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Sigue sin haber masa crítica independentista

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Qué hacer con Cataluña. Independentistas

Llega el momento en que Cataluña y los catalanes tendrán que tomar decisiones trascendentales, en varias fases y mediante sucesivas tomas de posición. En primer lugar, el soberanismo deberá decidir qué hacer en la investidura de Pedro Sánchez, que se producirá a principios de julio, y en la que, aunque no sea estrictamente precisa la intervención de las dos organizaciones independentistas catalanas, los gestos determinarán el tono de la legislatura. No mucho después, se conocerá la sentencia del 1-O, que cerrará judicialmente la intentona golpista y que requerirá una respuesta política del soberanismo conservador –Puigdemont, Mas y Torra- y del progresista –Junqueras-.

Determinados indicios podrían interpretarse en el sentido de que ERC –con Junqueras al frente- está al borde de abandonar la vía unilateral para disponerse a una negociación en toda regla, que no puede tener lugar más que dentro del marco constitucional. La financiación autonómica, el Estatuto de Autonomía y la propia Constitución podrían ser objeto de reforma pactada, cada cual en su ámbito.

Con todo, es evidente que en este proceso existen elementos subjetivos imprevisibles, que ya han dado pie a decisiones inconcebibles como la frustrante negativa a permitir que Iceta accediera a la presidencia del Senado, como pieza esencial del  designio negociador. ERC, cuyos dirigentes temen perder la épica y pasar a la categoría de los botiflers, de los cobardes y entreguistas, es muy sensible a la evolución de la opinión pública, y difícilmente accederá a tomar decisiones impopulares.

El independentismo, estancado

En cualquier caso, la realidad es la que es, y el soberanismo no mejora su posición con el tiempo. Veamos los datos: el periodista Francesc-Marc Álvaro acaba de publicar en La Vanguardia un artículo titulado “La base, congelada”, en que ha puesto de manifiesto que el independentismo se mantiene en los últimos años en porcentajes de voto entre el 40 y el 50 %, con oscilaciones relevantes y que en ningún caso han superado el 50+1, el umbral simbólico de la mitad más uno de los votos emitidos.

En el mismo artículo, que subraya que en las elecciones generales del 28 de abril el independentismo (incluidas las papeletas del Front Republicá) obtuvo el 39,4 %, se pone de manifiesto el distinto tratamiento que da la ciudadanía a la cuestión nacional según la consulta de que se trate: Puigdemont obtuvo un 13,3 % más de apoyo en las europeas (28,52 %) que en las municipales, y de hecho JcCat y ERC sumaron en esa consulta el 49,71 %, todo un récord.

Empate técnico

La ubicación de la sociedad catalana en relación a España es objeto de investigación por el Centre d’Estudis d’Opinión (CEO) de la Generalitat. En la última encuesta publicada, primera oleada de 2019, a la pregunta “Cree que Cataluña debería ser…”, el 5,9% cree que una región de España; el 26,3%, que una comunidad autónoma; el 21,5%, que un Estado de la España federal; el 39,7%, que un Estado independiente. En cambio, si se pregunta al encuestado si desea o no la independencia, el 48,4% responde afirmativamente y el 44,1 negativamente. Desde diciembre de 2014, el sí a la independencia ha oscilado entre el 41,1% y el 48,7%, en tanto el no se ha movido desde el 45,1% al 50,0%. Pocas veces se podría aplicar con más propiedad el concepto de ’empate técnico’ entre ambas posiciones.

Si lo que se indaga es el sentimiento de pertenencia, los datos del CEO muestran la complejidad del modelo: el 39,9 % de catalanes se siente tan español como catalán, frente al 20,5 % que se considera sólo catalán y al 20 % que se siente más catalán que español. Además, otro 7,3 % respondió sentirse sólo español y el 3,1 %, más español que catalán. En cuanto a la lengua que consideran como propia, el 48,8 % de los encuestados indica el castellano como su lengua y el 35,3 %, el catalán, mientras que el 8,5 % señala a ambas por igual y el 7,3 % responde otros idiomas, entre los que destaca el árabe (1,8 %).

El tipo de independencia de los independentistas

Para desentrañar todavía más esta complejidad, podría aún examinarse otro factor, que es el tipo de independencia por el que se inclinan los independistas. Porque hay serias diferencias ideológicas –y, a la larga, también estratégicas- entre quienes desean la independencia de Cataluña en el seno de la Unión Europea y sin variar el modelo occidental y democrático, y aquellos que buscan en la secesión  la oportunidad de construir un Estado utópico, fuera de la Unión Europea y de la OTAN, más cercano a la Albania de Enver Hoxa que a los socios de España en la Unión.

Este equilibrio complejo es manifiestamente deslegitimador para quienes se obstinan en modificar radicalmente el statu quo, un designio sobre el que existe un claro consenso internacional relativo a la necesidad de que es preciso contar con mayorías cualificadas. Cuando un régimen democrático está ante una disyuntiva en que los dos términos son incompatibles, no es legítimo embarcar a la colectividad en una mudanza radical si no se tiene el apoyo masivo –muy superior a la mitad más uno de los votos— de los partidarios de una de las opciones. La inmensa mayoría de las constituciones democráticas, que son por definición abiertas (incluyen el método para su propia reforma) exigen mayorías cualificadas para proceder a las reformas más profundas y controvertibles.

En definitiva, el estado de la cuestión es claro: actualmente no hay masa crítica para revertir una legalidad que cuenta con la máxima legitimidad dado que proviene de una Constitución impecable, elaborada con gran consenso y con la participación de todas las opciones, y aprobada con clamorosa mayoría por toda la sociedad española en 1978. Trabajen, si quieren, los independentistas por ampliar la base, pero dejen mientras tanto de envenenar la convivencia en pos de una quimera.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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