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Los bancos centrales amenazan a los trabajadores

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El presidente de la Reserva Federal americana, Jerome Powell, ha hecho saber a todo el orbe que está predispuesto a una subida de tipos de interés sobre fondos federales y letras del tesoro por una cuantía de al menos 200 puntos básicos a finales de 2024. Más que la intensidad de la subida, lo relevante es el cambio de tendencia, que representa un punto de inflexión en toda la política monetaria global y que, por supuesto, ha sido rápidamente adoptado también por el Banco de Inglaterra, que ha realizado hasta el momento dos subidas de tipos con el objetivo de que la inflación baje al 2 % (actualmente está en máximos desde 1989), “con el fin de ayudar al crecimiento y el empleo”.

Inmediatamente, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, se ha sumado a la iniciativa y se ha mostrado dispuesta a actuar con más flexibilidad en este campo, con lo que el término ’flexibilidad’ ha cambiado de sentido: si durante años ha significado la posibilidad de incrementar los estímulos y de bajar los tipos para mantener el crecimiento y el empleo, ahora la flexibilidad consiste en un rancio ajuste monetario para combatir la inflación que podría llegar incluso en este mismo 2022: “créanme, cuando las condiciones se cumplan —ha dicho Lagarde—, actuaremos porque es nuestro deber”. Y los mercados ya descuentan hasta tres subidas de tipos para el ejercicio actual.

Cuando las autoridades económicas europeas, de acuerdo con las norteamericanas, se enfrentaron a la crisis sanitaria de 2020 por el procedimiento keynesiano, es decir, mediante fuertes inyecciones de inversión pública que mantuvieran vivas las empresas comprometidas y que a la hora de la recuperación ceben la bomba de la inversión privada, muchos pensamos que las veleidades monetaristas del neoliberalismo fracasado habían cesado definitivamente. Pero no hay tal: volvemos a las andadas, y los resultados pueden ser catastróficos.

James K. Galbraith, conocido economista y ensayista norteamericano inscrito en la órbita del Partido Demócrata acaba de publicar un sonoro artículo titulado “El blanco de la Fed son los trabajadores” (Project Syndicate), en el que defiende la tesis de que “la razón declarada para endurecer la política monetaria es «combatir la inflación». Pero las subidas de tipos de interés no harán nada para contrarrestar la inflación a corto plazo y actuarán contra los aumentos de precios a largo plazo provocando otro colapso económico. Detrás de esta política hay una teoría misteriosa que vincula las tasas de interés con la oferta monetaria, y la oferta monetaria con el nivel de precios. Esta teoría «monetarista» no se reconoce como tal en estos días por una buena razón: fue abandonada en gran medida hace 40 años después de que contribuyera a una debacle financiera”.

En efecto –sigue explicando Galbraith-, “a fines de la década de 1970, los monetaristas prometieron que si la Reserva Federal se orientaba solo a controlar la oferta de dinero, la inflación podría controlarse sin aumentar el desempleo. En 1981, el presidente de la Fed, Paul Volcker, lo intentó. Las tasas de interés a corto plazo se dispararon al 20 %, el desempleo llegó al 10 % y América Latina se sumió en una espiral de crisis de deuda que casi acaba con todos los grandes bancos de Nueva York. A finales de 1982, la Reserva Federal se había retractado”.

Pero esta retractación no ha sido sincera: durante décadas, no ha habido casi inflación en los Estados Unidos, a causa de los bajos precios de las materias primas en los mercados mundiales y al ascenso de China; pese a ello, la Fed ha estado atenta a las ”expectativas de inflación” y ha elevado periódicamente las tasas para “anticiparse” al problema… y felicitándose luego cuando no hubo problema que resolver.

En la hora actual, y tras esos cuarenta años de temores infundados, la situación sí es distinta: hay una evidente y radical subida de precios, independiente del sistema económico, que básicamente afecta a la energía y a las materias primas. Los oligopolios de oferta y los carteles de países productores han elevado el precio de los derivados del petróleo a cotas exorbitantes, y la crisis sanitaria ha forzado un aumento de precios de ciertas materias primas, ha creado cuellos de botella en los suministros, y estas carencias han provocado ciertas alzas (como la de los coches usados, ya que los nuevos no podían fabricarse por falta de chips). Y como es lógico, este efecto se ha filtrado poco a poco en toda la economía. Pero la subida nada tiene que ver con un exceso de flujos monetarios, de liquidez, que incrementen la demanda y que hayan de ser contrarrestados con políticas restrictivas de créditos altos e incentivación del ahorro.

En otras palabras, no hay modo de evitar que los precios que se han elevado —combustibles, electricidad— dejen de hacerlo (al menos, la economía abierta no tiene los resortes para conseguirlo: solo los intervencionismos políticos globales podrían lograr un abaratamiento). Por lo que las maniobras tanto de la Fed como del BCE encaminadas a “contener la inflación” tendrían que actuar sobre “otros” precios para que la inflación media se contuviese y reculase.  Pero si ni la energía ni los productos cuyos precios están directamente vinculados a ella van a descender, ¿cuáles son los precios que los bancos centrales quieren reducir? Pues es muy obvio: como dice Galbraith, “los salarios, por supuesto”. Y sobre todo los salarios en el sector servicios. Y añade el analista de USA: “Obviamente, lógicamente, inevitablemente, y a pesar de todas las lágrimas de cocodrilo sobre la inflación que perjudica a los estadounidenses comunes y corrientes, la Reserva Federal (el BCE en el caso europeo) está decidida a dejar de aumentar los salarios”.

Bajar/congelar salarios en una situación global que todavía  no ha alcanzado las cotas salariales anteriores a la crisis de 2008, es muy delicado. En España, más del 20% de las personas permanecen bajo el umbral del riesgo de pobreza. Y en los Estados Unidos se registra un fenómeno nuevo que genera también inquietud: las “renuncias” masivas de muchos trabajadores que se marchan del mercado laboral… Que dejan en definitiva de trabajar— porque no están dispuestos a hacerlo a los salarios irrisorios que se les ofrecen.

En suma, la subida de tipos y la retirada de estímulos no frenarán la inflación (aunque la inflación se frene por otras causas imprevisibles e inabordables, como las que han producido la subida desbordante de la energía), y sí empeorarán la vida de la gente, especialmente la clase trabajadora. Deberían meditar las autoridades europeas -el BCE y las instituciones comunitarias- si es lógico que sigan dócilmente los dictados axiomáticos de la Fed cuando nada justifica sus políticas restrictivas y cuando todos recordamos que fue la política financiera norteamericana, con sus hipotecas basura, la que desencadenó la gran crisis de 2008.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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