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Ante las elecciones europeas: las carencias de Europa

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Las elecciones europeas

Las elecciones europeas, que fueron concebidas quinquenales precisamente para que no coincidieran con los cuatrienios de las legislaturas en la mayoría de los países europeos, llegan este año diluidas en un turbión electoral que, si bien asegura una participación alta (quien acuda a votar en las municipales y autonómicas aprovechará el viaje y votará también en las europeas, con lo que se superará la cota de participación del 43,18% de 2014), difumina su significado. Para corroborar esta evidencia, bastó ver el pobre debate entre los nueve candidatos en TVE el pasado miércoles, en el que predominó la retórica de confrontación y se habló más de política interna que de Europa.

Las elecciones europeas del domingo no serán una panacea que permita remediar las carencias de fondo que padece la integración europea, que suscita adhesión en abstracto –los españoles somos de los ciudadanos que más entusiasmo vehemente manifestamos en las encuestas hacia la idea de una Europa unida— pero gran desinterés en lo concreto, sin que la mayoría advierta que muchas de las normas que nos constriñen –entre el 70 y el 85 % según sectores y fuentes– son producidas por el ‘mastodonte legislativo’ comunitario, que influye por tanto decisivamente en nuestras vidas.

Pero aunque es tarde para corregir a tiempo las causas del desinterés, hay motivos para participar, ya que los españoles estamos a tiempo de tomar decisiones magnánimas que mejorarán la situación de la mayoría social (como es sabido, las elecciones comenzaron el jueves en algunos países).

Elecciones europeas: planes

Elecciones Europeas

Pedro Sánchez.

En la coyuntura actual, Europa, que ya ha proyectado cómo salvar y fortalecer el euro —hay que reforzar la Unión Económica y Monetaria, completar la Unión Bancaria y avanzar en la Unión de Mercados de Capitales—, plantea dos carencias sociopolíticas que deben ser convenientemente abordadas. Una de ellas es la instauración de una Europa social y la otra un plan de inversiones que nos saque de la actual atonía.

Sobre el primer asunto, Borrell ha retratado el problema con claridad: al construir la UE, se quiso que lo social fuese competencia estatal, y ello es hasta cierto punto razonable porque, de acuerdo con el principio de subsidiaridad que rige en la Unión, las decisiones deben ser contiguas a los problemas.

Pero en nuestro mercado abierto se utilizan la fiscalidad y la regulación social como factores de competencia. “Los países europeos hoy –ha dicho el todavía ministro de Exteriores de España— se hacen más competencia fiscal y social entre ellos que la que denunciamos que nos hacen los países emergentes. Ha habido bajadas de impuestos, hemos entrado en una fiscalidad competitiva a la baja. Eso ha provocado una pérdida de capacidad económica de los Estados y un debilitamiento de los sistemas de protección social. Por otro lado, ha habido competencia salarial. Eso ha empobrecido a la población más expuesta a la competencia internacional, ha reducido el consumo y ha contribuido a una deflación. No puede continuar así. Hay que introducir elementos de armonización social y fiscal en la Unión Europea”.

De otro modo, si Europa sigue siendo percibida como un freno para el bienestar y el desarrollo, acabará repudiada y maldita, como en algunos países (Grecia y los del Grupo de Visegrado) ha empezado a ocurrir.

Esta armonización, que acabará con los actuales paraísos fiscales, proporcionará más recursos públicos y por lo tanto habrá más oportunidades de inversión. Porque este es el otro problema que hay que enfrentar y resolver. Se ha recordado en la campaña –lo ha hecho también Borrell en otra entrevista— que los tiempos han cambiado. Que en 1999 con el Tratado de Maastricht y en 2000 cuando ingresamos en el euro, había un problema de fuertes tensiones inflacionistas que reclamaban para su contención tipos de interés elevados.

El bienestar europeo

En ese marco mental se estableció el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Pero ahora sucede exactamente al contrario: nuestro problema es hoy de “no inflación” y el dinero es gratis, no hay que pagar una tasa de interés para conseguirlo, por lo que la inversión es algo que no se puede dejar de hacer y cuya elusión o demora representa una imperdonable pérdida de oportunidades.

