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Violencia tras la pandemia. La ira de los jóvenes

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Existe una relación directa entre las epidemias y la tensión social. Aunque la mayoría de los análisis que se han realizado empíricamente se limitan a estudiar casos concretos, sin considerar analogías ni familiaridades, hay alguna investigación más sistemática, como un reciente estudio del personal técnico del FMI, que incluye un indicador basado en la cobertura mediática del malestar social en forma de un Índice de Tensión Social Reportada (RSUI, por sus siglas en inglés). El RSUI proporciona un indicador mensual uniforme de la tensión social en 130 países desde 1985 hasta la actualidad, basado en la observación de 11.000 diferentes acontecimientos. Y a partir de este índice, el estudio mencionado constata “una relación positiva y significativa” entre desastres y estallidos sociales. En general, existe un desfase entre ambos, que suele ser de unas semanas pero que puede llegar incluso a los dos años.

Un artículo de Philip Barrett, Sophia Chen y Nan Li en IMF Research Perspective ha agitado hace unos días las conciencias de la comunidad global, puesto que recuerda incisivamente que muchas de las grandes pandemias registradas por la historia fueron precursoras de grandes agitaciones sociales. Los autores afirman que “desde la Plaga de Justiniano y la Peste Negra hasta la Gripe Española de 1918, la historia está repleta de ejemplos de brotes de enfermedades que proyectan una larga sombra de repercusiones sociales, que determinan el contexto político, subvierten el orden social y, a la larga, desencadenan tensión social. ¿A qué se debe esto? Un posible motivo es que las epidemias pueden revelar o agravar grietas ya existentes en la sociedad, como la insuficiencia de las redes de seguridad social, la falta de confianza en las instituciones o la percepción de indiferencia, incompetencia o corrupción de los gobiernos. Históricamente, los brotes de enfermedades contagiosas también han dado lugar a reacciones violentas contra grupos étnicos o religiosos, o han hecho recrudecer las tensiones entre clases sociales”. En definitiva, parece estadísticamente probado que “existe una relación positiva entre los estallidos sociales y las epidemias”.

El artículo hace referencia a un caso concreto: en 1832, una gran pandemia de cólera arrasó París y en unos meses mató a 20.000 de los 650.000 habitantes de la capital. La mayoría de los fallecimientos se produjeron en el centro de la ciudad, donde muchos trabajadores pobres, atraídos por la Revolución Industrial, vivían en condiciones misérrimas. La enfermedad agravó las tensiones entre clases sociales, ya que los ricos achacaron a los pobres la difusión de la pandemia y los pobres pensaron que estaban siendo envenenados por sus empleadores ricos. La hostilidad y la rabia se dirigieron pronto contra el impopular rey. El funeral del general Lamarque, víctima de la pandemia y defensor de las clases populares, se convirtió en una gran manifestación violenta en plena plaza de la Bastilla, una especie de segunda Revolución Francesa que Víctor Hugo inmortalizó en su novela Los miserables. Algunos historiadores han afirmado que la interacción de la epidemia con las tensiones acumuladas fue la principal causa de lo que se conoce como la Insurrección de París de 1832, que a su vez puede explicar la posterior represión gubernamental y las revueltas que se produjeron en la capital francesa en el siglo XIX.

La literatura científica menciona otros casos, como las consecuencias en los Estados Unidos de la gripe llamada española de 1918 que derivó en unas revueltas de carácter racista consecutivas a la epidemia que estallaron en varias ciudades tras una protesta de afroamericanos contra el racismo en Michigan. En un horizonte más remoto, se cita el caso de la Inglaterra de finales del siglo XIV, treinta años después de una epidemia de peste bubónica, a la que se atribuye el despertar de la rebelión campesina encabezada por Wyat Tyler en 1381; la pandemia había reforzado la sensación de injusticia social y redujo la oferta de mano obra, lo que dio alas a los trabajadores a reclamar alzas salariales y a exigirlas por todos los medios.

De momento, que se sepa y a escala planetaria, la pandemia global de la covid-19 que todavía padecemos no ha producido más que serios desórdenes en los Estados Unidos, aprovechados como siempre por Trump, quien auspició un verdadero golpe de Estado, el primero en la dilatada historia del país, aprovechando el malestar ciudadano (pandemia galopante, crisis económica, desprotección y paro, etc.).

