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Pedro Sánchez no es un radical

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Pedro Sánchez no es un radical 1

La campaña de las primarias socialistas está teniendo un inquietante grado de encendimiento, quizá —seguramente— porque el proceso de elección de secretario general y de renovación congresual del partido tiene lugar después de un controvertido golpe de mano, urdido para imponer por la fuerza determinada estrategia —permitir al PP que formara gobierno para salir del bloqueo gracias a la abstención del PSOE— que no contaba con la aquiescencia del dirigente socialista ni de buena parte de las bases (ahora veremos qué parte) y que nadie se atrevía a introducir por la vía reglamentaria, esto es, mediante una propuesta explícita a través del Comité Federal (lo ha reconocido el presidente de la Gestora, Fernández: nadie se armó de valor para sugerir aquella opción porque quien lo hiciese quedaría marcado y quizá inhabilitado en sus aspiraciones para el siguiente congreso). Las cuarteladas —aquí tenemos dilatada experiencia histórica de ello— generan animadversiones e inquinas muy difíciles de superar a corto plazo (a veces se requiere el paso de generaciones enteras), por lo que la batalla de las primarias es esta vez particularmente belicosa, y dejará al partido en carnazón, gane quien gane.

Pues bien: en este ambiente enrarecido, en que pugnan modelos y estrategias diferentes que han de planear el futuro en el nuevo modelo parlamentario cuatripartito —básicamente, compiten los partidarios de la gran coalición a la alemana con los propensos a intentar un gobierno de izquierdas alternativo al conservador—, hemos escuchado que Pedro Sánchez estaría siguiendo en España la estela francesa de Benoît Hamon, un ‘socialista radical’ que habría ganado las elecciones primarias (se impuso en la segunda vuelta frente a Valls) y que sin embargo ha obtenido un ridículo 6,1% de los votos en la primera vuelta de las presidenciales.

Ante semejante insinuación, hay que aclarar, en honor a la verdad, dos cuestiones: las verdaderas causas del desastre de Hamon y el enclavamiento real de Pedro Sánchez, quien a la luz de sus proyectos no puede ser considerado un ‘socialista radical’. En primer lugar, el fracaso de Hamon no ha sido por su programa sino por la desastrosa ambigüedad y la blanda inoperancia del presidente socialista, Hollande, quien ni siquiera ha sido capaz de imprimir un sesgo progresista a la Europa comandada por Merkel. Francia es un país aviejado económica políticamente, en que la izquierda, desesperada con el experimento del PS saliente, ha optado por Mélenchon, un antiguo socialista, hoy populista de la familia de ‘Podemos’, que ha derivado hacia el nacionalismo antieuropeo hasta el extremo de cerrar con Marine Le Pen un perverso bucle de introversión. En materia de política general y europea, el programa de Hamon era una inocente y bien construida llamada a la modulación de la actual Unión, que incluía demandas tan poco ‘revolucionarias’ como la armonización fiscal, la eliminación de los gastos de inversión en el cómputo oficial del déficit, la implantación de una “Buy European Act” para proteger determinados sectores estratégicos europeos de la concurrencia internacional, el rechazo de momento a la ratificación de los tratados de libre cambio con Estados Unidos y Canadá, la propuesta de una Europa de la energía, la propuesta a los socios comunitarios de recuperar la idea de una tasa para transacciones financieras (la Tobyn tax), la mutualización de las deudas soberanas europeas o el lanzamiento de un plan europeo de inversiones de un billón de euros para la transición ecológica y económica… En materia social, las medidas de este supuesto ‘revolucionario’ eran del siguiente corte: controlar la igualdad de géneros en las empresas y revalorizar los trabajos desempeñados por mujeres; favorecer el reclutamiento de mujeres en niveles jerárquicos de las tareas públicas; alargar el permiso de paternidad a seis semanas, de los que 11 días serían obligatorios; crear 4.500 plazas en residencias para mujeres víctimas de violencia de género; incrementar el precio del tabaco; introducir la educación para la salud en la escuela; marcar el horizonte de 2030 para poner fin a la epidemia de sida, etc.

