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Reforma laboral y desprestigio político

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Reforma laboral y desprestigio político 1

En el tosco y desabrido debate previo a la aprobación, el jueves, de la reforma laboral, gracias a un error telemático de un torpe diputado del PP sin el cual la convalidación del decreto-ley hubiera fracasado por la ruptura de la disciplina de voto de dos diputados de Unión del Pueblo Navarro, la ministra de Trabajo, la “comunista” —adjetivo que la derecha pronuncia en tono insultante— Yolanda Díaz destacó que el espectáculo que sus señorías estaban dando no contribuía precisamente al prestigio de la política. Lógicamente, al enunciar aquella evidencia, la número tres del gobierno de Sánchez aún no había asistido a lo peor y más chusco de la representación, que fue su desenlace.

Como nadie ignora, en esta legislatura gobierna una coalición de izquierdas formada por dos partidos estatales, arropada por otras formaciones periféricas también del hemisferio de babor. Gracias a esta cooperación, fue posible la investidura de Pedro Sánchez, el líder del mayor partido de la coalición, y las políticas que se practican son progresistas, y requieren por ello la generación de un cierto consenso entre todos los participantes en la fuerza parlamentaria que posee la mayoría. Una mayoría desagregada pero mayoría al fin y al cabo, y con una única y aterradora opción alternativa.

Se da además el caso de que España forma parte de la Unión Europea, que marca unas pautas normativas y unos límites ideológicos y políticos que vienen determinados mediante los Criterios de Copenhague de 1993, que establecen las características que deben cumplir los Estados que aspiren a ingresar en la Unión, y mediante los Tratados en vigor, que se sobreponen a la legislación nacional de cada país. Así las cosas, el cumplimiento de tales normas es condición sine qua non para que cada país miembro disfrute de las ventajas de la pertenencia europea. Y, como es habitual, la Comisión supedita las ayudas económicas al seguimiento de unos criterios de estabilidad y buen gobierno; los fondos Next Generation y las demás subvenciones vinculadas a la pandemia están condicionados por la puesta en marcha de reformas. En el caso de España, se nos ha “aconsejado” cambios en el sistema de pensiones, en la legislación laboral, etc.

En definitiva, nuestra reforma laboral había de aproximarnos a los estándares europeos, no tanto en flexibilidad cuanto en estabilidad ya que padecemos una temporalidad excesiva que deteriora la calidad del trabajo y frustra a las personas, sobre todo a los jóvenes, que ingresan en el mercado laboral. Además, se nos dijo que era muy conveniente que tal reforma se obtuviera mediante un pacto social, como es usual en los países más industrializados de Europa. Con la ventaja de que tal acuerdo entre empresarios y trabajadores garantiza la paz social y el cumplimiento por tanto de los objetivos de prosperidad y crecimiento.

En líneas generales, no había motivos para que ningún sector de la izquierda rechazara este planteamiento, que es el que se ha plasmado en la reforma aprobada dramáticamente el jueves. Y sin embargo, Esquerra Republicana —sobre todo— y otras minorías progresistas han rechazado apoyarla con el absurdo pretexto de que padecía la soberanía del parlamento y de que ellos no apoyan jamás un trágala, aunque tenga forma de pacto social. Si se piensa que dejar las cosas como estaban —es decir, regresar a la reforma del PP de 2012— mantenía a los trabajadores privados de sus derechos más elementales —en especial el derecho a la negociación colectiva, arruinado por la prevalencia del convenio de empresa sobre el de sector—, se entenderá el absurdo de esta posición, que obedecía a argumentos particulares, propios de la pequeña política e incompatibles con el interés general. Por lo demás, no acaba de entenderse la agresión de ERC a la ministra Yolanda Díaz, es decir a Podemos, es decir a los Comunes, sin un motivo claro para ello y sin ver que tal portazo dificulta la recuperación del diálogo entre el Estado y Cataluña.

Tampoco la derecha ha entendido nada, y en vez de sumarse gustosa al pacto social, como ha hecho la patronal, ha ideado una estratagema para frustrar mediante la traición y la venalidad la reforma auspiciada por el gobierno, ventajosa para los agentes sociales y bendecida por Europa. En lugar de sumarse creativamente a la causa común, este engendro reaccionario que Vox encabeza y el PP permite ha bajado al lodo orquestando una burla al sistema de la mano de UPN.

La política ha quedado toda ella enfangada una vez más, y ayer no era difícil escuchar comentarios dolidos en el seno de la sociedad civil: los electores no admiten que su clase política se comporte con esta frivolidad inquietante. A este paso, los partidos democráticos no lograrán parar la hemorragia de credibilidad que padecen y que los reduce en toda Europa a un papel secundario.

Antonio Papell
Director de Analytiks

In Spain we call it ‘Eurodrama’

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