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La ambición en política y la importancia del paso del tiempo

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Churchill, política y ambición
Churchill.

Margaret MacMillan, historiadora y catedrática de la Universidad de Oxford, escribe en su último libro, Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo, que “la persona que triunfe debe tener, para empezar, ambición, e incluso una ambición implacable”. La canadiense examina el liderazgo a través de una selección personal de varias figuras del pasado, tanto hombres como mujeres, que fueron relevantes en el sino de sus naciones en mayor o menor grado. Pero solamente la ambición no sirve para crear líderes que triunfen. Persistencia, mentalidad dialogante, saber hacer una lectura de la realidad a largo plazo, sentido de la oportunidad y, por qué no, buena suerte: estas son algunas cualidades que deben acompañar a una ambición que, por sí misma, es una pértiga de cartón.

En 1930, la carrera de Winston Churchill parecía acabada. El primer ministro británico, hoy considerado uno de los mayores estadistas de la historia, tuvo que persistir y aguantar varios reveses que sufrió a lo largo de su dilatada carrera. En 1915 tuvo que dimitir de su cargo como primer lord del Almirantazgo a consecuencia del fracaso de las ofensivas aliadas en Galípoli. Churchill volvió al gobierno dos años más tarde, “pero su decisión de abandonar a los liberales y unirse a los conservadores provocó que ambos bandos desconfiaran de él”, explica MacMillan.

Churchill nunca renunció a la idea de ser primer ministro de Reino Unido. Sin embargo, justo cuando su carrera parecía acabada, estalla la II Guerra Mundial. Sin esta contienda, señala la historiadora, “difícilmente hubiera salido de los escaños más remotos, y hoy solo lo recordarían unos pocos especialistas en ese periodo”. Sentido de la oportunidad y buena suerte. Chamberlain dimitió en 1940 y Churchill consiguió su premio.

Sobrados de ambición

En España no falta ambición. Los secretarios generales y presidentes de nuestros partidos políticos dan buena cuenta de ello estos días. Posturas inquebrantables, cambios de rumbo, insultos, escisiones. La lucha por el liderazgo es descarnada y cruel.

Albert Rivera estaba destinado –nos decían– a gobernar este país. Con 26 años, contó Francesc de Carreras en el ya histórico tirón de orejas que le dedicó en las páginas de El País, se convirtió en el líder de Ciudadanos, un partido aún en construcción. Era joven, liberal en lo económico y progresista en lo social; savia nueva para una política oxidada.

Pero aquel joven al que no le faltaba ambición, como ha dicho De Carreras, se convirtió en un adolescente caprichoso, quizá movido por la ciclotimia de las encuestas. Quizá ese fue el momento en que se jodió todo: cuando, en la moción de censura, se puso del lado de un Partido Popular infectado de corrupción. A partir de ahí, las encuestas le dieron la espalda, negándole al eterno aspirante la posibilidad de sobrepasar al PP y empujándolo a diseñar estrategias cortoplacistas. Se empieza por abandonar la socialdemocracia, se pasa por abrazar el liberalismo progresista y se termina en la misma cama que la ultraderecha.

La ambición y los principios

David Lloyd George, un joven pobre, escribió a la mujer con la que esperaba casarse lo siguiente: “Mi idea suprema es ser alguien, y lo voy a sacrificar todo a esta idea… excepto, espero, la honradez”. George, honrado al reconocer cuáles eran sus sueños, consiguió ser primer ministro británico entre 1916 y 1922. Estas palabras tan claras nos sorprenderían mucho a día de hoy, pero, como recuerda MacMillan, en otros tiempos y en otros lugares, como la Roma de la república, “la ambición política despertaba admiración” entre los ciudadanos.

Claro que también había quien consideraba que los principios eran, más que un mecanismo, un elemento decorativo y, por tanto, completamente prescindible si estorbaba en el camino hacia el poder. “Si tuviera que ir por la vida sobre la base de los principios me sentiría como quien avanza por un sendero angosto del bosque con un palo largo en la boca”, dijo Otto von Bismarck, artífice de la reunificación alemana.

Los liderazgos, las capacidades de cada uno, se medirán con el tiempo. La efectividad o no de las estrategias, que hoy se realizan a corto plazo, se comprobará con la perspectiva de los años. Quizá lo que hoy se tacha de intereses partidistas y falta de miras el día de mañana sea considerado como una hábil maniobra para conseguir el poder.

Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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