Economía

REFORMAS, REFORMAS Y REFORMAS

0
REFORMAS, REFORMAS Y REFORMAS 1

Igual que  la foto de un niño simbolizó a la perfección el comienzo de la Transición, que se hizo posible gracias a la masiva manifestación popular pidiendo libertad, la sociedad española demanda hoy cambio, es decir, reformas para hacer viable el crecimiento y el empleo, la innovación. El anhelo actual se resume en este titular: reformas, reformas y reformas.

Es la exigencia de la UE y la urgente necesidad para salir con decisión de la crisis. España necesita un plan ambicioso y profundo de reformas para convertirse en una gran potencia económica europea. Lo fue hace siglos y dejo de serlo por su proverbial incapacidad para adaptarse al cambio.

La impresionante armada que Felipe II mandó contra la reina Isabel de Inglaterra, la hija de Ana Bolena y Enrique VIII, que acababa de restablecer la iglesia protestante independiente de Roma, era todo menos invencible, fue derrotada por los elementos y es, tal vez, el inicio del pesimismo español. No respondía al modelo de guerra que exigía la batalla, no era versátil, ni ágil, ni moderna. Nadie pensó en lo que se necesitaba para la ocasión. La decadencia de España se prolongó durante siglos hasta llegar al pesimismo del 98 para culminar en la cainita guerra civil y en la dura postguerra.

Finalmente, un cambio que se convirtió en ejemplo para el mundo, sacó al país de la postración y el retraso, la Transición significaba el gran paso para conquistar el futuro. Los Pactos de la Moncloa permitieron al país salir de una dificilísima situación. La crisis petrolífera mundial de 1973 fue devastadora en todo el mundo occidental y terrible para España, que importaba el 66% de la energía. Los últimos Gobiernos de Franco nada hicieron para solucionar el problema, confiados en una absurda entelequia, la pretendida tradicional amistad entre España y los países árabes. Para fraternidades estaba la OPEP: el barril de petróleo pasó en 12 meses de 1,63 a 14 dólares. Para los españoles: el litro de gasolina subió de 7,8 céntimos de euro (12,98 pesetas) a 20,4 céntimos de euro (33,94 pesetas) de 1973 a 1977. No muy distinta fue la evolución del gasoil.

El paro alcanzó en 1977 el 5,7%, y subió hasta el 7,6 al año siguiente. Se superó por primera vez en la historia el listón del millón de parados. Una cifra que hoy se consideraría ridículas, pero preocupantes entonces, sobre todo porque la progresión era espectacular. La deuda exterior acumula 14.000 millones de dólares entre 1973 y 1977, un importe que superaba el triple de las reservas de oro y divisas del Banco de España y la inflación se movía en niveles inimaginables: del 20% de 1976 se pasó a mediados de 1977 al 44%. Para un mejor entendimiento del dato, el promedio de los países de la OCDE estaba en el 10%. Era habitual que los bancos aplicaran un interés cercano a ese 20% a los préstamos a particulares para adquirir un coche o una casa.

Además de garantizar una cierta paz social, los Pactos de la Moncloa supusieron, en realidad, todo un plan económico de muy largo alcance: reforma fiscal, control de gasto público, política de urbanismo, suelo y vivienda… reforma de la seguridad social y del sistema financiero, política energética.

Solo unos años después, el gobierno de Felipe González aprobaría el llamado Decreto Boyer, sobre medidas de política económica, por la necesidad –se argumentaba entonces- de adoptar más medidas “en el sentido de potenciar la demanda interna, por cuanto la desaceleración de la economía internacional está siendo más profunda de lo esperado”. Parece que nos suena algo. En aquel momento, el decreto venía a liberalizar sectores enteros de la actividad económica, que permitirían aprovechar cuanto antes sus efectos sobre la capacidad inversora, la actividad empresarial y la generación de empleo.

Pues bien, la situación actual, como ocurriera en los comienzos de la Transición o en la década siguiente, antes de que nuestro país entrara en Europa, lo que necesita España es un programa de reformas que se pueden resumir en 5 fundamentales: 1) el pacto educativo, 2) el plan fiscal que impulse el mercado laboral y la creación de empleo, 3) la siempre pendiente reforma de la Administración, 4) el gran consenso por la unidad nacional y 5) el impulso de la cultura y la agenda digital.

Sin duda, hay otros campos de actividad que precisan programas de reformas, pero estos cinco grandes bloques permitirían que nuestro país alcanzara unos altos nivel de competitividad que relanzarían la creación de empleo y, al mismo tiempo, harían desaparecer el agujero fiscal que nos obliga a un endeudamiento permanente para garantizar el estado de bienestar.

