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Podemos y la socialdemocracia

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Podemos y la socialdemocracia 1

Podemos nació como un movimiento, después partido, encaminado a superar la vieja dicotomía derecha-izquierda, sustituyéndola por otra vertical entre ‘arriba’ y abajo’. Los de abajo deberían sustituir a los de arriba en la ilación argumental de los recién llegados, dispuestos a arrasar el sistema de los viejos partidos, Constitución incluida. Socialdemócratas y liberales eran ‘la casta’, que debía ser erradicada, arrojada a las tinieblas exteriores, y la transición fue un vergonzante acuerdo entre elites para pasar página y dejar impunes los desmanes de la dictadura.

En septiembre de 2014, Pablo Iglesias era entrevistado por Orencio Osuna para “nueva Tribuna”. El entrevistador le sugería al entrevistado que, pese al surgimiento de la nueva formación, “El eje izquierda /derecha, seguirá latiendo en la sociedad probablemente, aunque no tenga la misma centralidad que tuvo. Al fin y al cabo, se trata de referentes históricos de larga data, como son el marxismo, las reformas y las revoluciones del siglo XX”. Y a ello respondía Iglesias lo siguiente:

“No estoy de acuerdo, te lo dice alguien que se considera marxista y que tengo la izquierda tatuada en las entrañas, pero no estoy de acuerdo. Creo que el mundo empezó a cambiar hace mucho tiempo. Cuando Norberto Bobbio, escribía “Destra e Sinestra”, estaba de alguna manera relativizando esos conceptos después de la caída del Muro de Berlín. Después de la guerra fría, eso que consideramos socialdemocracia, eso que consideramos movimiento comunista, ven reducidas al mínimo sus posibilidades de existencia, no por razones ideológicas, no por razones de valores, sino por cómo se transforma el mundo. Los partidos socialdemócratas dejan de ser partidos socialdemócratas, es decir, la tercera vía de Blair no es más que acomodación de una fuerza política -que históricamente tenía que ver con las Trade Unions y el sindicalismo británico- a unas condiciones de absoluta hegemonía del neoliberalismo en el que no hay más espacio para gobernar. Perry Anderson decía, con toda la razón, que durante un tiempo la diferencia entre centro izquierda y centro derecha era que mientras unos privatizaban más y favorecían los intereses empresariales aun respetando elementos constitucionales y entendiendo que el trabajo era la clave de los derechos sociales, el centro izquierda redistribuía la renta un poco más sin poner en cuestión la propiedad privada y ni las formas de acumulación capitalista. Cuando el neoliberalismo se empieza a implementar por Tatcher en 1979, hace que poco a poco se vayan reduciendo posibilidades de las posiciones laboristas de hacer una política muy distinta a la de las fuerzas políticas más conservadoras, que no son desdeñables, pero que no tienen que ver sólo con la economía, sino también cuestiones de derechos civiles. Pero la crisis que empieza en 2008 revela el escaso margen de maniobra que le queda a eso que se le llamaba la socialdemocracia, pero que ya no es socialdemocracia en ningún caso. Nosotros no hemos parado de repetir que esa gran coalición que funciona en Europa es una realidad derivada de un sistema en el que los socialdemócratas tienen enormes dificultades para demostrar que son diferentes a los conservadores. Eso mismo está ocurriendo en España con el PSOE. El caso griego resulta revelador de esa deriva de la socialdemocracia: el PASOK prácticamente ha desaparecido. A las fuerzas políticas que proceden de tradiciones comunistas, después de la guerra fría, les queda de comunistas sólo el nombre. Sus propias propuestas económicas son más bien socialdemócratas, cuando proponen la reducción de la jornada laboral a 35 horas, la mejora de los servicios sociales, una mayor redistribución de la riqueza, es decir, proponen lo que en última instancia podrían llevar a cabo si tuvieran responsabilidades de gobierno, aunque añadan en sus manifiesto que “estamos por la socialización de los medios de producción y por la construcción del socialismo”. Cuando han estado en gobiernos con los socialdemócratas, cuando en España han tenido responsabilidades de gobierno en ayuntamientos o comunidades autónomas, los socialdemócratas tienen un margen de maniobra pequeño y ese margen de maniobra tan pequeño nos arrastra a todos”.

