A debateEn Portada

PSOE-Ciudadanos, la coalición natural

0
Ciudadanos PSOE Sánchez Rivera

Ciudadanos optó en las pasadas elecciones generales por la legítima opción de intentar convertirse en el principal partido del hemisferio derecho de este país, tratando de desbancar al Partido Popular, que se encontraba en horas muy bajas, después de una larga e intensa historia de corrupción que desembocó en la pérdida del poder tras el triunfo de una moción de censura que expulsó de La Moncloa a Mariano Rajoy. A todas luces, Rivera no se conformaba con el papel subsidiario que corresponde a un partido bisagra y creyó en la posibilidad de apoderarse de la gran opción capaz de rivalizar con la izquierda socialista, lo que le convertiría antes o después en presidente del Gobierno, posibilidad más bien nula en tanto mantuviese su condición de partido genuinamente centrista, a imagen y semejanza de lo que fue el FDP, el Partido Liberal alemán durante el largo periodo de bipartidismo imperfecto en aquel país.

Pues bien: a pesar de que el PP está efectivamente en ruinas y ha descendido en las generales al peor resultado de su historia, ha conseguido mantener sin demasiadas dificultades la segunda plaza en el ránking estatal, incluso desapareciendo prácticamente de Cataluña y del País Vasco, gracias a factores exógenos que deberían disuadir a Ciudadanos de ese afán enfermizo de convertirse en el gran partido conservador.

El PP tiene raíces sociológicas muy profundas en las clases medias, en sectores profesionales y en el mundo empresarial que disfrutan de una inercia cuasi sentimental y que se vinculan a las características genéticas del propio PP; esos sectores, que se imbrican en el Partido Popular a través de una red de instituciones e influencias muy tupida, jamás se acabarán de fiar de un partido de cuadros como Ciudadanos en que predominan jóvenes profesionales laicos, más afianzados en el relativismo moral que en el casticismo rancio y cargado de moralina de la derechona de siempre.

Volver a 2016

Así las cosas, una vez descartada la posibilidad de que Ciudadanos pueda consumar el ansiado sorpasso y formar gobierno en el Estado, lo lógico sería que hiciese lo que ya hizo en febrero de 2016: aliarse con el PSOE para desarrollar un programa progresista y modernizador. Si alguien ha perdido la memoria, podrá encontrar fácilmente en Internet aquel “pacto para un gobierno reformista y de progreso”, que dice en el preámbulo, entre otras cosas, lo siguiente:

Se trata de alcanzar un Acuerdo de Gobierno transversal que regenere nuestras instituciones y nuestro modelo económico a partir del consenso, la moderación y la responsabilidad.

Nuestro proyecto busca aunar a una mayoría de españoles sobre cinco ambiciones que deben estar en el corazón de cualquier programa reformista para España: la educación, la lucha contra la desigualdad y la pobreza, el empleo, la unión y la regeneración política.

Consideramos una obligación de todos los partidos el buscar puntos de encuentro y espacios de consenso para que, primando lo que nos une, podamos avanzar cuanto antes en la modernización de nuestro país.

Debemos ofrecer respuestas inmediatas a las enormes injusticias sociales que la herencia de la crisis nos ha dejado: el paro, la desigualdad, la precariedad y la pobreza.

Debemos volver a generar empleo de calidad sobre la base de un nuevo modelo de crecimiento cimentado en el conocimiento, la formación, el esfuerzo y el mérito. 

Debemos apostar de verdad por la educación como fundamento de nuestro futuro y como herramienta principal en la lucha contra las desigualdades.

Debemos regenerar nuestra democracia, acabar con los privilegios y los abusos, luchar contra la corrupción y recuperar la independencia de nuestras instituciones.

Debemos mantener la solidaridad, la igualdad y la unión de todos los españoles dentro de la Unión Europea. Debemos reformar España entre todos, para fortalecerla y no fracturarla.

Como recordará todo el mundo, aquel pacto entre el PSOE (90 escaños) y C’s (40) no salió adelante porque Podemos (69 escaños) se negó a adherirse y lo frustró. La consecuencia es que hubo nuevas elecciones y que siguió gobernando Rajoy. Pero el pacto fue bueno porque se cerró entre afines, cuyas ideologías eran (y se supone que siguen siendo) contiguas. Esta contigüidad es el principal argumento para exigir ahora racionalidad a la hora de volver a intentarlo.

