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Sánchez pierde en un PSOE destrozado

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La dimisión de Sánchez, tras una votación a mano alzada que ha pospuesto la celebración del congreso pretendido por el secretario general y ha designado a una gestora, pone fin momentáneamente a pequeña guerra interna, una más de la agitada historia del Partido Socialista, que en esta ocasión es muy reveladora porque representa la defenestración del líder que había sido entronizado por las bases en unas primarias hace apenas dos años, a manos del aparato: Susana Díaz, la promotora de la conspiración, representa como nadie la reconcentración oligárquica de un partido cerrado en el que no hay circulación de elites sino simple promoción de los instalados mediante el escalafón y la conspiración.

El sacrificio cruento de Sánchez no es una operación de juegos florales ni el resultado de un debate ideológico (los discursos de Díaz son una planicie conmovedora) sino directamente encaminada a facilitar la investidura de Rajoy, o, si se prefiere el eufemismo, a facilitar la gobernabilidad del país ya que la cuestión de fondo que se dirimía era la abstención o no del PSOE en una nueva investidura de candidato. Los críticos victoriosos no han aclarado todavía este extremo, todo indica que saldremos del túnel y pronto habrá nuevo gobierno. Muy condicionado, eso sí, por las fuerzas que lo hagan posible.

 Hay una lista antigua de fracturas socialistas, precedentes de la actual: Santos Juliá recordaba este sábado la ruptura del PSOE en 1936, con el ya legendario enfrentamiento entre Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero que provocó la parálisis del partido en el momento más crítico, en mayo de 1936, cuando Azaña le ofrecía participar en el gobierno “de unidad nacional”, desde Maura al mismo Prieto por la izquierda, en la misma noche del 18 de julio.

Mucho más recientemente, el PSOE cobró relevancia en la democracia española a partir de una nueva confrontación, que dio lugar a una escisión. Los jóvenes cuadros socialistas del Interior dieron en el Congreso de Suresnes de 1974 –el 13º en el exilio- un golpe de mano que postergó a los viejos dirigentes, con Rodolfo Llopis a la cabeza, que habían mantenido la llama de aquella formación política durante la travesía del desierto del franquismo. La sacudida era probablemente necesaria para facilitar la renovación y la historia no ha exigido cuentas a los autores del golpe de mano. Desde entonces, y en los primeros tiempos de la primera transición, coexistieron el PSOE histórico y el PSOE renovado…

Quiere decirse que el PSOE, fundado en 1879, tiene un largo historial de rupturas. Pero quizá ninguna tan absurda como la que estamos presenciando cuando la democracia se ha depurado, cuando hay por lo tanto cauces civilizados en las instituciones para resolver los conflictos, y cuando la política española parecía haber adquirido unos hábitos florentinos, educados, propios de sistemas adelantados, alejados de los clásicos modelos bananeros. Esta vez, en Ferraz, ha habido insultos, gritos, lágrimas, zarandeos, enfrentamientos a cara de perro, todos los ingredientes de una tragicomedia antigua, más propia de una corrala popular que de la sede moderna de un partido político.

Las causas de la cacería de Pedro Sánchez han sido diversas y variadas. Por una parte, es probable que el secretario general no haya sabido adular la llamativa mediocridad de personajes secundarios que después de estrepitosas derrotas en sus autonomías se encontraron como en una tómbola con el gobierno de alguna comunidad gracias a Podemos –los casos de Lambán en Aragón y de Page en Castilla-La Mancha-. Por otra parte, es innegable que ha existido una presión superior proveniente de intereses ajenos al partido que ha forzado la maniobra para que Rajoy gobierne cuanto antes; la obstinación insistente y agresiva de González, apoyado por su decadente cohorte mediática, da buena prueba de ello.

El desarrollo del comité federal ha respondido a las posiciones enfrentadas conocidas: los críticos, agrupados en torno a Susana Díaz, han exigido el reconocimiento de que la dimisión de parte de la ejecutiva suponía la desautorización del órgano y la destitución del secretario general, por lo que se imponía la formación de una gestora que conduzca al partido hacia un congreso a medio plazo.

Los oficialistas, en torno de Pedro Sánchez, han interpretado que las normas reglamentarias disponen que cuando la ejecutiva se queda sin quórum ha de convocar un comité federal que estatutariamente está obligado a convocar un congreso extraordinario.

Cuando la confrontación inflamada ya ha concluido, tiene ya una importancia relativa quién tiene razón en el pleito estatutario, aunque parece que es el oficialismo el que apostaba por la vía adecuada (hay en Internet varios análisis de expertos de prestigio en eta dirección; véase por ejemplo http://hayderecho.com/2016/09/29/pedro-sanchez-sigue-siendo-secretario-general-del-psoe/ ). Lo que trasciende es el espectáculo denigrante de unos representantes políticos, muchos de los cuales perciben salarios públicos, que son incapaces de organizar su propio papel institucional y, a los ojos de todos, se destripan unos a otros mientras dilapidan un caudal de votos del que tan sólo son depositarios.

La crisis no está sin embargo del todo zanjada. Los restos del PSOE dirigidos por la gestora han de tomar decisiones cruciales, entre ellas la de abstenerse para que gobierne Rajoy. Y si este paso no se da con rigor, imponiendo condiciones estrictas que satisfagan al que fue electorado socialista, haciendo la debida pedagogía y afrontando con inteligencia la campaña de descrédito que emprenderá Podemos contra esta ‘claudicación’, el Partido Socialista puede quedar sencillamente al borde de la desaparición.

Este pronóstico no es exagerado porque este proceso ya tiene antecedentes en el sur de Europa.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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