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Rajoy, hacia su segunda legislatura

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La gran demora en la formación de nuevo gobierno tras dos elecciones generales el 20D y el 26J ha otorgado una ventaja objetiva al Partido Popular porque, una vez vencidas las resistencias de quienes han tenido que posibilitar la investidura de Rajoy para evitar las terceras elecciones generales, la propuesta concreta del candidato es en cierto modo irrelevante ya que la opinión pública no asimilaría que, después del largo periplo hasta aquí, el trámite de formación de un nuevo gobierno fracasase otra vez.

Quiere decirse, en fin, que si la fórmula de investidura que finalmente ha prosperado se hubiera planteado desde el primer momento, después de las elecciones del 20D, Ciudadanos y PSOE hubieran podido imponer un riguroso pacto de legislatura que hubiese condicionado decisivamente al PP de manea tasada y programada. En las actuales condiciones, en cambio, el PP aparece psicológicamente libre de hipotecas, sujeto –eso sí– a la matemática parlamentaria como es natural pero con plena autonomía, por más que haya de pactar prácticamente todas sus iniciativas legislativas, empezando por los presupuestos de 2017. No existe una hoja de ruta que obligue al nuevo gobierno, salvo el pacto de 150 puntos suscrito con Ciudadanos, que no es el decisivo ya que el entendimiento entre PP y Ciudadanos es un sobreentendido, y la gobernabilidad dependerá en cambio de los demás acuerdos que se puedan lograr.

Como es bien conocido y como se ha reflejado en todas las votaciones de investidura a que se ha sometido Rajoy, PP, Ciudadanos y Coalición Canaria suman 170 diputados, y prácticamente la única bisagra a la que el nuevo gobierno podrá recurrir más o menos sistemáticamente es el PNV, con cinco escaños, que jugará previsiblemente un papel parecido que han desempeñado siempre las formaciones nacionalistas moderadas en el ámbito estatal (con una salvedad: Urkullu es un gobernante sólido y serio, y no se prestará a los compadreos que se han producido en el pasado).

En las circunstancias actuales y si no se aborda con éxito la cuestión catalana, es impensable que Podemos, ERC, la antigua CDC y EH Bildu apoyen alguna iniciativa gubernamental (a menos, claro está, que este gobierno consiga mitigar el conflicto catalán, un designio que habrá de acometer antes o después y que podría proporcionarle cierto apoyo de la derecha nacionalista del Principado, equivalente a la antigua CiU). Y el PSOE, muy condicionado por la crisis interna, tendrá la llave en numerosas cuestiones, lo que no necesariamente habrá de suponerle notoriedad en el sentido positivo de la palabra.

En estas circunstancias, es posible que resulten más alcanzables los grandes pactos de Estado, si el gobierno tiene verdadera voluntad de acometerlos, que los Presupuestos del Estado –que traducen una dirección política unilateral inevitablemente– o que las demás reformas que muestren algún sesgo ideológico. Todo indica, en fin, que la operatividad de la legislatura, el avance de la modernización legislativa y el acometimiento de las tareas que respondan a las necesidades dependerá sobre todo del talante del PP y de las fuerzas que le acompañen en cada ocasión. En particular, será muy importante a estos efectos el rumbo que emprenda el PSOE, que entra desarbolado, confuso y dividido en la legislatura, en la que previsiblemente mantendrá un destemplado ten con ten con Podemos. Es ocioso decir que se equivocaría el PSOE si pretendiese competir con Podemos en radicalidad: lo que podría devolver la vida a la opción socialdemócrata sería el ejercicio de una oposición constructiva, capaz de modular las políticas conservadoras que como es lógico propugnará el PP.

En este ambiente, que puede ser fluido o abrupto según el talante de los actores que hoy por hoy es imprevisible, deberá gobernar Rajoy, en un desarrollo que requerirá inteligencia, diplomacia, aguante y sentido de la oportunidad, y de tales habilidades dependerá que la legislatura se cumpla íntegramente, aunque haya de prorrogarse algún presupuesto, o termine antes de tiempo porque Rajoy arroje la toalla. Porque la estabilidad del gobierno no estará sin embargo en riesgo, debido a la dificultad que plantea en nuestro ordenamiento constitucional la peculiar moción de censura constructiva que rige entre nosotros: el artículo 113.2 dispone que tal moción, que deberá ser propuesta al menos por la décima parte de los diputados, “habrá de incluir un candidato a la Presidencia del Gobierno”. En otras palabras, la censura ha de ser constructiva y sólo triunfará si quienes la plantean son capaces de investir a otro presidente…. Algo que con la actual distribución de fuerzas en el parlamento parece harto difícil.

