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Las sombras de Aaron Hernández: auge y caída del joven mito de la NFL

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Aaron Hernández

Aaron Hernández fue uno de los jugadores más prometedores de la NFL, la mayor liga de fútbol profesional de Estados Unidos. Con 23 años ya había firmado un contrato multimillonario con los New England Patriots, pero su luz se apagó a los 27 años. Se suicidó en la cárcel, condenado a cadena perpetua por un homicidio y exonerado de otros dos asesinatos. El documental de Netflix, Killer Inside: The Mind of Aaron Hernández, repasa el permanente descenso a los infiernos de esta joven estrella y vuelve a poner de actualidad uno de los casos más mediáticos y trágicos del deporte estadounidense.

Con mujer, hija y una impresionante mansión, era un ejemplo de éxito para la comunidad latina. “Intento ser un modelo a seguir. Cuando veo que la comunidad hispánica me admira, trato de guiarlos en la dirección correcta”, dijo en una entrevista. De Aaron para fuera todo eran flashes, aplausos, adulaciones y fiestas; de Hernández para adentro, oscuridad, una infancia complicada y una sexualidad reprimida. El padre, maltratador, tenía un ideal caduco de lo que un hombre debía ser. Además, se movía en un entorno, el deporte de élite, donde la homosexualidad sigue siendo tabú.

En 2015, Michael Sam fue el primer jugador homosexual elegido en el draft de la NFL. Por aquel entonces, comentó que varios jugadores le llamaron para conocer su experiencia en la liga dada su condición sexual. En la NFL, como en tantos otros deportes, salir del armario, debido a las múltiples coerciones indirectas, es una sorpresa. Wade Davis, exjugador de fútbol americano, declaró su homosexualidad tras colgar las botas y contó que llegó a gastarse 1.500 dólares en un club de striptease para no crear dudas entre sus compañeros. “Tu mayor miedo es perder la camaradería y la familia”, dijo.

Los crímenes en los que se vio envuelto Aaron Hernández

El 26 de junio de 2013 Hernández apareció en televisión por un motivo ajeno al deporte. La policía se llevaba a la joven estrella de los Patriots detenida. El ‘niño bonito’ del equipo –era el más querido por el duelo, Robert Kraft– estaba implicado en el asesinato de Odin Lloyd, un jugador semiprofesional de 27 años, novio de la cuñada de Hernández y amigo del tight end.

Hernández sostuvo su inocencia en todo momento a pesar de que las pruebas apuntaban en su contra. En 2015, fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Llyod. Más tarde, a consecuencia de las investigaciones sobre este caso, la policía descubrió la implicación de Hernández en otras dos muertes, las de dos caboverdianos tiroteados a la salida de una discoteca. Sin embargo, según se narra en el documental, gracias al papelón del abogado, el jugador salió declarado no culpable de aquellos crímenes, aunque permanecería en la cárcel por el de Lloyd. Durante las sesiones del juicio se veía a un Aaron Hernández tranquilo, como si las acusaciones no fuesen contra él, y solo: únicamente contaba con el apoyo de su mujer.

Cinco días después de haber sido exonerado en el juicio, Hernández se suicidó en su celda. La historia, desde entonces, ha sido triturada en libros, programas de televisión y documentales. En todos se busca una explicación. ¿Por qué alguien que, aparentemente, lo tiene todo, cae en el mundo de las drogas y el crimen? Se habla de su infancia, de los problemas con su padre y también del varapalo familiar que supuso el fallecimiento de este cuando Hernández tenía 17 años. El joven jugador, a punto de ser reclutado por la Universidad de Florida, se alejó todo lo que pudo de su hogar cuando su madre, Terri, recompuso su vida con el que había sido el novio de la prima de Aaron.

La ETC, una enfermedad común entre los jugadores de la NFL

Cerebro con y sin ETC

Dos cerebros: uno normal (i) y otro con ETC (d)

¿Estaría la respuesta en su cabeza? Tras la autopsia del cerebro, un grupo de investigadores de la Universidad de Boston reveló que el jugador padecía una Encefalopatía Traumática Crónica (ETC), una enfermedad cada vez más común entre quienes se dedican profesionalmente a este deporte, pues está relacionada con los golpes en la cabeza. En español también se conoce a esta dolencia como demencia del púgil, porque comenzó a estudiarse como una consecuencia del boxeo.

Ann McKee, directora del centro de investigaciones, aseguró que nunca había visto semejantes daños en un cerebro de una persona de su edad. Era más propio en alguien de 46 años.

Un estudio publicado en el Journal of American Medical Association, recogido por El País, encontró lesiones cerebrales en 110 de 111 cerebros donados por exjugadores de la NFL. “Aunque las conclusiones no se pueden extrapolar a todos los que practican el deporte más popular de Estados Unidos, se trata de la mayor muestra estudiada hasta la fecha”, señala el diario, que, además, recalca que los cerebros estudiados son de gente que los donó a la ciencia “porque sospechaba que le pasaba algo, lo que hace que la muestra esté desviada”.

¿Es responsable la ETC en su carácter violento? Mckee señala que no pueden “justificar su comportamiento con la patología, pero lo que sí podemos decir es que los individuos con esta enfermedad tienen dificultades para controlar los impulsos y tomar decisiones, además de ataques de ira y volatilidad emocional”.

La NFL ha intentado esquivar el debate sobre la ETC hasta 2016, cuando un alto ejecutivo de la organización admitió la relación entre este deporte y la enfermedad cerebral. Un año antes, la liga llegó a un acuerdo en una demanda colectiva de miles de exjugadores por la que se comprometía a pagar cinco millones de dólares a cada jugador retirado con secuelas neurológicas graves. El caso de Hernández sigue despertando mucho interés, principalmente en EE. UU., como se ha visto tras el estreno del documental. El fútbol americano mueve miles de millones de dólares, por lo que cualquier escándalo es tratado por los responsables de este espectáculo con algodones y bisturí. Quizá nunca sepamos qué empujó a Aaron a llevar semejante vida, por lo que su caso siempre será una sombra espesa en la NFL.

Sergio García M.

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