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Sobre la renovación generacional

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El nuevo gobierno de Pedro Sánchez ha sido destacado por el propio presidente por sus características demográficas: la media de edad de los ministros ha bajado de 55 a 50 años y el gabinete ha pasado de tener un 54% a un 63% de mujeres.

Nada hay que objetar a la presencia mayoritaria de mujeres, después de siglos de todo lo contrario. Pero la otra característica, la del rejuvenecimiento, es francamente opinable, y lo es todavía más en un tiempo en que el incremento de la esperanza de vida mantiene la plena capacidad de las personas hasta mucho más tarde que hace apenas medio siglo. No hace falta recordar que Donald Trump alcanzó la presidencia de los Estados Unidos a los 71 años y ya baraja presentarse de nuevo cuando tenga 79. Al mismo tiempo, Biden ha llegado a la Casa Blanca a los 79 años y no descarta presentarse a la reelección a los 83. En cambio, en nuestro país González dejó de ser presidente del Gobierno con 54 años; Aznar, con 51; Zapatero, con 51 y Rajoy, el más tardío, con 66. Parece que la retirada prematura de personalidades tan relevantes del primer plano de la política es un despilfarro.

La precocidad de nuestro gobierno se ha querido vincular al llamado pacto generacional, pero el planteamiento que se ha hecho es, a mi parecer, erróneo: dicho pacto consiste en que el grupo poblacional intermedio, los instalados, vienen obligados a garantizar a los más jóvenes la integración en el sistema, bridándoles formación y trabajo. Asimismo, toda la población activa tiene que sostener, además de los servicios públicos, un sistema de pensiones que acoja y mantenga dignamente a los jubilados. Dicho pacto no incluye la efebocracia —la preferencia por la juventud en la provisión de cargos, término que ideó, o al menos utilizó con frecuencia Mitterrand (quien, por cierto, llegó a la presidencia de la República francesa con 65 años)— sino que se satisface potenciando la igualdad de oportunidades, con independencia de la edad.

De hecho, la provisión de los cargos políticos no debería regirse por otro criterio distinto de la idoneidad. Y las carreras políticas habrían de caracterizase por una coherencia evolutiva. En Italia y en Francia, por ejemplo, los profesionales desarrollan una ‘carrera política’ que incluye avances y retrocesos, y ha sido y es corriente que un primer ministro ocupe ministerios en otras legislaturas después de haber presidido el gobierno. La experiencia, que requiere un acúmulo temporal y que se adquiere con la edad, debería compaginarse con el ímpetu propio de la juventud hasta lograr equilibrios razonables. La exclusión prematura de los mayores por el simple hecho de serlo atenta incluso contra los derechos humanos, en cuya introducción al articulado se dice textualmente que «…son los derechos inalienables de todas las personas en todo momento y en todo lugar: de personas de todos los colores, de todas las razas y etnias, discapacitados o no, ciudadanos o migrantes, sin importar su sexo, casta, creencia religiosa, edad u orientación sexual».

En la crisis ministerial que suscita estas líneas, el último cambio de gobierno de Sánchez, se plantean serias dudas porque han desaparecido de escena figuras referenciales para ser sustituidas por otras que son una incógnita, y cuyo mérito principal parece ser la juventud. No se trata, es obvio, de preferir la experiencia de senectud al arrojo juvenil —hay obras clásicas que ya lo hacen, como ‘De senectute’ de Cicerón o ‘Viejos y Jóvenes’ de Unamuno— o al contrario, sino de ponderar menos la edad y más los méritos de los posibles candidatos a ejercer una responsabilidad. Sigue siendo, en fin, conveniente una discriminación positiva en favor de la mujer tras tanta postergación injusta pero no hace falta en absoluto otra discriminación positiva en favor de los jóvenes.

Lo que ha de hacer la clase dominante es cumplir cabalmente el pacto generacional, formar a las generaciones emergentes de la mejor manera posible, darles oportunidades reales de empleo para lo cual es preciso generar demanda… Es, en fin, muy posible que los ‘ministros jóvenes’ hagan un gran papel en el gobierno, pero todos desearíamos que sea por sus capacidades y aptitudes y no por su edad. Y, por supuesto, muchos querríamos también que algunas brillantes personalidades políticas que han sido inexplicablemente desplazadas encontraran digno acomodo en otras ocupaciones en las que pudieran continuar sirviendo productivamente al Estado.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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