Quiere decirse que para incrementar el bienestar de los europeos, para mejorar sus herramientas de promoción interna –los servicios públicos y especialmente la educación—, para impulsar un cambio de modelo de crecimiento y abordar actividades de alto valor añadido (que requieren gasto en I+D+i), es preciso recurrir a la inversión productiva, que no debería computar como deuda.

Como ha dicho Borrell, “Estamos todavía metidos en el círculo vicioso de la austeridad, que ralentiza el crecimiento, que crea déficit y exige más austeridad, etcétera. Hemos salido algo de eso con el Plan Juncker, pero hay que plantearse seriamente lo que algunos llaman el New Green Deal: inversiones masivas en la transformación ecológica. Y los parámetros macroeconómicos te lo permiten hacer hoy. Y quien lo niegue es que es un sectario, es un dogmático”. Esta revolución verde debe incluir la descarbonización, las energías limpias y renovables y la reestructuración integral del sector de automoción, que ha de avanzar hacia la electrificación y la automatización.

El ascenso del populismo

El trabajo europeo estará fuertemente condicionado por el ascenso del populismo, que realmente incomodará todos los designios que vayan a emprenderse. Pero no debemos caer en la trampa del evidente círculo vicioso: el populismo ha crecido porque Europa no ha hecho los deberes, no ha efectuado las transformaciones mencionadas. Y hay que ponerse a ellas cuanto antes precisamente para devolver el populismo reaccionario al nicho del que nunca debió salir.

El auge de los populismos, que duplicarán y hasta triplicarán su representación anterior, creará una potente fuerza que se opondrá a la integración europea, a la federalización del Viejo Continente, y defenderá el modelo del club de Estados, en el que cada miembro disfrutaría de total autonomía. Sin perjuicio de que se pueda mantener un modelo de dos velocidades en determinados asuntos -por ejemplo, en la adopción del euro—, esa Europa de los Estados es incompatible con el espíritu fundacional de las Comunidades Europeas y con la necesidad de que la UE sea en realidad un actor capaz de mantener una política exterior y comercial única, y de plantar por tanto a los actores gigantes que se disputan la hegemonía: Estados Unidos, Rusia y China.

Al propio tiempo, la estabilización política de Europa frente a protestas legítimas por el crecimiento inaudito de la desigualdad —los chalecos amarillos de Francia son quizá el ejemplo más evidente— debe incluir elementos de armonización social, que deben incorporarse. El salario mínimo común, un subsidio de desempleo proporcionado parcialmente por Bruselas, medidas contra la brecha salarial de género, un indeclinable salario básico universal que se enfrente la creciente automatización, etc. son actuaciones que solidificarán la cohesión interna de la UE, vincularán a las emergentes clases medias al proyecto europeo y fortalecerán el sentimiento de europeidad que ha de ser el engrudo moral de la Unión.

Es obvio que cada país seguirá siendo dueño de su propio autogobierno, pero el terreno de juego ha de ser perfectamente delimitado. En realidad, la UE ha supuesto un freno a personajes como el italiano Salvini —un antiguo ultranacionallsta ahora volcado en la extrema derecha— a la hora de explayar sus propensiones xenófobas o de mantener una deriva económica incompatible con la divisa común.

Tras el Brexit y después de la deriva populista italiana —de la que el país, por el que todavía deambula Berlusconi, candidato por cierto a las europeas, no se recuperará en mucho tiempo—, España es el tercer país por tamaño de la Unión Europea, después de Alemania y Francia. Quiere decirse que España está en condiciones de acentuar su participación en las grandes decisiones de la UE, si sabe ensamblarse convenientemente al eje francoalemán e imprimir en él un anclaje meridional. Sería magnifico que la estabilidad que se presagia en la política interna no brindara ocasión de intensificar la presencia en los escenarios europeos.

Iberia 350
Antonio Papell
Director de Analytiks

La primera vez que leí ‘Malaherba’, de Manuel Jabois

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