena perpetua, recibió permisos de fin de semana. En uno de esos permisos, huyó y secuestró a una pareja. Apuñaló al chico y violó a la chica. Permisos de fin de semana, la política de criminalidad de Dukakis».

A los urdidores de la candidatura de Bush les gustaba el vídeo, aunque les parecía que tenía ciertas connotaciones racistas y no debían apropiárselo. Sin embargo, realizaron otro anuncio televisivo que, en esencia, venía a decir que, con Dukakis, tipos como Horton se multiplicarían por todo el país. Así convirtieron a un asesino en el número dos del demócrata y consiguieron silenciar el escándalo Irán-Contra.

Los púgiles republicanos, creían los demócratas, iban a asestar golpes por este flanco. A tres semanas de las elecciones se celebraría un debate electoral televisado, por lo que se prepararon días entrenando a Dukakis para dar una respuesta convincente. El padre y el hermano del candidato habían sufrido delitos violentos, de modo que la estrategia era clara: pronunciar un discurso desde el corazón, apelando a los sentimientos, reconocerse como víctima.

Pero a última hora decidió que no era buena idea. Preguntado por el moderador sobre si sería partidario de la pena de muerte en caso de que asesinaran a su mujer, Dukakis respondió asertivamente que no. «Me he opuesto a la pena de muerte toda mi vida. No veo pruebas de su efecto disuasorio y hay formas mejores de lidiar con los criminales violentos». Nadie en su equipo se lo creía. El demócrata acababa de condenar sus opciones de ser presidente de Estados Unidos por no abjurar de sus principios. Para llegar a ciertas posiciones hay que ser más Underwood y menos Dukakis. Pero estamos en una situación en que necesitamos más a los segundos.

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Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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