En PortadaPolítica

Cataluña tras el 10N

0
10N Cataluña elecciones

Nada indica que Cataluña vaya a apaciguarse antes del 10N, ya que el independentismo radical e irreductible, hoy representado paradigmáticamente por el tándem Puigdemont-Torra, sabe que en el terreno patriótico no hay vida después de la muerte, es decir, que en cuanto decaiga la vehemencia de los más exaltados por el simple efecto del choque con la realidad, será muy difícil, si no imposible, reeditar algo parecido al ‘procés’, que ya ha caducado ostensiblemente y está en vías de disipación. Por ello, los partidarios de la vía unilateral —de la revuelta, de la ‘violencia pacífica’ (Sobrequés), del sacrificio de todo un pueblo en el altar falsario de su identidad— quieren agotar la reacción popular a una sentencia judicial que se considera desaforada.

Y sin embargo, el Tribunal Supremo, formado por un grupo de los mejores magistrados del país —al contrario que en la política, donde abunda la cerrilidad congénita o adquirida, en la judicatura todos sus miembros han acreditado su solvencia intelectual y profesional mediante duras pruebas objetivas— ha actuado con un refinamiento, una moderación y una transparencia impecables, no sólo por el lógico prurito profesional sino porque saben que su trabajo será examinado con el mayor rigor tanto por el Tribunal Constitucional —donde el corporativismo no hace por cierto acto de presencia— como por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que habrá de revalidar unas condenas  singulares porque se refieren a delitos infrecuentes que afectan a la esencia misma del sistema democrático.

La sentencia ha sido comedida, proporcionada, como corresponde a una justicia ecuánime, capaz de sortear las tentaciones vengativas

Una nación moderna

Por ello, con una gran pulcritud, los siete magistrados presididos por Manuel Marchena, han representado ante el mundo el papel de una nación moderna, que se enfrenta con rigor y frialdad, sin acaloramientos, a uno de los últimos vestigios de su atraso histórico: no supimos resolver el problema de la complejidad de España cuando la República nos dio oportunidad de ello, durante la Transición hilvanamos con hilo demasiado frágil las costuras de las viejas querellas, y ahora estamos teniendo que apagar fuegos antiguos, que en realidad no son sino la reviviscencia de rescoldos que nunca se enfriaron de todo.

La sentencia ha sido comedida, proporcionada, como corresponde a una justicia ecuánime, capaz de sortear las tentaciones vengativas. El Estado ha demostrado que tiene mecanismos sobrados para hacer valer la democracia consistente que nos dimos entre todos después de un ímprobo esfuerzo y que no va a decaer por el particularismo egoísta de unos cuantos que han conseguido dividir su esfera social pero sin lograr en momento alguno la mayoría pletórica que les daría al menos cierta capacidad de beligerancia.

Con la sentencia, el Estado no queda en modo alguno debilitado, el prestigio exterior de España se mantiene intacto, los sediciosos seguirán sin conseguir la menor ayuda exterior en Europa e incluso tienen razones para temer que sus cabecillas huidos sean repatriados por sorpresa para que se les juzgue, a ellos también, por los mismos desmanes que pagan sus conmilitones cómplices.

Pero si ha concluido la fase judicial del conflicto, con éxito abrumador de una de las partes y con una respuesta incendiaria de la otra parte (en absoluto imprevisible, aunque sorprende su virulencia, que desacredita al movimiento que inspira la barbarie), ahora falta nada más y nada menos que resolver todo lo demás.

Tareas tras el 10N

Es decir, están pendientes tareas tan delicada como coser la sociedad, recuperar la economía, construir una política que nos permita convivir otros cuarenta años sin mayores sobresaltos. Y a los preparativos para tales menesteres deberíamos ya dedicar estos prolegómenos estériles de las elecciones del 10N. Teniendo en cuenta que, para otorgar al Estado plena capacidad de negociación, el Tribunal Supremo ha dejado inteligentemente abierto el portillo de no inmiscuirse en el régimen penitenciario que se vaya a aplicar a los condenados. A unos condenados que, si no sucede nada extraordinario, a partir del año que viene estarán en la práctica en condiciones de iniciar la normalización de su propia vida, y aun de recomenzar a plazos no muy largos su carrera política, si ellos mismos no se descartan ni nadie comete la torpeza de impedirlo.

Evidentemente, el sector más irreductible (encabezado por Puigdemont, que no quiere procesos negociadores porque se quedaría fuera de juego) no se avendrá a razones, pero las encuestas afirman que esa minoría radical que aspira a la ruptura traumática representa a menos del 10% de los ciudadanos. El resto sabe que la única salida capaz de devolver la estabilidad política a Cataluña (y a España) y que permita al Principado recuperar el pulso social y económico es del diálogo y la negociación. Y sería bueno —hay que insistir en ello—  llevar ya al 10N algunas ideas al respecto.

Temas que pueden plantearse

Los temas que pueden plantearse son muchos. En primer lugar, los procesales, los que hacen referencia al cómo hay que dialogar y negociar: ¿debe constituirse una mesa de partidos? ¿Ha de haber además un diálogo institucional Generalitat-Gobierno? ¿Negociará cada formación nacionalista por separado o están dispuestas las principales a formar un frente común?

Después, habrá que poner sobre la mesa el amplio temario. ¿Conviene explorar una solución federal a la alemana? ¿Tendría sentido recuperar la idea de la reforma autonómica, en línea con las pautas iniciales que llevaron al fallido estatuto de 2006, previa reforma constitucional o además de ella? ¿Es hora de centrarse en reconstruir el modelo parlamentario haciendo del Senado una verdadera cámara de representación territorial y permitiéndole aprobar en primera lectura o en lectura única las leyes más transversales? ¿Se puede de momento paliar la urgencia financiera mediante una reforma madura y serena de la LOFCA o hay que acudir a planteamientos nuevos?

La cuestión no es sencilla porque, como parece claro, muchos de estos asuntos no pueden ser abordados de forma bilateral, entre Cataluña y el Estado: estamos en un estado cuasi federal y la financiación de las autonomías, por ejemplo, ha de abordarse en un marco multilateral. Y, como es lógico, cuanto aquí se haga ha de contrastarse con Europa, que también impone los Tratados y el pacto de Estabilidad sobre cualquier consideración interna de un estado miembro.

Pero si existe verdadera voluntad política, tras el 10N habrá posibilidad de negociar en todos los niveles al mismo tiempo, y de conciliar la unidad con la diversidad, la equidad con la competitividad y la autonomía.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

El ‘vicio’ de cenar mientras arde Barcelona: sobre Grande-Marlaska y la derecha homófoba

Entrada anterior

Santiago Abascal podría ser vicepresidente de España si la derecha gana el 10N debido a la subida de Vox

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Más en En Portada