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Robots e impuestos: muchas dudas para un futuro muy, muy lejano (o no)

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Robots e impuestos: muchas dudas para un futuro muy, muy lejano (o no) 1

No son pocos los que, viendo el ritmo al que avanza la robótica y la enorme cantidad de puestos de trabajo que se va a llevar por delante, auguran que para mantener –o una osadía: incluso mejorar– el actual nivel de vida de un mundo cada vez más poblado va a ser necesaria la implantación de una renta básica universal. Algunos gurúes como Elon Musk, fundador de, entre otras empresas, Tesla y SolarCity, o Stephen Hawking, astrofísico y divulgador científico, han firmado una carta en la que advierten de los efectos de la ‘revolución 4.0’. Ciertas previsiones apuntan que en dos décadas el 47 % de las profesiones se verán afectadas por la automatización. ¿Dejarán los gobiernos en la estacada a tanta gente o estamos siendo demasiado apocalípticos?

Amazon ha sido una de las empresas pioneras en la incorporación de la última tecnología en sus servicios. Además de realizar repartos con drones, el gigante de las ventas online tiene en sus almacenes unos robots circulares de unos 40 cm de alto y de 145 kg, capaces de deslizarse por debajo de las estanterías y cargar con ellas, siempre que no pesen más de 315 kg. La firma de Jeff Bezos, que recientemente ha lanzado el concepto Amazon Go, la primera tienda física que funciona sin cajas para pagar, incrementó su ejército de robots en un 50 %, tal y como recuerda en este artículo el especialista en tecnología, Enrique Dans. “En diciembre de 2014, la compañía tenía 15.000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30.000 en diciembre de 2015 y 45.000 en 20 almacenes en diciembre de 2016”, explica.

La lógica nos hace pensar que una empresa tan empeñada en innovar y en incorporar robots en sus filas acabará por desechar a sus empleados de carne y hueso. Pero no es así. La compañía anunció su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología e incrementar así su plantilla desde los 180.000 a los 280.000 trabajadores en Estados Unidos. En 2011, ‘solo’ daba empleo a 30.000 personas. Algo similar ocurre con los nuevos servicios de transporte de viajeros. En San Francisco, muchos taxistas perdieron sus puestos de trabajo; sin embargo, empresas emergentes como Uber o Lyft se convertían en las mayores generadoras de empleo de la zona (hablar de la calidad y las condiciones de estos trabajos daría para otro artículo).

[pullquote]En seis años, Amazon ha pasado de 30.000 empleados a 280.000[/pullquote]

Jeremy Rifkin, conocido por investigar el impacto de los cambios científicos y tecnológicos en la economía, apunta a que la paradoja de que una empresa como Amazon, inmersa en un proceso de robotización, sea capaz de generar tantos puestos de trabajo se debe a que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo, sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. “Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos”, argumenta Enrique Dans en su página web.

Sin embargo, a la larga, la llegada de los robots parece que supondrá una pérdida masiva de empleo, de modo que habrá que obtener recursos para pagar un salario digno a aquellas personas que el sistema ha dejado atrás. Una propuesta que quizá serviría para financiar esa renta básica la ha puesto sobre la mesa el cofundador de Microsoft, Bill Gates. El empresario comentó en una entrevista con Quartz que la solución es que los robots que harán el trabajo en el futuro paguen impuestos. Esto no significa que un robot vaya a recibir una nómina a final de mes, con sus justas retribuciones a la Seguridad Social, no. Lo que Gates y otros tantos defienden (entre ellos, el candidato a la presidencia de Francia, Benoît Hamon) es que las empresas paguen en impuestos lo que gastarían en empleados, de modo que el gobierno de turno pueda recaudar una cantidad de dinero suficiente como para prestar una renta universal.

Pero este tema es mucho más complejo y requiere de un profundo análisis. Imponer un gravamen a los robots –o a las empresas– carece de precedentes a lo largo de las sucesivas revoluciones industriales que se han producido, a pesar de haber dejado sin trabajo a grandes cantidades de obreros. “La adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado”, señala en este otro artículo Enrique Dans.

