Debate

Casado y Rivera, por un antinacionalismo agresivo

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Iglesias, Sánchez, Casado y RIvera

El primer debate de estas elecciones de 2019 estaba prefabricado. Como todos. Desde que la política profesional descubrió la televisión, aquel 26 de septiembre de 1960, en que un televisivo Kennedy ganó las elecciones presidenciales a un desastrado Nixon, los debates electorales de alto nivel tienen una cuidadosa preparación, se ajustan a unas técnicas cada vez más depuradas y persiguen unos objetivos concretos, que hay que colmar cuidadosamente modulando los mensajes. Lógicamente, el primer debate de estas elecciones generales de 2019 no iba a ser de otra manera, aunque la novedad de la coyuntura —cinco partidos de ámbito estatal con posibilidades ciertas de obtener una representación significativa, de los que cuatro debaten entre sí y el otro es excluido por razones formales— hace muy difícil prevenir los contratiempos, emitir los mensajes adecuados, adoptar la pose pertinente… De cualquier modo, los cuatro contendientes han llegado al plató con el entrenamiento de un púgil, aunque como es natural no sólo la fuerza sino también la inteligencia cuenta en estas lides.

Todos contra Sánchez: difíciles equilibrios.

Los papeles estaban distribuidos de antemano: las dos formaciones conservadoras habían de desacreditar a la izquierda recurriendo a todos los argumentos a mano, reales o irreales, porque su problema es matemático: el tripartito de derechas sólo gobernará si suma 176 diputados. También Unidas Podemos había de ser poco condescendiente con Sánchez porque la formación de Iglesias corre el riesgo de convertirse en lo que fue numéricamente la IU de Anguita: un apéndice del PSOE… Iglesias tenía (tiene) que taponar la fuga interna hacia el PSOE, pero sin dañar al PSOE. Lo ha conseguido en considerable medida.

Casado ha vuelto a utilizar datos falseados o controvertibles, Rivera ha seguido ofreciendo soluciones simples a problemas complejos

A. Papell

Las formaciones conservadoras habían de graduar también los ataques al PSOE, ya que una actitud en exceso energuménica terminaría de alejar a los electores centristas que ya tienen serios reparos en seguir votando a Ciudadanos y al PP después del endurecimiento dialéctico de sus respectivos líderes y de su compadreo con el neofranquismo de VOX. Pero ni Casado ni Rivera han sabido controlarse: su visión apocalíptica de la realidad no ha resultado creíble, Casado ha vuelto a utilizar datos falseados o controvertibles, Rivera ha seguido ofreciendo soluciones simples a problemas complejos. El vicio de faltar a la verdad en los datos se ha vuelto crónico en el líder conservador, que ha explicado cómo la reforma fiscal del 96 duplicó la recaudación bajando un 5 % de los impuestos. Alguien ha tenido el acierto de recordar al joven líder del PP que el “milagro” económico de su partido está en la cárcel.

Y aunque Rivera se ha ocupado de marcar distancias con el PP, ha acabado haciéndose muy evidente para todos los espectadores el riesgo de que la triple derecha —no se echó en falta a VOX  porque ya se bastaban los presentes para prefigurar un gobierno temible— produzca una recentralización reaccionaria que vuelva insoluble el problema catalán. Rivera ya no sólo quiere aplicar el artículo 155 de forma indefinida: también expulsar a los nacionalistas catalanes y vascos del Congreso de los Diputados. La ciudadanía de a pie, tan intuitiva, sabe que si las amenazas se cumplieran, la fractura de España sí sería una dramática realidad

En este sentido, Iglesias ha puesto varias veces un punto apreciable de cordura en el debate. Muy concretamente cuando ha argumentado que “la convivencia no se puede recuperar con agresividad”. Y cuando ha dicho con sentimiento que todos los presentes sabían que el conflicto catalán sólo se resolverá mediante un derroche de diálogo. Parece mentira que hayan de ser los populistas los que impongan la cordura.

Sánchez, por su parte, tenía —tiene— el objetivo principal de no equivocarse, de no dar alas ni a los soberanistas para que confundan al personal, ni a la derecha para que pueda sostener con fundamento la teoría de la conspiración según la cual el PSOE está dispuesto a vender su alma al diablo (a Puigdemont) con tal de gobernar. Sánchez lo ha conseguido a medias, decidido a mostrar una flema que en ocasiones ha sido excesiva, ya que no ha desmontado la realidad inventada que han construido el PP y Ciudadanos para la ocasión, y que es peligrosa porque se basa en indemostrables juicios de intenciones. A estas alturas, ha estado bien que Sánchez recordara enfáticamente que la moción de censura se llevó a cabo por la corrupción insoportable del PP, pero no se ha defendido convenientemente de la acusación impertinente del “y tú más” que ha utilizado Casado.

Previamente al debate, el PSOE había anunciado que Sánchez proporcionaría “Información veraz, sin mentiras” y trasladada “con respeto” a la audiencia. Lógicamente, el principal interés del candidato socialista era dar a entender que su intención era —es— reconstruir el Estado de Bienestar, un designio que, si era interiorizado por la audiencia, aseguraba la vuelta al redil de muchas personas que habían desertado de los parajes socialistas. Sánchez ha estado seguramente demasiado prudente al no aclarar determinadas acusaciones que han quedado englobadas en su ironía del “detector de verdades”. En todo caso, también debió aclarar con la necesaria contundencia que no ha habido connivencia con Torra, ni pacto separatista, ni concesión alguna, entre otras razones porque los socialistas acatan la Constitución que contribuyeron a fundar.

Visto lo visto, y a modo de resumen, no parece que el debate haya movido las posiciones precedentes. Sánchez se ha mantenido en su sitio, con una defensa escasa de sus posiciones pero sin perder la centralidad, que sí ha abandonado del todo un desaforado Rivera, que ya coincide en visceralidad “patriótica” con VOX y desborda por la derecha al PP. Eso podría ahuyentar a los últimos centristas de C’s hacia el PSOE. Casado ha mantenido la figura con dificultad y es dudoso que el PP crezca bajo la presión a la que le tienen sometido C’s y VOX. Y puede que Podemos haya recuperado una parte no muy amplia de los votos que le ha arrebatado el PSOE. Pero los equilibrios generales se han alterado poco.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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