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En busca de la competencia perfecta

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En busca de la competencia perfecta 1
Foto: Jakub Brabec

Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo, dice el viejo proverbio. Y ciertamente, se dejaría pasar una gran oportunidad si el altercado que ha provocado Garzón al opinar sobre las virtudes de la ganadería extensiva y los vicios congénitos de la ganadería intensiva no se aprovecha para examinar los defectos y las insuficiencias de la economía de mercado, cuyo motor es la competencia leal y abierta y que no tiene opción alternativa. El desiderátum de la competencia perfecta solo puede ceder por razones sociales y de preservación medioambiental.

El mercado es libertad, pero deja de serlo si las autoridades económicas no supervisan su funcionamiento, de forma que no se produzcan pactos oligopolísticos de precios que lo desvirtúen o surjan espontáneamente monopolios de oferta que aprovechen su posición para perpetuarse. Al Estado, en sus diversos niveles institucionales, y a la Unión Europea que tutela el Mercado Único, les corresponde la supervisión y el control, encaminados a evitar abusos.

En Alemania, los socialdemócratas, acompañados por liberales y verdes, acaban de desembarcar, después de 16 años de gobiernos conservadores (aunque soportados por tres ‘grandes coaliciones’ sucesivas), y, como es lógico aprovechan el ímpetu inicial para fijar políticas y posiciones que den fe de su vocación progresista. En concreto, el ministro de Agricultura, Cem Özdemir, vegetariano de origen turco, ya ha expuesto sus posiciones en la edición dominical de Bild, el periódico de más tirada del país. En esta primera comparecencia, el nuevo miembro del ejecutivo entrante ha marcado con claridad su territorio y ha denunciado la mala situación del campo alemán, de la agricultura y de la ganadería, sometido a una carrera de precios a la baja. En lo referente a esta última, Özdemir ha dicho que el esfuerzo de Merkel con su crítica a ”la carne barata” que es la base de la muy extendida comida basura no resultó operativo, por lo que habrá que tomar ahora medidas expeditivas ya que el hecho de que no se hayan establecido “precios justos” lleva “a las granjas a la ruina, impide el bienestar animal, promueve la extinción de especies y contamina el clima”.

Es de dominio público que las grandes explotaciones de ganadería intensiva contaminan gravemente el medio ambiente, sobre todo a causa de los purines nitrogenados de los animales; de unos seres vivos que permanecen hacinados en condiciones que hieren la sensibilidad de cualquiera, y no solo de los activistas animalistas. Por añadidura, estas factorías están completamente automatizadas, por lo que no favorecen el empleo en las zonas rurales en que se implantan. Esparcen basura, deterioran los suelos y contaminan los ríos, y son insensibles al desempleo.

En cuanto a la agricultura, el empleo de semillas tratadas y de abonos sintéticos ha exterminado gran parte de la fauna silvestre en nuestros campos —la perdiz roja es hoy una rareza del paisaje español—; además, el modelo ha hecho desaparecer los cultivos autóctonos, la agricultura artesana y ecológica, y tampoco favorece el empleo. La contaminación creada por los nuevos fertilizantes unida a la sobreexplotación y al agotamiento de los acuíferos está en el origen del colapso del Mar Menor, un verdadero modelo de corrupción ambiental.

Todo esto no es ningún secreto, y prueba de ello es que las la macrogranjas han comenzado a ser repudiadas por la opinión pública, hasta el punto que algunas comunidades han decretado una moratoria que impide nuevas implantaciones. Castilla-La Mancha es una de ellas, pese a que su presidente, Page, ha sido de los más duros críticos del ministro Garzón, víctima por cierto de una ‘fake’ que tergiversó sus declaraciones sobre el particular.

En Alemania, la crítica de los “precios basura” ha provocado ya la reacción de las grandes cadenas de supermercados, que practican una destructiva guerra de precios que expulsa del mercado a quienes no han conseguido grados inauditos de automatización, tecnificación y deshumanización (una de las cadenas, Edeka, basa su marketing en los precios, en ofrecer “el más bajo”). Pero aunque como es lógico los grandes empresarios buscan el máximo beneficio, algunas de las cadenas, como Aldi, aunque ha defendido sus estrategias, se han comprometido a eliminar en 2025 la oferta de productos de granjas de animales criados en interior (la ganadería intensiva).

Estas empresas han advertido sin embargo de que la aplicación de criterios ambientales a esos mercados elevará los precios. Esta es una realidad incontestable, que no debería paliarse renunciado a la reforma sino procurando un cambio de hábitos alimenticios de las personas y aplicando políticas sociales que mejoren la situación del estrato inferior en renta y empleo. Se matarían así dos pájaros de un tiro: se corregirían los malos hábitos alimentarios de las sociedades opulentas y se humanizaría lo rural mediante sistemas más racionales y saludables de cultivo y engorde.

En nuestro país, se publicaba en el BOE este mes de diciembre la reforma de la Ley de medidas para mejorar el funcionamiento de la cadena alimentaria, que traspone la directiva comunitaria 633/2019 relativa a las prácticas comerciales desleales en la cadena alimentaria. Se documentará toda la cadena, se vigilará todo el proceso, se impedirá que los productores hayan de vender a precios inferiores al de coste y se prohíbe la venta desleal a los consumidores, que se considerará como “venta a pérdidas”, de tal forma que la distribución no podrá ofrecer al público productos alimenticios a un precio inferior al precio pagado por su adquisición. Se colma así una petición antigua del mundo agrario y se avanza en la dirección correcta.

Estamos, pese a todo, al comienzo de un arduo proceso de transparencia y defensa de la competencia que requiere el establecimiento de normas claras y un control que garantice su aplicación. La economía agropecuaria está muy vinculada al mundo rural y a la calidad de vida de todos; conviene que la tratemos con la debida sensibilidad y sin parar un momento porque el tiempo apremia.

El dumping social deforma el mercado

En el ámbito de la globalización, el mercado abierto y libre tiene otro enemigo: el dumping social, facilitado por las deslocalizaciones, que se producen para aprovechar las carencias asistenciales del Tercer Mundo. Por supuesto, estos fenómenos son universales y no se centran en el sector agropecuario. El que se traiga aquí el problema se debe a que el criterio del máximo beneficio que rige en la ganadería intensiva, se aplica a manufacturas intensivas en mano de obra, como son por ejemplo el sector textil, el del calzado, el de los plásticos, etc. Con la diferencia de que en estas industrias los explotados no son animales sino seres humanos.

Cuando compañías de estos sectores consiguen unas plusvalías del capital exorbitantes, que se traducen en beneficios disparados, es que se han valido de mano de obra barata –explotada y sin seguridad social- para conseguir sus productos a precio muy bajo, y por tanto logran unos márgenes simplemente indecentes.

No se trata de invocar principios colectivistas para exhibir esta vergonzante práctica, que asienta inmensas fortunas sobre las cenizas de trabajadores humillados y exhaustos. Las manufacturas de la India y Bagladesh, que se caracterizan por muchedumbres hacinadas en naves inseguras para fabricar productos que se han diseñado y que serán vendidos en Occidente son el testimonio cruel de un dumping social que vulnera los derechos humanos y debería ser objeto de persecución por las instituciones dela Comunidad Internacional y por los países punteros que manejan la opinión pública global.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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