La Estrategia Europa 2020, adoptada en el Consejo Europeo de junio de 2010, aportó un marco de referencia para la coordinación de las políticas económicas y de empleo de los Estados miembros de la UE. Fijó un ciclo que se extiendía hasta el año 2020, a partir de dos instrumentos básicos: los Programas Nacionales de Reformas y las Directrices Integradas 2020, referencia para diseñar los Programas nacionales de reformas.

España ya ha presentado en Bruselas el avance de Programa Nacional de Reformas, de acuerdo con una Estrategia que gira en torno a la consecución de cinco objetivos comunes que han de orientar la actuación de los Estados miembros y de la Unión en relación con el fomento del empleo, la mejora de las condiciones para la I+D+i, el cumplimiento de los objetivos de lucha contra el cambio climático y el uso eficiente de la energía, la mejora de los niveles educativos y el fomento de la integración social avanzando en la reducción de la pobreza.

En la zona euro, a falta de un presupuesto centralizado, las economías nacionales expuestas a shocks asimétricos, están obligadas, entre otras medidas, a mejorar la calidad del marco institucional que determina la fijación y actualización de precios y rentas, con el fin de que los ajustes se produzcan vía precios más que vía cantidades. Es decir, la integración en la eurozona exige una mayor flexibilidad, por ejemplo, en el marco institucional del mercado de trabajo o en el funcionamiento de los mercados de bienes y servicios.

Pero la realidad es la realidad, dura y tenaz, la deuda de las administraciones públicas sigue su escalada y según los datos del primer trimestre y teniendo en cuenta el ritmo actual de crecimiento del PIB, en el primer cuarto del año superó, por primera vez desde 1909, el 100% del PIB. Es decir, que el Estado debe ya más dinero que la riqueza que genera, ya que, pese a que la economía sigue creciendo, lo hace a menor ritmo que los compromisos de pago. ¿Cómo solucionar este dilema? Solo hay una respuesta, con reformas.

Superar el 100% del PIB no es un hecho exclusivo de España, ya que otros países europeos como Italia (con cerca del 130% de deuda sobre el PIB) hace tiempo que se mueven por encima de esa barrera. Sin embargo, para España es una rareza que no se vivía en más de un siglo.

Una de las dificultades principales para combatir eficazmente la crisis actual en la zona euro y completar los elementos necesarios para su estabilidad ha sido la creencia, muy difundida en Alemania, de que la principal culpabilidad viene del poco rigor presupuestario y de la baja productividad de los trabajadores de países mediterráneos. Con ello han quedado en la sombra las causas fundamentales de las crisis, como el seguidismo del Banco Central Europeo respecto a la Reserva Federal estadounidense, manteniendo tipos de interés muy bajos que generaron las burbujas inmobiliarias, y la facilidad con que los bancos privados -españoles, alemanes, franceses y otros- financiaron el auge inmobiliario en toda la Eurozona.

Los Gobiernos alemanes no han sabido explicar a sus conciudadanos el excelente negocio que hicieron con la creación del euro, que ha hecho que sus exportaciones crecieran de un 24% del PIB en 1995 a un 46% en 2010, mientras se han mantenido prácticamente en un mismo nivel del 26% las de Francia, Italia y España. Por ello, cuando resulta necesario -por mero sentido común- reforzar el Fondo de Estabilidad, ha habido que vestir la actuación con lecciones y castigos.

Durante la Transición se puso de manifiesto la existencia en España de amplios sectores de la población que se sentían identificados con las ideas de moderación y modernidad que fueron las coordenadas que rigieron la acción de gobierno de Adolfo Suárez. Son esos sectores, que componen lo que se ha llamado en otras ocasiones centro sociológico y que pertenecen a las más variadas capas de la población, los que dieron el triunfo por dos veces en las elecciones generales al proyecto político de centro que gobernó en los primeros años de la democracia.

Si de verdad se quiere obviar la radicalización y garantizar la moderación hay que evitar cualquier dinámica de bipolarización, ya sea la que derivaría de un falso esquema bipartidista o la de pretender alinearnos a todas las opciones en dos bloques, como si necesariamente debiéramos situarnos en uno u otro lado del campo y los españoles tuviéramos que estar políticamente unos en contra de otros, sin que pudiéramos ser simplemente diferentes, como se deriva del reconocimiento real del valor del pluralismo político que establece nuestra Constitución.

Iberia Navidad

¿Optimismo o pesimismo?

Entrada anterior

Atresmedia: una televisión con límites

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Economía