En mayo pasado, todavía Íñigo Errejón comparaba la socialdemocracia con el lince ibérico, “que sale en los libros pero es difícil de encontrar”.

Pues bien: como es conocido, el populista Iglesias declaró esta semana en un desayuno en el hotel Ritz que estaba dispuesto a ocupar “un nuevo espacio socialdemócrata”, en contraposición con el de la “vieja socialdemocracia” del PSOE, con el que sin embargo buscará pactar el nuevo gobierno. De denostar con virulencia la socialdemocracia, Iglesias ha pasado a asimilarse con ella porque “todo cabe en un gobierno de cambio”. Quizá la indecencia también.

La evolución de Podemos ha sido rectilínea pero no congruente. Y resulta de una conmovedora desfachatez que se recurra ahora a la tergiversación de las palabras para abrir brecha en un electorado al que se pretende dar gato por liebre, a menos que haya que creer en las conversiones súbitas, tan raras en política. El propio Iglesias ha explicado de su puño y letra la génesis de Podemos, que surge “de una crisis orgánica”, según explica en su libro “Una nueva transición”, de diciembre de 2015. “Lo que Antonio Gramsci definió como hegemonía –escribe- es el poder de las elites para convencer a los grupos subalternos de que sus intereses coinciden con los suyos, obteniendo a partir de ahí un consenso general que les incluye aunque sea de manera subordinada. Una crisis orgánica es la pérdida de hegemonía de esas elites, que suele manifestarse en la dificultad de las instituciones dominadas por ellas […] En España, como en otros países europeos, la crisis económica generó una crisis orgánica, concretada en términos políticos en lo que nosotros llamamos una crisis de régimen, esto es, el agotamiento del modelo político y social surgido de la transición”.

Iglesias constata, en definitiva, que “en nuestro país el fracaso incontestable de las políticas de austeridad ha contribuido de manera decisiva a desencadenar una crisis de régimen que ha abierto, no sabemos durante cuanto tiempo, una estructura de oportunidad política”. En realidad –sigue escribiendo Iglesias-, a partir del “análisis de las experiencias acontecidas en América Latina”, él mismo y sus amigos comienzan a creer desde 2011 que el Sur de Europa “se hallaba en un proceso de latinoamericanización, entendido como la apertura de una estructura de oportunidad política”. Ahí encaja la teorización de Errejón, partiendo del pensamiento del argentino posmarxista Ernesto Laclau. Más adelante, Iglesias explica las dificultades que encuentran para prosperar políticamente “los que, en el terreno simbólico derecha-izquierda, defendemos una posibilidad de transformación posneoliberal desde el Estado, protegiendo los derechos humanos y la soberanía y asociando la democracia a los derechos sociales y a las políticas redistributivas”. “Cuando el adversario nos llama izquierda radical y nos trata de identificar con sus símbolos, y vaya si lo hace, nos lleva al terreno en que su victoria es más fácil”. Por ello, “disputar el reparto simbólico de posiciones al adversario, pelear los ‘términos de la conversación’, fue nuestra tarea político-discursiva más importante”.

En ese reparto simbólico, Podemos, tras aliarse con la verdadera izquierda radical, consigue zafarse del encastillamiento adoptando la forma del adversario, la silueta socialdemócrata. No es una “nueva socialdemocracia” sino un movimiento encaminado –todo lo legítimamente que se quiera- a impulsar un cambio de régimen.

La socialdemocracia es obviamente otra cosa: tras el abandono de las utopías marxistas en 1959, el SPD alemán abrió una senda de desarrollo keynesiano en que el Estado debía jugar un papel determinante en la edificación del bienestar colectivo, sin renunciar a los planteamientos demoliberales de la democracia parlamentaria. Después, el socialismo democrático ha evolucionado, no siempre con tino, hacia derroteros neoliberales (la tercera vía de Blair) o hacia construcciones que sostienen que la igualdad de oportunidades se logra, más que mediante la redistribución, a través de la universalidad y calidad de los servicios públicos… En todo caso, este no es el debate de Podemos. No juguemos con la polisemia de las palabras ni desorientemos al personal con los camuflajes.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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