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Podemos-PSOE: una relación gélida

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Íñigo Errejón

Íñigo Errejón, el principal argumentista del libreto de la transversalidad que pautó la andadura de Podemos en sus primeros y decisivos tramos, superviviente maltrecho de Vista Alegre 2, reflexionaba recientemente en voz alta diciendo que la única manera de que haya un gobierno de izquierdas es pactando el PSOE con Unidos Podemos. Al menos por ahora, evidentemente así es, pero esta verdad no es absoluta: con los mimbres de que disponemos, el pacto PSOE-Unidos Podemos tampoco da de sí lo suficiente, por lo que habría que esperar a unas  nuevas elecciones o, cuando menos, a un cambio radical de coyuntura.

La respuesta indirecta del PSOE a semejante insinuación la recibía Podemos horas después de boca de la portavoz socialista en el Congreso, la exmagistrada Margarita Robles: lo importante no es tanto conseguir el gobierno cuanto qué hacer desde el gobierno. Iglesias no habrá entendido seguramente la insinuación a la primera.

Desde los albores democráticos del régimen, las relaciones entre el PSOE y el Partido Comunista, después Izquierda Unida cuando las siglas del PCE se habían convertido en un anacronismo y hubo que ocultarlas, han pasado por diferentes etapas, en que la rivalidad, la indiferencia, la camaradería y la corrección se han presentado en dosis variables según la temporada. En una determinada época, la detestación que sentía el comunista Julio Anguita hacia el PSOE de Felipe González, que dio lugar a la pintoresca pinza del líder de Izquierda Unida con Aznar, era todavía el reflejo del odio sistemático del leninismo a la socialdemocracia, pretendidamente el ala izquierda del fascismo. Es el mismo rechazo que ahora experimenta el sector de los anticapitalistas de Podemos hacia el PSOE, hasta el extremo de oponerse, por ejemplo, a la coalición de UP con los socialistas en Castilla-La Mancha para el gobierno de la Comunidad.

La única vez que el PSOE e Izquierda Unida decidieron en todo este periodo ir electoralmente de la mano fue en las elecciones del 2000, en las que Joaquín Almunia, candidato socialista pese a haber sido vencido estrepitosamente por Borrell en primarias, pactó con la formación dirigida entonces por Francisco Frutos y consiguió un saldo electoral desastroso (en PSOE cayó un 17 %, de 141 a 125 escaños, e Izquierda Unida el 52 %, de 21 a 8 escaños).

Podemos, que irrumpió realmente en la política institucional española en las elecciones europeas del 2014 (consiguió el 8 % de los votos y 5 eurodiputados), se presentó en solitario a las elecciones de 2015 pero ya concurrió junto a Izquierda Unida, bajo la denominación de Unidos Podemos, en 2016. La alianza entre una formación que había alardeado de transversalidad y la extrema izquierda de IU costó a ambas la pérdida de 1,1 millones de votos, que desertaron de aquella entente después de haber votado a las dos formaciones por separado. Ni a los votantes de Podemos les gustó a aquella deriva hacia el extremo izquierdo del espectro, ni los que habían permanecido fieles a Izquierda Unida entendieron la coincidencia con un populismo desideologizado y sin demasiados principios.

Entre las elecciones de 2015 y de 2016, Podemos tuvo la magnífica oportunidad de demostrar su pragmatismo y su verdadera voluntad constructiva apoyando el acuerdo que habían establecido el PSOE y Ciudadanos en torno a un programa inequívocamente progresista, con lo que el desgastado Partido Popular, afectado por un cúmulo de gravísimos escándalos de corrupción, hubiera pasado a la oposición. Pero Iglesias se opuso cerradamente a sumarse a aquella propuesta en el último momento, no sin haber hecho previamente el ridículo al repartirse públicamente el gobierno con el PSOE en un escandaloso ejercicio de voluntarismo mediático.  Y se opuso por la sencilla razón de que no le interesaba regenerar y moderar el Estado sino tan sólo conseguir la hegemonía de la izquierda, algo del todo improbable si permitía con sus votos que Sánchez alcanzara La Moncloa.

Con todo, aquel cálculo resultó errado, como algunos analistas (pocos) predijimos en su momento con sólidos argumentos racionales: la alianza Podemos-Izquierda Unida, que negaba en sí misma cualquier idea de transversalidad, confinó al partido resultante en la extrema izquierda e hizo imposible el ‘sorpasso’ con respecto al PSOE, a pesar de que los socialistas estaban en aquella época con serios problemas de liderazgo y gobernanza.

Ahora, Sánchez e Iglesias, que mantienen una relación personal gélida, acaban de crear una “mesa de coordinación parlamentaria” para cubrir el expediente…, después de haber constatado sus insalvables desacuerdos en relación a Cataluña –para el PSOE existe una única soberanía, la española— y sobre una hipotética moción de censura (los dos grandes temas de la actualidad). El PSOE ha hecho saber solemnemente que su urgencia en este momento es la agenda social. Y es evidente que el PSOE necesita también un periodo de estabilización para recuperar la iniciativa y volver a ser una potente opción de poder; lógicamente, su principal afán estratégico consiste en recuperar a la clientela de izquierdas que, desalentada por errores antiguos del PSOE o seducida por los cantos de sirena de Podemos, desertó hacia los parajes del populismo.

Unidos Podemos mantiene hoy cierta ambigüedad sobre el alcance de su reformismo.  El régimen del 78 –enunciado así, despectivamente— no complace en exceso a los seguidores de Iglesias, por lo que, si pudieran, lo volarían y abrirían un proceso constituyente, que casi nadie más quiere en este país y que no tiene sentido (ninguna democracia madura se plantea tal cosa en el mundo). Con esta posición, el confinamiento de Unidos Podemos en su remoto nicho de babor parece más permanente que coyuntural. Y el PSOE, por su parte, aspira a promover una gran reforma constitucional en dirección federal, no para volar el modelo del 78 sino para perfeccionarlo y consolidarlo. No hace falta ser un lince para advertir que las posiciones no son precisamente coincidentes.

analytiks

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