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Volvió la remontada a Chamartín

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Volvió la remontada a Chamartín 1

La remontada es mucho más que jugar al fútbol, se convirtió en una forma de ser. Todavía más, la remontada es una manera de vivir la pasión de este deporte espectáculo en el que no se disimula la desmesura. Fue sobre todo la esencia espiritual del estado Bernabéu, cuya afición, durante décadas, le cogió el gusto en las míticas eliminatorias de la Copa de Europa. Desde los tiempos del Real Madrid en blanco y negro hasta el miedo escénico, como lo bautizó Jorge Valdano, generaciones de seguidores encontraron en la remontada la mejor manera de olvidar los sinsabores de la vida. Por ello, los madridistas de la última década añoraban acudir a Concha Espina y vivir una de las noches mágicas en las que sus ídolos daban la vuelta a un resultado adverso.

Pero con el paso de los años, un nuevo estilo basado en los millones más que en el espíritu de lucha había hecho que las remontadas se añoraran cada vez más, un fenómeno de paroxismo tan grandioso que solo los blancos han sido capaces de repetir contra adversarios de categoría. Tan es así que esta serie de hazañas épicas convertidas en mito provocan que otros equipos traten de emular su historia y su prestigio, lo que les lleva a estar dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de ofrecer a su hinchada las sensaciones de uno de estos subidones colectivos de adrenalina. Un objetivo inalcanzable para ellos, cuyo esfuerzo resulta especialmente patético cuando, empujados por los mesías del independentismo, convierten a sus órganos de propaganda en inventores de idílicas remontadas contra rivales que, en realidad, carecen de relieve.

Es tal la felicidad de los entusiastas cuando viven una remontada, que llegan a mostrar sin recato su vehemencia en mil y una interminables conversaciones de bar. Una norma diabólica que otorga valor doble a los goles conseguidos en campo contrario en caso de empate, otorga a las remontadas un valor más sabroso, ya que se vive al borde del abismo y en cualquier momento se puede ganar o perder en una de estas noches de infarto, que es precisamente lo que se busca, la emoción a raudales. Caer noqueados a la lona o salir victorioso no depende de grandes maravillas tácticas o de la pizarra del entrenador, forma parte en realidad de una manera especial de jugar en el filo del alambre.

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