Economía

De cómo la mano invisible venció al puño de Marx en un siglo

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De cómo la mano invisible venció al puño de Marx en un siglo 1

Un siglo da para mucho. Con el triunfo de la Revolución Rusa en 1917 se vislumbraba la posibilidad de organizar a una nueva sociedad en torno a una nueva doctrina política, económica y social. El triunfo de los bolcheviques inauguraría lo que, en teoría, iba a ser el primer Estado socialista del mundo. El comunismo traspasó fronteras y parecía que iba a ser el sistema preponderante; sin embargo, el tiempo y, sobre todo, el capitalismo se han encargado de enterrar y aislar –al menos en la práctica– esta forma de organización social en tan solo cien años.

“La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida; la tienes que hacer caer”. Esta sutil frase del ‘Che’ Guevara esconde una poderosa realidad: no hay revolución sin violencia. La victoria de los bolcheviques se dio de bruces con el estallido de la guerra civil en 1918, tras el ataque al nuevo Kremlin de los partidarios de seguir con el zarismo, apoyados por una intervención armada de tropas europeas occidentales y de Estados Unidos, o con Kerenski. En lo económico, a este periodo se le conoció como el ‘comunismo de guerra’, y se prolongó hasta 1921, con la proclamación del trabajo obligatorio, la entrega de la tierra a los mujics (obreros y campesinos pobres), la confiscación de los bienes de la oligarquía y la burguesía y la estatificación de la industria.

El magma antirrevolucionario comenzó a inquietar a Lenin quien, antes de que la revolución se le fuese de las manos y desgastase aún más el país, diseñó una ‘Nueva Política Económica’, la NEP. En una conferencia realizada por Ramón Tamames, reputado economista y catedrático, celebrada en la sede de TYPSA, a la que también acudió Pablo Bueno Sáinz, presidente del grupo, explicó con gran pedagogía aquel capítulo soviético: “Contra viento y marea se produjo el gran cambio: las incautaciones de tierras se sustituyeron por un impuesto en especie a los grandes propietarios, se favoreció el renacimiento de la pequeña industria, se abrió el país a las inversiones extranjeras, etc. Además, se restableció, en parte, el capitalismo y la inflación se detuvo mediante la emisión de la nueva moneda soviética”.

Los adversarios a la NEP brotaron en las propias filas del Partido Comunista de la Unión Soviética tras la muerte de Lenin. Trotski y Preobrazhensky aseguraron que esta política estaba beneficiando demasiado a los comerciantes y a los kulaks (los agricultores más ricos), corriendo así el riesgo de generar una nueva burguesía. Ambos dirigentes fueron expulsados del PCUS en 1927 y Stalin acumuló todos los poderes. Con él, de la NEP se pasó al Gosplan, el comité para la planificación económica de la Unión Soviética. El primer plan quincenal se aprobó en mayo de 1929, cuando ya se había alcanzado el nivel de producción de preguerra (1913). En diciembre de ese mismo año, fue decidida la liquidación de los kulaks, tanto de clase como físicamente, y se produjo la colectivización agraria a base de koljoses (granjas colectivas) y sovjoses (explotaciones agrícolas).

Estos planes quincenales, señalaba Tamames, no llevaron a nadie “al ‘reino indefinido de la libertad’, planteado por Marx, como sustitución del ‘reino indefinido de la necesidad’. Ni se cumplió la máxima marxista: ‘de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades’”. La revolución rusa estaba por los suelos. “Tras el asalto al poder, la idea del ‘paraíso del proletariado’ fue desvaneciéndose, y si el mito se mantuvo un tiempo, fue por la gran victoria de Stalin sobre Hitler para, décadas después, llegar a un nuevo hundimiento, en un proceso que Arthur Koestler supo reflejar en El cero y el infinito. El estalinismo y los popes del marxismo-leninismo arruinaron definitivamente la visión revolucionaria de 1917. Así las cosas, es posible formular la idea de que el socialismo cientofico pensando por el filósofo de Treveris, acabó siendo el más utópico de todos, con una promesa nunca hecha realidad.

Paralelamente al reto soviético que suponía para parte del mundo la victoria de Lenin, en EE. UU. se fraguó el Plan Marshall. El país norteamericano se retira las guerras y “en tres años, los que van de 1943 a 1945, duplicó su renta nacional”, señala el catedrático. El país estaba listo para prestar su ayuda a Europa, de modo que en 1948 se firmó en París el convencio constitutivo de la Organiación Europea de Cooperación Económica (OECE), con la ulterior asignación de EE. UU. a Europa [salvo a la España de Franco, por no democrático] de 22.000 millones de dólares en cuatro años (1948-1952), en un 90 % como donación. “Se reconstruyen 17 países y se frena el ascenso soviético”, apunta el experto ante un auditorio lleno.

El capitalismo se convierte en la única realidad

La idea económica dominante por aquel entonces, el keynesianismo, fue reemplazado por el liberalismo de Milton Friedman, que tuvo su manifestación más conocida en la ‘Reaganomics’, con toda una serie de principios que encontraron su formulación más concreta en el llamado Convenio de Washington.

Tras la desintegración de la URSS, en 1991, y la paralela emergencia de China, el capitalismo parecía como si fuera a “morir de éxito”, apunta Tamames. “En otras palabras, de manera soterrada –en medio de la nueva economía (década de 1990)–, la globalización y las tecnologías emergentes (informática y telecos especialmente), incluyendo biotecnología, nanotecnología, etc., indujeron todo un proceso de ingeniería financiera, contabilidad creativa, información privilegiada, etc,; que fueron socavando el funcionamiento de los sesudos banqueros de antes de su tradicional componente calvinista”, explica.

Esta época de ‘exuberancia irracional’, según la nombró el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, fue una etapa de desregulación cada vez mayor, en la que los agentes económicos y financieros se organizaban a sí mismos. Se creó un clima de euforia e irresponsabilidad cuyo final ya se conoce: especulaciones, burbujas financieras y estallidos bursátiles. “los males profundos del capitalismo se revelaron en cánceres como los escandalosos Enron, Arthur Andersen, Citigroup, etc. En España también tenemos casos conocidos, como el de Terra, filial de Telefónica, que llegó a cotizar a 140 euros por acción… y que finalmente fue absorbida por la propia Telefónica por 4 euros la acción.

“En el verano de 2007”, apunta el economista, “se inició el episodio de las hipotecas subprime y el posterior pinchazo de las burbujas financiera e inmobiliaria en EE. UU., por el recalentamiento que la economía había experimentado, en buena parte a impulsos de la codicia y la especulación del sector bancario y del fenómeno del credit bang, que culminó en un desastre con los impagos hipotecarios y la amenaza de crisis de toda la banca. La caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008 casi marcó un punto de pánico”. Las consecuencias de este crack ya las conocemos –e incluso podríamos vivir que continuamos sufriendo–. El capitalismo ya no es una realidad, sino la realidad. Ahora nos quedan otro tipo de retos para el futuro, pero todos circulan por las vías de este sistema: Trump y la globalización; Europa y los partidos eurófobos y antisistema; el auge de los movimientos yihadistas; y, entre otros, el reto que supondrá para Europa el aumento de la población africana en las próximas décadas.

Sergio García M.

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