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Vuelve la socialdemocracia. La sociedad invoca de nuevo el Estado de Bienestar

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El Estado de Bienestar

En estas vísperas electorales, la oposición está irritada porque el efímero Gobierno de Pedro Sánchez, que ha convocado elecciones para el 28 de abril, está celebrando, y piensa seguir haciéndolo hasta el fin del periodo, una serie de consejos de ministros “sociales”, de los que se desprenden medidas y propuestas legislativas encaminadas a revertir los recortes sociales que se produjeron a causa de la crisis económica 2008-2014 (o con el pretexto de que estaba teniendo lugar) y/o a generar nuevas medidas tendentes a reforzar valores o tendencias progresistas, como la igualdad entre los géneros, la garantía del poder adquisitivo de las pensiones, la asistencia social a los parados de larga duración… y una larga lista de elementos que son consustanciales con el concepto de Estado de Bienestar que la sociedad de este país, a sabiendas o inconscientemente, había llegado a apreciar antes de que saltara por los aires el sistema financiero internacional y estallara en España la imprudente burbuja inmobiliaria, aparentemente huérfana porque nadie quiere cargar con la responsabilidad de aquel desmán que empieza a larvarse en la última década del siglo pasado.

El deterioro del Estado de Bienestar ha sido muy sensible en España, donde la clase media se ha proletarizado, la precariedad laboral mantiene en riesgo de pobreza a un grupo amplio de asalariados, la desigualdad alcanza proporciones inaceptables y la participación en el PIB de las rentas salariales no termina de estabilizarse ni mucho menos de comenzar de nuevo la senda del crecimiento. Con todo, el fenómeno no es estrictamente español (otros países europeos han salido también del trance muy deteriorados), y se advierte en distintos ámbitos europeos un intento de amplia base de reconstruir los reclamos socialdemócratas, que son los que pretenden otorgar al Estado entidad y tamaño suficientes para generar una red inferior de protección que impida el descenso a los infiernos de sectores sociales desafortunados. El generalizado paro juvenil, el incremento de las desigualdades y el adelgazamiento de las clases medias, la reducción de la idea global de seguridad son signos de un deterioro que corroe la democracia en Europa y alienta el surgimiento de las diversas formas de populismo, en un intento inútil de reemplazar o que ya no funciona: la vieja alternancia entre liberalismo y socialdemocracia.

Lo ideal sería que nuestros países recuperaran la dialéctica entre el liberalismo, la desregulación y la reducción de lo público, de un lado, y un mayor intervencionismo con más Estado y una presión fiscal semejante a la media europea, de otro

A. Papell

La mejor edad de Europa

Las cuatro décadas prodigiosas que vivió Europa tras la Segunda Guerra Mundial estuvieron caracterizadas por la vigencia del llamado consenso socialdemócrata: los liberales de un lado, y los socialistas democráticos y los democristianos, de otro, se alternaron en el gobierno de los grandes países europeos para reconstruir la desolada Europa, edificar la integración continental y alumbrar los estados de bienestar que han proporcionado una etapa magnífica a nuestros pueblos (España, como casi siempre, se subió tarde a la aventura, pero supo recuperar el tiempo perdido). De aquel periodo proviene el patrimonio social que todavía pervive en Europa: los sistemas sanitarios y educativos públicos, especialmente.

Aquella etapa de fecunda alternancia fue decayendo a partir del surgimiento en el mundo anglosajón de un potente movimiento neoliberal, que coincidió con la caída del Muro de Berlín, el descrédito de las utopías de izquierdas y la puesta en marcha de un pensamiento único que simplificaba la complejidad del momento pero que resultó funcional para la puesta en marcha las nuevas políticas que se consolidaron durante la etapa de Margaret Thatcher (en el poder entre 1979 y 1990) y Ronald Reagan (1981-1989).

Aquel neoliberalismo rampante que ganó batallas innobles (la que arrasó los sindicatos británicos y norteamericanos, por ejemplo) dio preferencia al crecimiento económico sobre la equidad y la redistribución y terminó desacreditando la socialdemocracia que por aquel entonces ya había renunciado en gran medida a la redistribución de las rentas (poco eficiente) y había optado por el fortalecimiento de los servicios públicos, gratuitos, universales y de calidad, como medio para garantizar la igualdad de oportunidades en el origen que había de representar la verdadera equidad.

Los excesos especulativos del neoliberalismo, la mengua casi absoluta de la regulación económica y una oleada de frivolidad moral hicieron posible que el sistema financiero se abocara a la gran crisis 2008-2014 de la que todavía no  nos hemos recuperado completamente. Crisis que las grandes economías occidentales —bajo el mandato imperativo de Alemania— resolvieron a la manera tradicional: mediante políticas duras de consolidación fiscal y austeridad presupuestaria, que destrozaron las clases medias y obligaron a grandes sacrificios que generaron gran desconfianza de las muchedumbres hacia las elites.

La crisis socialdemócrata y el auge de los populismos

La propia socialdemocracia  no tuvo más remedio que aceptar aquella política, y Rodríguez Zapatero, en mayo de 2010, sometido a grandes presiones europeas en las que llegó a inmiscuirse Obama, puso en marcha un recorte de 15.000 millones de euros para limitar el déficit desbocado que la crisis había provocado. La consecuencia del desastre —austeridad para los menos favorecidos, desigualdad rampante, proletarización de las clases medias, descrédito de los partidos socialistas como el PS de Hollande— ha sido el surgimiento del populismo en sus diversas formas. Progresista (Podemos, M5S) o reaccionario (La Liga, Rassemblement National, Vox).

Pero la situación empieza a revertir, a lomos de una desigualdad insoportable que no se remedia con el crecimiento (desde 2014, las economías europeas crecen pero se mantienen los porcentajes de ciudadanos en riesgo de pobreza, la precariedad laboral, etc.). En Italia, el Partido Democratico del templado Renzi ha elegido a Nicola Zingaretti, que tratará de resucitar el movimiento de El Olivo en alianza con grupos de más a la izquierda y en pro de la reconstrucción de un nuevo Partido Socialista. En Alemania, la alianza el SDP con la CDU-CSU ha desnaturalizado al centro izquierda, que ya empezó a hundirse con el desacreditado Hartz IV de Schröder, un catálogo de reformas liberales, y hoy el renovado SPD ha dado un evidente giro a la izquierda (que ya ofrece resultados positivos en las encuestas) con el que pretende recuperar sus antiguas características; de momento, se descarta repetir en mucho tiempo la ‘gran coalición’. El laborismo británico, que habla de nacionalizaciones y de reforzar el poder sindical mediante el control de una parte del accionariado de las empresas (una propuesta muy antigua en el centro y el norte de Europa), ha adquirido caracteres radicales que probablemente se moderarán pero que no volverán al inofensivo blairismo. En Francia y Grecia, el socialismo está momentáneamente agotado, pero en España y Portugal está renaciendo a ojos vista. Y, curiosamente, los milenials de los Estados Unidos (nacidos entre 1981 y 1986), herederos del Occupy Wall Street, están recuperando la idea europea de socialismo como medio de combatir la desigualdad. Bernie Sanders cabalga de nuevo.

Lo ideal sería que nuestros países recuperaran la dialéctica entre el liberalismo, la desregulación y la reducción de lo público, de un lado, y un mayor intervencionismo con más Estado y una presión fiscal semejante a la media europea, de otro. El pasado nunca vuelve, pero la tensión entre quienes se preocupan por expandir la actividad económica y los preocupados por el reparto de la riqueza es muy creativa y ha contribuido grandemente a que hayamos llegado tan lejos en el camino de la civilización.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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