Economía

¿Se puede evitar que el euro se rompa?

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El euro

El futuro no está escrito y la realidad es que, por duro que suene, se puede romper la Unión Europea y acabar con el euro. Asistimos desde hace tiempo o lo que no podíamos ni imaginar: el Brexit, la dimisión de Theresa May, la primera ministra británica que después de meses en estado agónico no consigue transmitir alguna brizna de credibilidad y confianza.

Pero no es solo el caso británico, así, en las elecciones europeas, el auge galopante de nacionalistas y populistas en todos los rincones de Europa, abre un escenario inestable que podría dar al traste con el estado de bienestar que hemos conocido y que disfrutamos; aunque, a la vez, sea tan criticado por aquellos que no estarían dispuestos a hacer nada por mejorarlo, afirmando -aunque sin argumentos- que resulta escaso.

Desde su nacimiento, hace ahora 20 años, la moneda europea solo atrajo enemigos en las grandes potencias. Pensando que la geopolítica siempre ha sido eso, la pugna por el poder y la hegemonía, no debería extrañarnos que se viera con buenos ojos el surgimiento de una Europa fuerte y competitiva, sustentada en una gran población de renta media alta, formación, cultura y conocimientos por encima de la media mundial, lo que convierte a la vieja Europa en una potencia envidiable.

La pugna encarnizada en materia comercial entre las dos grandes potencias, China y Estados Unidos, se juega en terreno europeo, sin que sus dirigentes hayan sabido preservar la seguridad de la unión y jugar sus bazas estratégicas -como auténticos estadistas- con la sabiduría  suficiente, en justo equilibrio de prudencia y audacia. Ya no se trata solo de la alarmante proliferación de partidos xenófobos, ultraderechistas, nacionalistas y nostálgicos de la dictadura. Ahora, el ‘match ball’ se juega en el Viejo Continente, que se sitúa al borde del precipicio. Algún paso mas supondrá dinamitar las instituciones y hacer que todo vuele por los aires, incluida la moneda común.

La crisis económica causó un grave daño, tal vez irreparable, al limitar el empleo y el crecimiento de los salarios, mientras el coste de la vida mantiene su tendencia alcista sin control y sin remedio. Pero no hay solo una consecuencia negativa en lo económico. Lo más grave es el olvido y hasta el desdén de los valores, la ausencia de perspectiva. La consiguiente pérdida de peso de la clase media o, al menos, el hecho de que se haya instalado en un clima de incertidumbre, que ahora provoca irremediablemente una tensión en la que la carencia de información y análisis riguroso acaba imponiendo la ley del más fuerte o, mejor dicho, del que mejor sabe engañar. Esta nueva sociedad superficial e infantil, incapaz de aislar o despreciar las ‘fakes news’, se convierte en presa fácil de los manipuladores de intereses ocultos que buscan dinamitar todo un modelo de sociedad.

El euro no está en peligro si los países miembros son capaces de articular políticas que transmitan seguridad para que los ciudadanos recuperen confianza y vuelvan a alcanzar un gran objetivo de identidad compartida. Algo que podríamos resumir en la frase: los ciudadanos esperan vivir mejor hoy que en el futuro. Esta afirmación no resistiría el resultado de una encuesta que se llevara a cabo entre los ciudadanos europeos. Es fácil imaginar el resultado negativo al respecto.

Para que la moneda europea mantenga su pujanza y competencia es necesario clarificar el estado de las instituciones financieras, que las empresas encuentren el marco y la seguridad jurídica para abordar los proyectos más innovadores y, sobre todo, que la educación de los jóvenes alcance los niveles de calidad que se demanda en la economía global.

El Banco Central Europeo debe mantener los estímulos para que la financiación llegue a los planes más innovadores y, de esta forma, abordar la prestación de los servicios más avanzados y seguros que ya hoy se conocen para el diseño de las nuevas ciudades inteligentes, para la extensión de un modelo de transporte basado en la descarbonización, sin contaminación. Es decir, traer el futuro a nuestro presente y empezar a trabajar para garantizar un modo de vida que atraiga el optimismo de las nuevas generaciones de europeos. De esta forma, se podrá evitar la ausencia de natalidad y recuperar la confianza.

Pero no solo esto, los gobiernos de los países miembros de la Unión Europea deben trabajar para evitar crear problemas donde no existían. Es el caso del Brexit. Hay que trabajar con acuerdos de las principales fuerzas políticas para alcanzar consensos que permitan un liderazgo moderno e innovador. Esa incapacidad para la concordia que hoy se palpa es un mal que nos acerca al precipicio.

Los líderes de la Unión deben tener claro que el principal objetivo es impedir los déficits fiscales, deben fomentar presupuestos destinados a incentivar el esfuerzo y el valor del trabajo. Aunque solo sea un ejemplo, no exento de importancia, por ejemplo, que las televisiones públicas dediquen más atención a lo que hacen investigadores, innovadores y catedráticos y menos a los cantantes o artistas de la noche y la farándula que, con todos los respetos, representan de inmediato la sociedad infantil que hoy vemos por doquier y no la que se esfuerza por mejorar.

El euro puede estar tocado, pero si los europeos lo quieren, será fuerte.

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