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Podemos, en quiebra

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La crisis de Podemos ha desembocado en un estallido. La secretaría general del partido –es decir, Pablo Iglesias- ha destituido fulminantemente a su secretario de Organización, el errejonista Sergio Pascual, al responsabilizarle de las dimisiones de Madrid y de los síntomas de descomposición periférica del partido, cuyas confluencias podrían terminar distanciándose de la organización (como es conocido, sólo 42 de los 69 escaños atribuidos a Podemos son propios; los restantes han sido aportados por las confluencias: En Comú Podem con 12, Compromis-Podemos-Es el moment con 9 y En marea con 6). El drástico cese del número tres del partido, a altas horas de la noche y mediante una nota durísima que achaca al destinatario los mayores males que aquejan al partido pero que no explica ni siquiera vagamente las razones de una medida tan rotunda, es impropio de un partido que alardea de ser participativo y asambleario. En cualquier caso, el PSOE se ha apresurado a manifestar que una medida de esta naturaleza no seria posible en su seno, ya que las destituciones requieren siempre la intervención de órganos colegiados. En democracia, las formas no son menos importante que el fondo de las cuestiones.

La crisis ha estallado ahora pero viene de lejos. Como es conocido, Podemos fue fundado en enero de 2014, a partir de un manifiesto impulsado por Izquierda Anticapitalista, y se presentó en el Teatro de Barrio, de Lavapiés, el 17 de aquel mes. Y en mayo, participaba en las elecciones europeas e irrumpía con fuerza en el panorama político al obtener el 7,97% de los sufragios y 5 eurodiputados, Pablo Iglesias en primer lugar.

En realidad, el nuevo aparato de Podemos empezó a gestarse dos semanas después de aquellas elecciones: varios centenares de militantes se reunieron en la Facultad de Filosofía de la Complutense bajo la dirección de Luis Alegre, profesor de Filosofía en dicha Universidad, elegido en primarias, de la cuerda de Errejón y actualmente responsable del partido en Madrid. Más adelante, aquellas estructuras se consolidarían en el gran encuentro de Vista Alegre, ya en octubre del mismo año. Iglesias, que había ocupado su escaño en Bruselas, cedió la mayor parte del protagonismo en aquel proceso a Errejón. Y pronto quedó claro que había “dos almas” en Podemos, muy distintas entre sí y quién sabe si irreconciliables en la práctica: la del ‘Podemos para protestar’ y la del ‘Podemos para ganar y gobernar’. La primera, más visceral y utópica, era la más cercana a Izquierda Anticapitalista, partido que en teoría se diluyó en Podemos pero que todavía asoma sus perfiles entre bastidores. La segunda, pragmática, era la de Errejón.

Entras ambas visiones surgieron pronto diversas diferencias de estrategia, la más relevante de las cuales fue la ulterior a las autonómicas en Andalucía, donde la lideresa local, Teresa Rodríguez, proveniente de Izquierda Anticapitalista, impuso sus rígidas líneas duras al PSOE. Rodríguez fue finalmente arropada por Iglesias, lo que hizo imposible el pacto con Susana Díaz, en contra de la voluntad de Errejón, más partidario de mantener una buena relación con los socialistas. En esta dualidad, Iglesias seria, pues, el leninista dispuesto a mantener viva la consigna de la Tercera Internacional: a la socialdemocracia, “ala izquierda del fascismo”, ni agua. De forma más pedestre y menos ideológica, puede decirse que lo que pretende Iglesias es destruir el PSOE y ocupar su lugar. Un designio nada fácil en un país maduro y con una potente clase media (aunque algo debilitada por la crisis).

En las elecciones del 20D, Podemos y sus confluencias consiguieron 5.187.000 votos y los mencionados 69 escaños, sólo 400.000 menos que el PSOE, con 5.531.000 votos y 90 escaños. Si Izquierda Unida hubiera ido con Podemos y se hubieran sumado matemáticamente los votos, dicho conglomerado habría obtenido 6.110.000 votos, más que el PSOE, si bien con menos escaños que los socialistas según un estudio confeccionado por La Vanguardia. Con estos datos en la mano, la dirección de Podemos ha tenido dudas sobre al estrategia acertada que debían seguir. Ofrecer gratis, o casi gratis, el poder al PSOE es desperdiciar el trabajo de demolición del PSOE que tan buenos resultados electorales les ha dado. Pero oponerse sistemáticamente a un gobierno de cambio tiene también sin duda trascendencia electoral… Quizá la fórmula más segura para salvaguardar los intereses de Podemos es la ensayada por Iglesias: forzar una coalición en que el PSOE pudiera ser fagocitado desde dentro por Podemos… Pero el PSOE no ha caído en la trampa y se ha buscado en Ciudadanos el aliado moderado que lo ancla a las posiciones de la ortodoxia europea. Porque el programa de Podemos está voluntariamente fuera de los cánones de Bruselas: un incremento del gasto público de 96.000 millones de euros en cuatro años no es compatible con la pertenencia al Eurogrupo, como cualquiera puede entender.

Finalmente, las duras intervenciones de Iglesias en la sesión de investidura de Sánchez han terminado de acentuar la polarización interior. Errejón no ha disimulado su contrariedad ante la voladura de puentes con el PSOE, ni ante el tono abrupto utilizado por Iglesias en la primera parte del debate… Este nuevo choque ha agitado de nuevo al partido y hoy existe conciencia muy extendida en Podemos de que, una vez alcanzadas las instituciones, hay que proceder a una refundación del partido. Pablo Echenique, prestigioso en su organización, acaba de afirmarlo con rotundidad. Pero también en este asunto hay discrepancias entre las dos alas de partido: unos piensan que hay que encomendar la renovación a las bases y otros que debe hacerse mediante un proceso de elaboración intelectual. Sea como sea, la colisión existe, y aunque la intensa amistad que han mantenido Iglesias y Errejón ha suavizado las fracturas, la confrontación se producirá antes o después. De momento, Pablo Iglesias ha dejado claro quién manda. Quizá se logre una síntesis o quizá –es lo más probable- el pragmatismo termine imponiéndose. Al fin y al cabo, los jóvenes de Podemos quieren asaltar los cielos pero no son ángeles.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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