También en España se perciben asimismo algunos indicios de malestar, que llaman la atención por persistentes e insólitos. Podría decirse seguramente que los disturbios acaecidos tras la entrada de Hasél en prisión tiene un fondo de virulencia social que va mucho más allá que el escueto hecho objetivo que en teoría los ha desencadenado. No existe una correlación racional entre el detonante y la repuesta, ya que las vulneraciones esporádicas de la libertad de expresión, más o menos reales en nuestra sólida democracia, nunca habían recibido en general una contestación  tan dura, y menos en defensa de personajes tan atrabiliarios como el rapero en cuestión. La pandemia, que nos mantiene confinados durante el último año y amenaza nuestras vidas insidiosamente, podría no ser ajena a estos arrebatos irracionales cometidos por las generaciones jóvenes, que han sido particularmente golpeadas por las crisis.

Se han publicado diversos análisis sobre la delicada situación de los millennials –nacidos en la década a partir de los ochenta del pasado siglo— y de las dificultades de quienes, ya nacidos en el siglo XXI, comienzan a intentar integrarse en sus círculos laboral y social. La gran crisis global 2008-2014 debilitó grandemente la posición de las generaciones emergentes, ya que el desempleo juvenil español, históricamente alto, llego a superar el 50%. El exceso de oferta y las peculiaridades de nuestro sistema económico, con un predominio dañino del sector servicios, actuó a la baja sobre los salarios, lo que justificó la creencia, cada vez más extendida, de que por primera vez en un largo periodo histórico las nuevas generaciones ya no vivirán mejor que las anteriores. Aquel naufragio social, que podía describirse como la incapacidad del cuerpo social para instalar a las generaciones emergentes en la vida, llevó a los jóvenes y no tan jóvenes a poner en cuestión el propio sistema representativo —el “no nos representan” fue el clamoroso grito de guerra de la rebelión de los marginados—, y a alumbrar opciones políticas oportunistas que resolviesen los problemas que sus mayores eran incapaces de abordar con los procedimientos convencionales disponibles.

Podemos fue el resultado más o menos efímero de aquella tensión, que debilitó irreversiblemente (al menos por ahora) a las dos grandes organizaciones convencionales que habían ocupado destacadamente el sistema parlamentario desde la promulgación de la Constitución. Aquella ira perfectamente legítima y disculpable contra el establishment que fracasó antes, durante y después de la crisis desacreditó a los partidos preexistentes, fracturó el bipartidismo imperfecto y estableció un pluripartidismo de difícil gestión. Se podrá discutir el resultado de la la revuelta política e intelectual que se ha producido, pero no las causas de la misma: la desolación, la ira, el desengaño de los jóvenes ante la incapacidad de sus mayores no podía quedar impune.

La segunda crisis, provocada por la pandemia en 2020, ha abortado los leves síntomas de mejoría económica y social que percibían los más jóvenes después de varios años de crecimiento macroeconómico, real aunque muy desequilibrado, lo que ha conducido a este colectivo a una nueva frustración muy comprensible: de nuevo se han cerrado los horizontes de las generaciones emergentes.

No parece muy aventurado relacionar esta irritación colectiva con las protestas por el ’caso Hasél’ ni con la propensión a la desobediencia frente a las medidas de seguridad adoptadas que tienden a limitar la movilidad y a producir el mayor confinamiento posible. Si se piensa que los jóvenes están mucho menos expuestos a un cuadro grave de la COVID-19 que los mayores, y que los sucesivos desastres orquestados por la superestructura social y política los mantienen desahuciados y sin expectativas, no es extraño que tengan arrebatos incendiarios, que se desahoguen con violencia en cuanto encuentren ocasión más o menos apropiada y que den la espalda con irritación a las llamadas a la prudencia

Nuestro país tiene un grado de educación elevado y, en principio, no hay razones que hagan temer brotes anarquizantes, revolucionarios o rupturistas de importancia, pero deberíamos estar atentos a las protestas contra la incapacidad de la sociedad a la hora de proporcionar instalación a sus propios vástagos.

Los expertos del FMI autores del informe mencionado más arriba afirman que el riesgo arreciará en todas partes en el verano de 2022. Deberíamos prepararnos para prevenir cualquier eventualidad, por el procedimiento de anticiparnos a la protesta mediante la comprensión de la realidad, que las elites no terminan de ver, y la implementación de terapias intensas y apropiadas.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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