Una rivalidad insana

Ha llovido mucho desde entonces y es evidente que Rivera y Sánchez, que en aquella ocasión consiguieron amigablemente un acuerdo brillante de 66 folios y siete capítulos, el último de los cuales incluía una “Reforma de la constitución para asegurar eficazmente los derechos sociales y completar el funcionamiento federal de la organización territorial de nuestro estado”, han engendrado una rivalidad malsana que ha llegado a la descalificación y al dicterio recíprocos. Pero no sería ni juicioso ni democrático que unas ocasionales malquerencias de índole exclusivamente personal frustrasen una gran política de Estado, basada en la puesta en marcha de los necesarios consensos —en educación, en seguridad social—, la adopción de medidas de restauración de la equidad y de recuperación de las clases medias, el desarrollo de una política europea potente que aprovecha la buena posición coyuntura de nuestro país, etc., etc.

Es afectada y oportunista la insistencia en que la cuestión catalana abre abismos insondables entre Ciudadanos y PSOE porque este partido está dispuesto a ceder ante los independentistas. Todo el mundo sabe que el PSOE jamás abdicará de la integridad constitucional ni cederá un ápice ante cualquier ilegalidad que se promueva. La diferencia entre ambos partidos es de otra índole, más procesal que de fondo: mientras Ciudadanos propone la práctica laminación de la autonomía catalana mediante la aplicación desaforada del art. 155 CE (propuesta que ha hecho bajar la cotización de Ciudadanos de más de jun millón de votos en las autonómicas a menos de 200.000 en las municipales), el PSOE, sin ceder un centímetro en la defensa del imperio de la ley, propone insistir hasta el agotamiento en la vía democrática del diálogo y la negociación. Y quien busque incompatibilidad en este diferendo, está haciendo demagogia.

Se pueden comprender las dificultades de negociar y pactar cuando las relaciones personales entre los interlocutores principales se han roto. Pero es muy difícil si no imposible de entender que Albert Rivera tenga más dificultades para digerir un buen acuerdo moderado con el PSOE que para aceptar el apoyo vergonzante e indecente de VOX como único medio para arañar poder de refilón y disimulando la indignidad. Sabe bien el líder de Ciudadanos que esa alianza espuria le resta respetabilidad, desconcierta a los observadores europeos y terminará provocando, antes o después, la ruptura con Ciudadanos de las personalidades intelectuales más respetadas de su organización, como Luis Garicano, Manuel Valls y Francesc de Carreras, todos ellos desconcertados por esta política suicida de regalar cuotas de poder al PP y de homologar a VOX como si fuera un partido más.

La deriva de Ciudadanos

Es muy probable que las líneas que anteceden, que el lector que ha llegado hasta aquí habrá leído con gran escepticismo, sean perfectamente inútiles porque en este sórdido país los odios son eternos e irreparables, pero el analista político no tiene más remedio que manifestar su invencible aprensión hacia la deriva de Ciudadanos, que empuja con fuerza al PSOE hacia Podemos y hacia los independentistas catalanes, como si fuera meritorio luchar ciegamente en favor de la inestabilidad y de la sinrazón.

Si se extiende el ‘modelo andaluz’ —un pacto a tres hipócritamente disfrazado de pacto a dos—, que dará una importante cuota de protagonismo a la extrema derecha, Ciudadanos saldrá de la aventura tocado de muerte. Porque este país, con todos sus defectos, tiene buena memoria, y del mismo modo que ha pasado factura a Podemos por las ocasiones en que el interés menudo de la organización se ha antepuesto al interés de Estado (como el mencionado renuncio de 2016), también pedirá cuentas a quienes entorpezcan ahora la estabilidad de un país que ha entrado en su cuarto año de parálisis por la incapacidad de su establishment político para obtener unos mínimos acuerdos entre afines que permitan la gobernabilidad.

Antonio Papell
Director de Analytiks

Eugenio Noel, el escritor sin paz

Entrada anterior

Los tipos de interés: palmas y lágrimas

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en A debate