El discurso de investidura

Por la razón apuntada más arriba –la investidura ya no está estrictamente relacionada con el programa de gobierno sino que se produce por la necesidad imperiosa de gobernabilidad–, Rajoy, atinadamente, ha hecho un discurso breve, en el que se ha limitado a persuadir a sus interlocutores de su sincera voluntad de acuerdo y de pacto, que en sus circunstancias es indispensable para lograr las mayorías necesarias que respalden cada decisión.

Con todo, también ha querido dejar claro que no está contra las cuerdas: en tres ocasiones aludió al hecho de que unas nuevas elecciones hubieran sido objetivamente beneficiosas para el PP, aunque no par el país, o que ha de entenderse como la amenaza de la disolución de las cámaras si el bloqueo hiciera inoperativa la legislatura.

Sus objetivos declarados con parcos y genéricos: conseguir que se cree empleo y fortalecer el estado de bienestar. Con estos mimbres, debería ser posible mitigar el debate ideológico en las cuestiones esenciales, aunque lógicamente los mecanismos de política económica que propondrá el PP no serán los mismos que lo que satisfagan al PSOE. De cualquier modo, el influjo de Bruselas no tiene color político, y en esta materia sí debería ser posible que el Gobierno encuentre los pertinentes apoyos.

Las propuestas de Rajoy han sido escasas y se han limitado a mostrar disposición al diálogo social –en materia de empleo, regulación laboral, reforma de la seguridad social en el marco del Pacto de Toledo– y a grandes pactos de estado en torno al modelo educativo –ha mencionado expresamente la necesidad de un pacto nacional de educación que preserve la igualdad de oportunidades y se caracterice por la eficacia y la calidad– y a la financiación autonómica. En este último, ha invocado la colaboración del PSOE, que gobierna en varias comunidades, y ha anunciado la inmediata convocatoria de una Conferencia de presidentes en el Senado. Es importante la mención que ha hecho Rajoy de una posible reconsideración del criterio de solidaridad interterritorial, siempre en el marco de la Carta Magna y en un debate multilateral, porque por esta vía se podría negociar una fórmula que satisficiera a Cataluña (y a las demás regiones ricas, como Valencia y Baleares).

No ha mencionado sin embargo Rajoy la reforma constitucional, que se antoja cada vez más difícil en la actual legislatura por la inmoderación de Podemos bajo la batuta radical de Pablo Iglesias. En todo caso, la propuesta de reforma federal, o federalizante, había sido efectuada por el PSOE, que no la ha traído al parlamento en esta ocasión, quizá porque la comisión gestora no se ha atrevido a ello dadas sus escasas atribuciones. Rajoy ha concluido su intervención explicando pedagógicamente que no basta con cubrir la vacante del gobierno para resolver los problemas del país: ahora hay que trabajar en pro de la gobernabilidad. No será fácil conseguirlo.

La incógnita del PSOE

El PSOE provoca con su decisión de abstenerse el desbloqueo del desarrollo político al hacer posible la investidura de Rajoy pero ya ha anunciado que no facilitará la gobernabilidad ni, por lo tanto, respaldará los presupuestos generales del Estado para 2017 que habrán de ser lógicamente la primera realización del nuevo gobierno.

En realidad, no se sabe qué va a hacer en el futuro el PSOE porque, tras el golpe de mano, está materialmente descabezado. Y por añadidura la gestora que gobierna el PSOE se halla en un limbo jurídico porque no está prevista en los Estatutos Federales. El artículo 36, apartado “o” de la normativa aprobada en el último congreso dice textualmente, como se ha divulgado hasta la saciedad, que “cuando las vacantes en la Comisión Ejecutiva Federal afecten a la Secretaría General, o a la mitad más uno de sus miembros, el Comité Federal deberá convocar Congreso extraordinario para la elección de una nueva Comisión Ejecutiva Federal”. No es, pues, extraño que un militante aragonés, el coordinador de Izquierda Socialista en su región, haya acudido a un juzgado de instrucción de Zaragoza para denunciar el supuesto incumplimiento de las normas de quienes ganaron el comité federal del 1 de octubre.

