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El eterno viaje al centro

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Gran coalición. Nuevas elecciones. Pedro Sánchez y Pablo Casado

El centro es el espacio político deseado por todos los partidos y en el que se ganan las elecciones, pero, al mismo tiempo, es el más inseguro y volátil. Los partidos de centro han ganado elecciones y han sufrido severos descalabros.

Otros partidos han virado al centro para captar la bolsa de votos más grande de nuestro país, que sociológicamente prefiere la moderación a la radicalidad. Fue el caso de Felipe González cuando dijo a sus compañeros aquello de “hay que ser socialistas, antes que marxistas”. Una definición que le permitió ganar abrumadoramente en el 82 y gobernar con 3 mayorías absolutas consecutivas. Aquella etapa fue la mejor de un partido socialdemócrata que, como decía Javier Arenas, también con gracejo andaluz, afirmaba eso de “son los que mejor entienden al pueblo”. El PP de José María Aznar emprendió un eterno viaje al centro y se mantuvo 8 años en La Moncloa, un período solo interrumpido por una pésima gestión del atentado del 11-M de 2004.

Un gran líder que ganó varias elecciones me confesó en cierta ocasión que el análisis de los resultados electorales no se debe hacer en caliente, en la misma noche de la consulta. Es una ocasión en la que todos dicen que han ganado, menos los que, al sufrir un evidente descalabro, reconocen que se han hundido.

¿Estamos igual o peor?

Tal vez no ha pasado demasiado tiempo, pero la realidad es que nos hemos quedado igual de mal que estábamos o seguramente peor. Ya casi no tenemos un partido de centro, Ciudadanos, que se presentó reivindicando a Adolfo Suárez y defendiendo con valentía la unidad de España en Cataluña. En efecto, Ciudadanos experimentó una constante fuerza emergente durante los últimos 4 años, pero el pasado domingo se derrumbó.

Aunque Aznar decidió a dedo quién debía sucederle en el PP, años después renegó de las políticas de Rajoy, que además de aguantar contra viento y manera las consecuencias de la peor crisis económica que ha padecido nuestro país, consiguió evitar el rescate de Europa, lo que habría tenido unos efectos devastadores.

Este hombre al que se definía como falto de carisma por quien se situaba y se sitúa más a la derecha y, al mismo tiempo, se consideraba culpable de las políticas de ajuste fiscal con la frase “los recortes del señor Rajoy” como se utilizaba desde posiciones de izquierda, ha practicado políticas económicas propias de la socialdemocracia, mientras sus adversarios tildaban a su acción como el gobierno de la crueldad. Hombre, de la crueldad, esto sí que es una fake news, cuando la realidad es que ocupó el centro, la moderación y el equilibrio para garantizar el Estado de bienestar. También se le acusaba de falta de acción y de diálogo en Cataluña, pero aplicó el 155 buscando y hasta encontrando el acuerdo con otros partidos para inmediatamente convocar elecciones autonómicas. Lo que no hizo fue intervenir con el ejército. Tal vez, lo que habría facilitado la crítica de sus detractores.

Por tanto, el centro es la clave en política. Es el mejor entorno para captar votos, pero es un espacio inseguro, difícil y hasta volátil, evanescente. Cuando te quieres dar cuenta, ya no existe, ha desaparecido. Especialmente, cuando quien pretende ocuparlo no es realmente alguien que merece de verdad ese casto nombre.

Albert Rivera ha tenido que dimitir por esto precisamente, porque ocupó el centro, pero lo abandonó. Se hizo de derechas para desplazar al PP del liderazgo de la derecha. Se equivocó, no logró el sorpasso, aunque es verdad que estuvo cerca.

Es algo parecido, pero no tan grave como lo que ocurrió en abril con Pablo Casado. Se derechizó en la campaña de las elecciones de abril por el miedo a la llegada fulgurante de un partido a su derecha. Se radicalizó y abandonó el centro, lo que acabó provocando su hundimiento con el peor resultado de la historia de su partido. Pasadas las elecciones captó el mensaje y se centró, motivo por el que ahora se ha recuperado.

Pero no son los únicos casos. Hasta un líder radical como Pablo Iglesias ha cosechado su mejor aceptación cuando ha demostrado en los debates una cierta capacidad de moderación. No es el caso de Pedro Sánchez, empeñado en construir su marca personal en su ya famoso “no es no” a las ofertas de coalición de Rajoy. Consiguió llegar a La Moncloa a través de una moción de censura para lo que contó con el apoyo de independentistas, el famoso gobierno Frankenstein, como lo calificó Rubalcaba.

El centro, el gran valor de la política

El centro es el gran valor de la política española desde 1977, un espacio desde el que se ha conseguido crear la más larga etapa democrática de estabilidad y progreso de nuestro país, pero supone un escenario al que subirse sabiendo interpretar los deseos de los españoles, un arte que no admite juegos ni doblez. Si hay engaño, se paga y se paga con dureza. Acabamos de verlo y, con toda seguridad, volveremos a verlo.

Tras estas elecciones de noviembre, todo el mundo se pregunta por la fórmula para encontrar el desbloqueo. Muy fácil, el centro es la clave. Que todos los que quieran enlazar con la sociedad y hacerse entender, lo único que tienen que hacer es centrarse. Es un valor seguro, pero inestable si no es auténtico.

 

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