[pullquote]En ninguna revolución precedente se ha impuesto un gravamen a los robots[/pullquote]

Supongamos que, como todo en esta vida, también hay una primera vez para gravar a las empresas por su progresiva robotización. El siguiente problema que nos viene a la cabeza, teniendo en cuenta que la compañía pagase por un robot lo que le costaría tener en nómina a un trabajador, es que ese patrón de ‘horas – hombre’ comienza a sufrir desviaciones en el momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. ¿Se incrementa entonces el impuesto progresivamente en función de lo bueno que sea el robot?

Dans considera que el planteamiento de Bill Gates es un mecanismo para reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Es decir, es un desincentivo a la adopción de tecnología que permitiría, por ejemplo “invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas”, como el cuidado de las personas mayores. El nuevo problema que nos encontramos aquí es que un país podrá gravar a los robots, pero como la legislación no será universal, cada nación tendrá libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que dará lugar a la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos.

Entonces, ¿’no’ al impuesto?

El experto en tecnología, prudente, apunta que imponer un gravamen a los robots tendrá muchas consecuencias, por lo que es –o será– una decisión que no puede tomarse sin una profunda reflexión previa. Sin embargo, hay quien no vacila a la hora de decir que la propuesta de Gates es nefasta. Matthew Lynn, director ejecutivo de Strategy Economics y columnista de elEconomista, señala en dicho diario que esto solo perjudicará a la economía. Y se explica del siguiente modo: “Primero, no hay nada que sugiera que los robots destruirán empleo, sino que cambiarán únicamente el tipo de trabajo que hacemos (…) Cuando se grava algo se reduce su cantidad. De ahí los elevados impuestos al tabaco o a los coches de gran consumo: se trata de que la gente deje de fumar o conduzca vehículos más eficientes. Si gravamos a los robots, las empresas dejarán de usarlos tan a menudo (…) Se conservarán más tiempo algunos puestos poco remunerados, pero también se retrasará el crecimiento de la productividad y a medio plazo todos seremos más pobres”.

El exministro de Finanzas griego, Yannis Varoufakis, va un paso más allá en un artículo escrito para Project Syndicate y pide no un impuesto, sino socializar parte de las empresas para que los beneficios recaigan directamente sobre todas las clases sociales, no solo hacia el bolsillo del propietario de los medios de producción. El economista sugiere que el gobierno de turno del futuro acuda a las ofertas pública de venta (OPV, una operación mediante la cual una empresa pone a la venta algún activo financiero) y se convierta en parte del accionariado de dichas corporaciones para, de este modo, obtener dividendos y distribuirlos uniformemente a todos los ciudadanos. “En la medida en que la automatización mejore la productividad y la rentabilidad empresarial, toda la sociedad comenzará a compartir los beneficios”, argumenta el catedrático.

[pullquote]Varoufakis sugiere socializar parte de las empresas para repartir sus beneficios[/pullquote]

Una cosa sí que parece clara: nadie se opone a la implantación de los robots en los procesos productivos. El economista Eduardo Garzón explica en su blog que hay muchos datos que refutan la idea de que la robotización y la mecanización destruyen puestos de trabajo. Garzón señala que los países que más densidad robótica industrial tienen (número de robots industriales en relación al número de trabajadores industriales) son precisamente los que menos paro sufren. “Corea del Sur, Japón y Alemania son los países con más robots y al mismo tiempo los que disfrutan de tasas de desempleo más reducidas, inferiores al 5 % de la población activa. También podemos observar cómo no parece existir ninguna relación clara entre paro y robotización, pues países con similares niveles de robotización presentan tasas de paro muy dispares. [Además] desde el año 2000 hasta el año 2008, Corea del Sur, China y Brasil multiplicaron varias veces el número de robots utilizados en sus economías y el empleo creación en todos ellos con bastante fuerza”, apunta Garzón.

Los avances tecnológicos destruyen y crean empleo, eso lo hemos aprendido a lo largo de la historia. Pero, ¿será esta la revolución industrial que más nos facilite la vida a todos o, por el contrario, será la que más ahonde la brecha entre las distintas clases sociales y entre países más o menos desarrollados? ¿Estaremos preparados para afrontar ese futuro? ¿Deberá cambiar ‘algo’ en el sistema educativo para amoldarnos a un porvenir más digital que nunca, sin dejar de lado las Humanidades (para que el humano del mañana no se conviertan en un robot más)? Son muchas preguntas y el redactor que escribe esto no ha sido programado con un algoritmo para pronosticar el futuro.

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