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Manual de supervivencia para Ciudadanos: vuelta al liberalismo progresista y cordón sanitario a la ultraderecha

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Inés Arrimadas, posible líder de Ciudadanos

Desde el instante en que la moción de censura contra Mariano Rajoy salió adelante, Ciudadanos inició su cuesta abajo. Pactos y retratos junto a la ultraderecha mediante, los naranjas salieron de las elecciones de abril con 57 escaños bajo el brazo de un líder, Albert Rivera, que, tras sembrar durante meses la idea de que llegar a un acuerdo con Sánchez era imposible, recogió la tempestad de noviembre: irrelevancia parlamentaria y fuera de Ciudadanos. Ahora, una gestora repite los vicios del pasado. Nadie parece haber aprendido nada.

Esta semana, la gestora de Ciudadanos decidió cesar a los portavoces críticos que quedaban: Nacho Prendes, en Asturias, y Orlena de Miguel, en Castilla–La Mancha.  Asimismo, se realizaron 59 nuevos nombramientos. Ni que decir tiene que estos últimos son de la cuerda de la corriente oficialista. Tras conocer estos movimientos, Francisco Igra, secretario de Programas de Castilla y León, dimitió. A escasas semanas de que comience el proceso preparatorio de la V Asamblea General extraordinaria, prevista para el 14 y el 15 de marzo, muchos dirigentes, según elDiario.es, han calificado de poco ético que se pongan en marcha este tipo de maniobras.

Ciudadanos y la falta de contrapesos internos

La concentración de poder y ciertos dejes autoritarios son comunes a prácticamente todos los partidos europeos, así lo explican José Antonio Gómez Yáñez y Joan Navarro en su libro Desprivatizar los partidos. “Como consecuencia”, escriben, “de la prolongación de mandatos y de la concentración de poder interno, el éxito y la supervivencia en el interior de las formaciones políticas depende de grupos cada vez más limitados de personas, facilitándose en consecuencia la creación de redes clientelares”.

En 2007, el coordinador de Ciudadanos de Madrid, Juan José Areta, escribió una carta de renuncia después de que la Ejecutiva decidiese que ni los suyos ni otra agrupación podrían presentarse a los comicios de mayo: “Esto, para mí, es la culminación de un estilo de dirigir el Partido. Los que ejercemos un cargo somos, para nuestro secretario general, una simple correa de transmisión de las decisiones que toma. Nuestra opinión no le interesa. Cuando discrepas o le criticas te coloca en la línea del adversario”.

No hay nada nuevo, por tanto, en los ceses de la gestora. En Ciudadanos no quieren voces discrepantes. Bien lo sabe Toni Roldán. El exportavoz económico abandonó el partido antes de la debacle electoral y ante la deriva derechista de la formación. “Vinimos a superar la dinámica entre rojos y azules y nos hemos convertido en azules”, dijo. El propio Rivera se encargó de diluir a los críticos de la formación ampliando la ejecutiva del partido en julio de 2019 con afines (Ángel Garrido, Joan Mesquida, Edmundo Bal, Sara Giménez, Lorena Roldán, Javier Imbroda o José Ramón Bauzá) y cesando a otros tantos críticos, como a Fernando Maura y Orlena de Miguel.

Seguir por la vía de la crispación o volver a los inicios

En nuestra joven democracia, las dos grandes organizaciones, PP y PSOE, han representado las dos grandes tendencias ideológicas predominantes tras la II Guerra Mundial. La hegemonía del bipartidismo colapsó con la gran recesión de 2008 y una de sus grandes consecuencias en el plano político: el nacimiento de Ciudadanos y Podemos.

Ciudadanos tuvo una cálida acogida por parte del electorado. La formación, bien vista por el sector empresarial y con notables apoyos en los medios de comunicación, surgieron en Cataluña como reacción a los excesos introspectivos del nacionalismo catalán. Aquella mancha naranja se extendió por todo el país con un mensaje centrista, regeneracionista, a medio camino entre el liberalismo y la socialdemocracia. Un partido bisagra, elástico, con capacidad para llegar a acuerdos con PSOE y PP y conseguir mayorías libres de nacionalismos periféricos.

En 2019, Albert Rivera se arrinconó en la derecha. En abril, imposibilitó la gobernabilidad al no ejercer la ‘tercera vía’. Ni liberales ni socialdemócratas ni partido bisagra. Ciudadanos se convirtió en la comparsa del PP a la espera de que llegase el sorpasso que nunca llegó.

Esta estrategia ha resultado errática. Ciudadanos entendió que había una fuga de votantes hacia las otras formaciones de derechas, por lo que decidió girar a estribor. Sucede, sin embargo, que cuando has dado tantos bandazos el votante opta por opciones genuinas. No puedes competir en agresividad con Vox ni querer hacerte con el espacio de un partido de enorme arraigo en la sociedad conservadora.

Ciudadanos, si quiere sobrevivir, debe repensar su estrategia de futuro. Situarse en ese estrecho hueco que es el centro y a partir de ahí agrandar sus márgenes. Volver a incorporar la socialdemocracia a su ideario y convertirse en un partido liberal de verdad, al que le produzca sarpullidos llegar a acuerdos con todo tipo de nacionalismos –no solo los periféricos– y que establezca de una vez por todas un cordón sanitario a la ultraderecha.

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Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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