A debate

Vuelven los perdedores del 78

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Las encuestas sociológicas, como ha explicado el profesor Tezanos por activa y por pasiva, son extraordinariamente difíciles de ajustar por el cambio reciente de la estructura política de este país. El voto directo, es decir, el que los encuestadores contabilizan objetivamente por el procedimiento de preguntárselo directamente a los integrantes de una muestra representativa, ofrece distorsiones muy difíciles de detectar; hay electores que mienten a conciencia por distintas razones, generalmente porque no quieren reconocer que votarán a una opción impopular y/o que afirman que votarán a la más popular para quedar bien ante el encuestador. Por ello, hay que tratar los datos en bruto aplicando reglas de corrección empíricas, fruto de la experiencia, para obtener la intención aproximada de voto, que tiene un fundamento científico relativo. Cuando el sistema bipartidista estaba estabilizado, los expertos en demoscopia atinaban en sus previsiones. Hoy, sería sumamente arriesgado tal proyección, y de ahí que el CIS sólo ofrezca últimamente el voto directo, que es incontrovertible: es lo que dicen que los ciudadanos que van a votar, hagan después lo hagan.

En cualquier caso, las series de encuestas sucesivas sí permiten detectar con verosimilitud las tendencias, y todo son conjeturas estos días. En general, la sensación  más extendida apunta a que habrá dificultades para conseguir la estabilidad de un nuevo ejecutivo que consiga el apoyo suficiente para ser investido y gobernar.

Los cinco partidos estatales que, muy probablemente, obtendrán la mayor parte de los representantes admiten combinaciones teóricas diversas; pero si el buen sentido de los electores no lo remedia, la dispersión y la escasa propensión a pactos que existe en la política española —pactar es aquí traicionar las propias ideas y faltar a la palabra dada— desembocarán en una nueva e inquietante situación de inestabilidad. Veremos lo que ocurre.

La solución la tienen los electores

Es obvio que los electores tienen la solución en su mano: el electorado, que ha demostrado en el pasado tener una gran intuición inteligente, podrá facilitar las cosas o complicarlas a su antojo. Y, para ello, conviene que medite con datos y rigor en el sentido de su opción. Por tanto, debe conocer con pormenor la oferta política, así como las razones por las que este país ha pasado del bipartidismo imperfecto al pentapartidismo también imperfecto (la ‘imperfección’ significa que el bipartidismo no impidió la existencia parlamentaria de minorías nacionalistas periféricas y del Partido Comunista, con este o con otro nombre).

Fernando Vallespín ha explicado la transformación del antiguo sistema al nuevo en un breve y lúcido artículo. Lo ocurrido es que han vuelto a escena los tres grupos ideológico/políticos que perdieron la batalla de la Transición, cuyos vencedores fueron evidentemente las grandes organizaciones del centro-derecha y el centro-izquierda, el PP y el PSOE, que se han turnado con eficacia al frente del Gobierno entre 1982 y 2016. Dos de estos grupos derrotados fueron el nacionalismo periférico independentista y la extrema izquierda republicana, que han regresado a escena con ímpetu: si en el 78 el independentismo se reduciría a una pequeña ERC de dimensión cuasi simbólica, ahora gran parte del catalanismo se ha vuelto soberanista y alcanza en torno al 47% del electorado catalán si se incluye en esta cifra el independentismo radical de la CUP; al propio tiempo, cuarenta años después de que el PCE asumiera el parlamentarismo demoliberal y aeptara la Corona en la jefatura del Estado, surgía a la izquierda del eurocomunismo Podemos, una opción populista, radical y republicana, que rechaza ‘el régimen del 78’ y que ha terminado aliándose y casi absorbiendo a Izquierda Unida, residencia del viejo PCE.

El tercer grupo sociológico-político derrotado en 1978 fue el franquismo, parte del cual mudó sinceramente de convicciones, se adaptó a la democratización y se fue con Fraga, en tanto otra parte iniciaba una travesía del desierto en la semiclandestinidad que ha concluido en las pasadas elecciones andaluzas, cuando ha irrumpido con estrépito la versión más castiza del fascismo patrio. Ha surgido Vox, que ha tenido la ocurrencia de integrar a viejos generales nostálgicos de la dictadura (los que hicieron la guerra junto a Franco están todos muertos) en un intento de reconstituir aquella democracia orgánica que todavía no parece no resignarse a hospedarse en el museo arqueológico de la política que es la historia.