No parece que semejante repertorio pueda ser calificado de ‘radical’, y mucho menos si se compara con el de Mélenchon, un réprobo de la familia socialista (llegó a ser ministro de Lionel Jospin). Las grandes líneas de su programa son una subida del gasto público, más impuestos, posición contraria a la actual UE, mucho más intervencionismo, proteccionismo comercial… Francia saldría de facto de la Unión Europea y de la OTAN, y su proyecto guarda (para entendernos) un cierto parecido a lo que defendía aquí Anguita en su época: en lo tocante a la gestión del mercado, Mélenchon pide nacionalizar grandes compañías y revertir procesos de privatización. En ambos casos propone que el Estado pase a intervenir, en ocasiones de forma monopolística, todos aquellos sectores que considera estratégicos (transporte, energía, vivienda): “Hacer efectivo el derecho de expropiación por parte del Estado de las empresas de interés general”. En algunos casos, esta intervención correría directamente a cargo del Estado y en otros se facultaría a los representantes de los trabajadores para que controlasen a los empresarios. Las medidas irían desde prohibir los dividendos en las empresas en las que haya habido despidos, obligar a que los sindicatos tengan voz y voto en las decisiones estratégicas de la dirección (desde cerrar una planta a venderla a un posible comprador), derecho de veto de los comités de empresas en los ERE, límites del 5 % de contratos temporales en una empresa (10 % para las pymes), regreso a la preferencia absoluta de los convenios sectoriales sobre los de empresa en la negociación colectiva, escalas salariales con mínimos y máximos fijados por ley para cada compañía (con un tope insoslayable de 20 veces entre unos y otros), control de los sindicatos sobre los salarios de los directivos, etc. Es evidente que Mélanchon sí es “un radical” porque exhibe un programa antisistema, incompatible en buena medida con la normativa comunitaria

[pullquote]El proyecto de Sánchez no es ni neoliberal ni seguidista del PP[/pullquote]

En segundo lugar, el proyecto de Pedro Sánchez, resumido en su proyecto de 168 puntos “Por una nueva socialdemocracia”, define una opción autónoma de centro-izquierda que no es ni neoliberal ni seguidista del PP, pero que está en las antípodas del populismo antisistema, aunque subraye que “la socialdemocracia debe superar la consideración del PIB como principal indicador del éxito de la política económica, ya que no mide ni la distribución de la renta y de la riqueza, ni el acceso a servicios públicos de calidad, ni los efectos del modelo productivo en los ecosistemas, ni la calidad del empleo” (punto 67). La mutualización de la deuda pública, la armonización con Europa, la transición hacia la economía digital, los avances hacia empleos de calidad y dignos, el logro de un pacto educativo o la lucha en pro de regenerar la democracia son elementos templados de una socialdemocracia madura que aún mantiene la tesis de que, en democracia y en el marco europeo, hay margen para debatir entre soluciones conservadoras y progresistas a los problemas colectivos. En cuestiones como la renta básica universal, que son manifiestamente polémicas, los planteamientos son particularmente prudentes, y así el asunto se escorza en el referido programa de este modo: “La organización del trabajo humano. ¿Hacia una Renta Básica Universal?”. Son innovaciones evidentemente controvertibles que forman parte del debate actual y que el programa de Pedro Sánchez aborda sin sectarismo alguno, apostando más por el debate que por el axioma.

Véase la literalidad del punto programático (punto 86): “Apoyando la propuesta del PSOE de un Ingreso Mínimo Vital, y la iniciativa de los sindicatos, ya aprobada en el Parlamento y defendida por el PSOE, de establecimiento de una renta mínima, estos objetivos deberían avanzar hacia una naturaleza estructural dentro del sistema fiscal, y tener posibilidades de progresar en el futuro hacia una Renta Básica Universal. Por ello habría que valorar la viabilidad de un Impuesto Negativo sobre la Renta, en el que se fijara, de acuerdo con el nivel de pobreza existente en estos momentos, un objetivo de renta mínima para todos los ciudadanos, con derecho a percibir de la Hacienda Pública unos abonos por un porcentaje de la diferencia entre los ingresos anuales que sean menores (sean éstos por trabajo, subvenciones, etc…) y ese mínimo garantizado por persona, con un compromiso de ir aumentando dicho porcentaje en el futuro, de acuerdo con las posibilidades presupuestarias y las necesidades sociales. Una iniciativa de este tenor, en la que el porcentaje está fijado en cantidades básicas y es compatible con ingresos por trabajo, no desincentivaría la búsqueda activa de empleo”. El impuesto negativo sobre la renta ha sido propuesto también, en términos parecidos, por Luis Garicano, de Ciudadanos. Tampoco es “un radical”

El dilema de las primarias no es, pues, ideológico: el PSOE se ve impelido a resolver un dilema perentorio. Por una parte, puede abandonarse a la deriva de las socialdemocracias clásicas europeas que, con el SPD a la cabeza, han optado por formular ofertas muy similares a las de los partidos liberales, aunque con algún ingrediente anecdótico progresista que no entorpece el discurso hegemónico ni trabaja realmente por incrementar las cotas de igualdad. Por otra parte, puede abogar por construir una auténtica alternativa a la derecha, lo que evitaría que esa opción simétrica, capaz de recoger a los desencantados o damnificados por el discurso general, terminase siendo el populismo demagógico que desde luego no es la solución más adecuada para enderezar los rumbos torcidos del Estado. Si los ciudadanos disconformes con la dirección hegemónica de Europa marcada por el liberalismo hegemónico no encuentran una fuerza organizada que reconozca sus reivindicaciones y las defienda dentro del sistema, buscarán respuestas fuera de él. Es lo que ha pasado con el brexit y con la elección de Trump. Y ojalá no pase también en Francia con el triunfo de Le Pen.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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