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De cualquier modo, y aunque parezca absurdo judicializar este asunto, lo lógico sería que la gestora, que parece decidida a permanecer una larga etapa para pacificar el partido, se plantease cuanto antes la convocatoria de un congreso, que es el órgano que habrá de superar realmente la crisis de identidad. Un Congreso que, con la normativa vigente, debería ir precedido de la elección del secretario general mediante elecciones primarias. Ya se sabe que por este procedimiento Pedro Sánchez, que no estará callado mucho tiempo, puede volver a convertirse en líder del partido, pero ¿están decididos realmente los miembros de la gestora a desentenderse de las bases y a eliminar las primarias, como ha insinuado sin rubor algún ínclito barón de la elite socialista que reniega de las democracia directa?

La crisis recién vivida ha sacado a la luz lo peor y lo más arcaico del PSOE. Y entre otras cosas, Fernández Vara, su predecesor en la Junta extremeña Rodríguez Ibarra y algún otro prócer han manifestado su rechazo a las primarias con el argumento de que la apelación a las bases, que les recuerda el asamblearismo primario, no está en la cultura del PSOE. Después de muchos años de oligarquización de los partidos, de grandes dificultades para la circulación de las elites, de formación de estructuras cerradas e impermeables para preservar el poder en manos de unos pocos, cualquier tentativa de volver atrás en la apertura de los partidos está condenada al fracaso. Las conductas del laborismo británico o de la socialdemocracia alemana, en que la militancia adopta las grandes decisiones, son ya la pauta inexorable, por lo que los que crean que cualquier tiempo pasado fue mejor en esta materia están poniéndose en evidencia.

En nuestro país, la grave decadencia del PP y del PSOE y el surgimiento de las opciones nuevas se han debido a los errores de aquellas formaciones clásicas, incapaces de pegarse al terreno, de representar realmente los problemas de las sociedades sobre las que se instalan y de proponer soluciones audaces y equitativas. Frenar la modernización de los partidos viejos es abonar la próxima hegemonía de los partidos nuevos.

Por todo ello, el PSOE, además de consolidar la apertura, tiene que concretar un programa moderno, valiente, rompedor y posible al mismo tiempo, ya que la implosión del partido ha generado la lógica confusión en la opinión pública. Se supone que en esta legislatura que nos aguarda, el PSOE tendrá ocasión de influir en el gobierno, ya que sus votos serán a veces necesarios para legislar (en menor cuantía que la proclamada, desde luego, pero sí en alguna proporción). Y es necesario que los propios socialistas sepan hacia dónde quieren avanzar, para lo que necesitan un liderazgo claro, capaz de no actuar instintivamente como contrapunto de Podemos ni de dejarse arrastrar por falsas rivalidades.

Ni el PSOE puede limitarse a oponerse sistemáticamente al gobierno, ni la formación socialdemócrata ganará a Podemos la carrera por ser la genuina oposición sin esbozar un ideario claro, producto de una idea comprensible y atractiva de país, capaz de convertirse en opción alternativa de poder en el seno de una Unión Europea rigurosa y exigente.

El PSOE está hoy destruido –los expertos demógrafos le atribuyen menos de cuatro millones de votos– por un estallido difícil de asimilar por el electorado, por la ciudadanía en general. Y si alguien piensa –como parecen creer los miembros de la gestora– que el simple paso del tiempo devolverá al PSOE la esbeltez ideológica, se equivoca completamente. O se reconstruye íntegramente, o el antagonista de la derecha –que está demostrando su invencible capacidad de supervivencia– será una formación populista al estilo de la Syriza griega. Esta es la realidad.

La ocasión perdida de Podemos

La implosión del PSOE por no haber sabido gestionar su posición tras las dos elecciones generales consecutivas del 20D y del 26J ha descabezado el partido, lo ha sumido en una crisis de identidad difícil de resolver y ha abierto una controversia impertinente en la socialdemocracia acerca de su futuro, todo lo cual debe haber reducido su clientela a la mínima expresión. Y esta indefinición dificulta como es obvio el desempeño de un papel relevante como oposición al gobierno, después de haber contribuido a posibilitarlo.

