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Unidos por el espanto: ya hay PGE 2022

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Vox y el voto oculto ultraderecha
Santiago Abascal, presidente de Vox

Buenos Aires

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto. 

Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto

Jorge Luis Borges (1964)

 

Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso, portavoz de su grupo parlamentario desde junio de 2019, irrumpió en lo público con una apariencia atrabiliaria que sorprendió al personal y le acarreó críticas acerbas. Pero poco a poco, al ir venciendo su evidente timidez y arrinconando su escudo más agraz, Rufián se ha asentado como buen parlamentario, y aunque no se compartan sus posiciones maximalistas (a veces uno piensa en su fuero interno que ni él mismo se las cree del todo), hay que reconocer que su franqueza resulta a menudo refrescante y que tiene una idea cabal del país en la cabeza, requisito indispensable para desempeñar en política un papel constructivo.

Viene esto a cuento de que, como ha recordado Carlos Cué en su crónica, Rufián ha sacado a colación un hermoso soneto de Jorge Luis Borges sobre su relación con Buenos Aires para explicar el juego de adhesiones que ha permitido que este gobierno Frankenstein sacara adelante los PGE 2022 con una mayoría abultada de 188 votos afirmativos, lo que supone la conjunción de 11 formaciones políticas diferentes (como es sabido, el Gobierno de coalición solo cuenta con 155 votos entre PSOE y UP).

El soneto en cuestión explica que a Borges y a la ciudad porteña no les une el amor sino el espanto. Y algo parecido les sucede a los electores y a los partidos de este país cuando se vuelcan en favor de la opción progresista, que reúne con cierta facilidad a todo el espectro de babor, separado por una gran brecha del conglomerado amorfo y sospechoso que forman el PP, Vox y los restos agonizantes de Ciudadanos que, en un error postrero, han emprendido el camino definitivo hacia el abismo.

Solo quien no tenga memoria o quien haya perdido el sentido de orientación no estará viendo un enrarecimiento insoportable de las relaciones políticas, debido al empequeñecimiento de las dos grandes opciones centrales, centro-derecha y centro-izquierda, y al surgimiento de dos ámbitos radicales a la derecha y a la izquierda del espectro. El fenómeno no es solo español y no puede evitarse sentir un escalofrío cuando se asiste a lo que ocurre, por ejemplo, en Chile, donde la extrema derecha y la extrema izquierda se enfrentarán en segunda vuelta para elegir al presidente del país más desarrollado de Latinoamérica.

Así las cosas, el reducto de la derecha, que aunque discrepe internamente en apariencia forma un todo homogéneo (PP y Vox discuten pero gobiernan juntos en Madrid, Andalucía, Murcia, etc.), produce verdadero espanto en el resto del espectro porque Vox representa todo el ominoso pasado de la dictadura y las populistas propuestas filonazis y filofascistas que surgen en Europa con especial empuje tras las crisis de 2008 y de 2020.

La vuelta de la derecha al poder produce hoy verdadero espanto porque el sector que Vox representa viene cargado de odio, de intolerable rechazo a las minorías

El PP de Aznar y de Rajoy levantó grandes pasiones y notorios rechazos, pero no cuestionó el proceso político. De hecho, Aznar miró siempre hacia adelante y no se entretuvo en desmontar las reformas progresistas que había dejado González ya realizadas y que la gente había asimilado de buen grado porque formaban parte de la modernidad del país (el divorcio, el aborto, etc.). Rajoy hizo lo mismo (no se ocupó ni de la segunda ley del aborto ni del matrimonio gay…, ni siquiera cambió el sistema de elección del CGPJ). Pero la vuelta de la derecha al poder produce hoy verdadero espanto porque el sector que Vox representa viene cargado de odio, de intolerable rechazo a las minorías, de agresiones siquiera ideológicas al diferente, de detestación al inmigrante, de negación de la violencia de género, de condena a las políticas compasivas y redistributivas que tienen que acabar con la pobreza, etc.

Por eso, como en Francia, todos los partidos democráticos se alinean contra la extrema derecha. Aquí, falta todavía que el PP dé el paso y se coloque en el lado acertado de la realidad y de la historia.

El precio pagado a las minorías

La crítica principal, escuchada y leída hasta la náusea, a estos presupuestos, emitida tanto por los actores políticos como por sus soportes mediáticos, es que se han llevado el gato al agua “los partidos que quieren erosionar a España”. Y citan expresamente a Bildu y a ERC. Estas dos formaciones pertenecen en efecto al grupo de los partidos periféricos, nacionalistas, que anteponen explícita y expresamente los intereses de su comunidad o región a los generales del país. Es decir, desempeñaban el papel que en la etapa anterior correspondía a CiU y al PNV (el PNV también ha apostado por los presupuestos, pese a su lógica competencia con EH Bildu).

Para evaluar el coste de tales apoyos, no hay más remedio que mirar al pasado. Y es claro que el precio que los partidos estatales debieron pagar por el apoyo de vascos y catalanes en el pasado fue indudablemente mayor que el que ha pagado ahora el gobierno de coalición. Pujol, en el Pacto del Majestic, se llevó consigo una muy considerable cesta de impuestos que trastocó la financiación autonómica, además de una serie de competencias, entre ellas la policía de tráfico. Ahora, en cambio, el botín ha sido mucho menor. ERC ha sacado adelante la Ley Audiovisual, que establece condiciones a las productoras, benéficas para la lengua catalana, y el PNV, que ni siquiera ha conseguido la exótica división de la región vinícola de La Rioja, tan solo ha logrado cierta aceleración de las inversiones ya otorgadas como la de la Y vasca, el cuento de nunca acabar. Los demás partidos obtienen inversiones y medidas que no llaman la atención y que forman parte del rompecabezas presupuestario. No ha habido, en fin, claudicaciones ni privilegios para las regiones que poseen una representación nominal más específica en el Parlamento, por antiestético que resulte el hecho de que no todas las formaciones presentes en el Congreso de los Diputados están al servicio directo del interés general (aunque siempre habrá quien diga, y con razón, que defender la patria chica es también defender la patria grande).

La estabilidad presupuestaria en el Estado ha facilitado la mayoría parlamentaria en Cataluña que se ha formado esta vez con los comunes, con la consiguiente ruptura del bloque nacionalista en las instituciones autonómicas del Principado, una buena noticia para los que no lo son. Asimismo, la paz económica estimula el progreso del diálogo entre los gobiernos español y catalán, lo que garantiza que el conflicto no se desbordará de nuevo y, por el contrario, desembocará previsiblemente, a largo plazo, en un nuevo ‘oasis’ convivencial…

La estabilidad presupuestaria proviene, en fin, de los indultos con que Madrid ha aliviado las erupciones catalanas, haciendo posibles los diálogos y los acuerdos, y permitiendo a ERC tomar el timón sin el sectarismo de los posconvergentes todavía inspirados por el viejo y corrupto Pujol. Alguno dirá, sin duda, que este es el precio realmente pagado a Cataluña, pero esta es una visión pusilánime y cicatera de la realidad: los indultos han tenido la virtud de templar los ánimos, de descolocar a los radicales unilateralistas, de deshinchar el muñeco de una independencia que no está ni se la espera… en ese camino ya iniciado de una gran federación europea.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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