Las razones de esta triple resurrección han de buscarse sin duda en la crisis económica que acabamos de vivir y de la que todavía no hemos conseguido salir. Estamos creciendo a buen ritmo, y ello exaspera todavía más a las principales víctimas de la crisis que permanecen postradas pese a que se les dijo que habían de sacrificarse para gozar después de una vida mejor que la de antes de la doble recesión. Pues bien: hoy constatamos horrorizados que un lustro después de la etapa negra de decrecimiento se mantiene en toda Europa (y muy abultadamente en España) un fenómeno nuevo y perturbador, la pobreza laboral, que consiste en que muchos asalariados que tienen trabajo precario ni siquiera han sobrepasado el umbral de la pobreza y viven materialmente en una situación cercana a la indigencia. Y en la indignación, naturalmente. También constatamos que se ha averiado dramáticamente el ascensor social, por lo que el punto de llegada personal y profesional de los jóvenes ya no depende tanto de su esfuerzo sino de su linaje. Serán ricos y hallarán buenos empleos los hijos de los ricos y permanecerán en la indigencia quienes sean pobres de origen… Esta condena explica y hasta justifica la sublevación de los menos afortunados.

En definitiva, un sector muy notable del electorado considera que los depositarios del régimen del 78, PP y PSOE, que supieron gestionar el progreso y afianzar la prosperidad, han fracasado con la crisis, lo que explica que muchos intenten otro futuro a lomos de otras opciones. Este es el planteamiento que nos interroga, y ahora cada cual debe meditar su propia solución.

PP y PSOE se juegan en definitiva el ser o no ser en este envite, en que deberían demostrar, cada uno en su estilo, que son capaces de reconstituir su correspondiente hemisferio. De rescatar a las muchedumbres que no se sienten cómodas en esta nueva etapa hasta depositarlas en un marco de mayor bienestar y equidad. El PSOE se está volcando en la reconstitución de políticas sociales con las que reconstruir los perdidos equilibrios. Habrá que ver si llega a tiempo de convencer a sus teóricos beneficiarios.

Estrellas, cuneros y paracaidistas

Los aparatosos disparates verbales sobre el aborto del fichaje estrella del PP, el hijo homónimo de Adolfo Suárez, que es también yerno del adinerado ganadero Samuel Flores y que ya fue derrotado en su día con estrépito en la comunidad de Castilla-La Mancha tras dejar a sus espaldas un rastro de ineptitud, pone de manifiesto lo controvertible de la práctica de buscar estrellas insignes, descendidas de los cielos en imaginarios paracaídas, para aumentar el atractivo de las listas electorales, que en esta ocasión forman una pléyade que incluye a toreros, apellidos de alcurnia, tertulianos habituales, fabricantes de bebidas carbónicas y hasta el “padre de Mariluz”. Al respecto, lean esto que hemos escrito en Analytiks.es.

Ha recordado Javier Solana en un merecido homenaje a la memoria de Pérez Llorca que al Congreso de los Diputados se va a hacer leyes, y que ello no siempre es fácil, por lo que constituye una sinrazón y una falta de respeto a los propios electores este disparatado afán de incrementar el dudoso atractivo de los equipos políticos captando a personajes de relumbrón y con afán de notoriedad, que colman su ego a través de la representación política pero que no tienen ni idea de los problemas que en teoría deberían abordar, ni mucho menos de los métodos para ponerse a la labor. Tampoco es decente que se menosprecie la labor y la función de los partidos políticos, que tanta consideración merecen en la Constitución (Art. 6 C.E.), poniendo en las listas electorales de las circunscripciones a paracaidistas y cuneros que nada tienen que ver con el territorio ni con el trabajo que la militancia ha realizado a lo largo de la legislatura.

Esta desnaturalización de la democracia, que también es un insulto a la inteligencia de una sociedad madura y airada por la inepcia de quienes se la disputan en las urnas, contribuye a degradar un régimen que fue esplendoroso y que ha ido decayendo por la dejación e inmoralidad de un sector de la clase política que nos ha ofrecido un repertorio de obscenidades que va desde la corrupción sistemática hasta la policía patriótica. El desastre no se corrige, en todo caso, mediante técnicas inútiles de marketing que hacen de la campaña electoral un teatro de variedades y de las cámaras representativas un circo de barrio.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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