En estas circunstancias, Podemos, que es la nueva organización que ha surgido impulsada de abajo a arriba por el hemisferio progresista, tendría una gran oportunidad de consolidarse sobre el espacio que perteneció hasta hace poco a la socialdemocracia, al PSOE. Es más: conocidos los déficit del viejo partido socialista, el joven Podemos podía haber inundado el centro izquierda de mensajes novedosos y creativos en la dirección del cambio, la innovación tecnológica y el progreso a que aspira seguramente una parte mayoritaria de la población.

Sin embargo, la formación del nuevo gobierno coincide con la exacerbación de Podemos provocada por Pablo Iglesias, dispuesto a agitar la calle y a sacar hasta ella la política desde las instituciones. De hecho, el secretario general de Podemos ha respaldado la manifestación en torno al Congreso durante la votación definitiva investidura de Rajoy ha salido a saludar a los movilizados; una movilización sin duda legítima pero que tenía el evidente propósito de deslegitimar, o de relativizar al menos, el sistema parlamentario. No deja de ser chocante que cuando el proceso político, con dificultades pero con éxito a fin de cuentas, ha conseguido superar un impasse procesal, la tercera fuerza prefiera lanzar mensajes a través de las masas movilizadas que emitiendo la propia voz en las instituciones. Rajoy ha comentado con atinada ironía en sede parlamentaria esta evidente paradoja.

Ya se sabe que la postura de Iglesias en Podemos no es compartida por una parte seguramente minoritaria del partido, que sería la encabezada por Errejón (quizá haya que revisar esta valoración porque las gentes de Errejón se están imponiendo en Madrid). El número dos del partido ha mantenido que la formación populista debe ser transversal, dirigida a todo el arco político, por lo que la incorporación de Izquierda Unida –es decir, del partido comunista y sus adherencias–, que fue apatrocinada por Pablo Iglesias, carece de sentido porque desactiva la transversalidad, ancla a Unidos Podemos en la extrema izquierda y devuelve a la nueva organización a las cavernas del marxismo leninismo (Luis Alegre y otros han escrito que lo que Podemos debería hacer es devolver todo su contenido a las grandes palabras de la revolución burguesa –libertad, igualdad, solidaridad– en lugar de obstinarse en seguir manejando la jerga derrotada de la izquierda leninista.

Pese a esas evidencias, Pablo Iglesias parece totalmente dispuesto a seguir los pasos de Anguita, quien, pese a sus esfuerzos, a su verbo florido, a sus verdades como puños sobre lo desatendida que está la Constitución en sus aspectos más avanzados, apenas logró con grandes dificultades sobrepasar la veintena de escaños. Las gesticulaciones de Iglesias, sus insinuaciones ácratas y rupturistas, su propia agresividad indumentaria no han más que apartar Podemos del centro. Una inclinación verdaderamente suicida si se piensa que el final de la crisis y la mejora de la economía tiene el efecto de devolver a las oposiciones centrales a la inmensa mayor parte del electorado.

Este error es sin duda providencial para el PSOE, que, digan lo que digan los portavoces populistas, se encuentra con la ventaja de que el espacio que tan generosamente está regalando a quien quiera ocuparlo continúa vacío. Aún habría tiempo a que un renovado PSOE, inteligente y constructivo, recompusiera la figura y estuviera pronto en condiciones de mantener el título de principal partido de la oposición, con lógicas aspiraciones de provocar un día la alternancia.

El relato de la caída de Pedro Sánchez

La mejor versión de lo acontecido ha sido ofrecida por el periodista Francisco Medina, de El Plural, la publicación de Enric Sopena.

http://www.elplural.com/politica/2016/10/19/como-el-pnv-acabo-con-pedro-sanchez-sin-querer

Analytiks no ha conseguido contrastar todos los extremos de esta versión, que sin embargo reproducimos por su verosimilitud.

Antonio Papell
Director de Analytiks

‘Aquarius’, alabada por crítica y público, defiende la pertinencia de entender la vida con autenticidad

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