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La reconstrucción de la izquierda: ¿Hacia un partido socialdemócrata único?

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Coalición Sánchez Yolanda
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz

La democracia española se reprimió espontáneamente desde muy temprano en la artimaña del voto útil que consagraba el bipartidismo imperfecto. Era una actitud en cierto modo conservadora con que el electorado pretendía dar el mayor valor posible a su voto, respaldando a las opciones con verdaderas posibilidades de ganar y de gobernar que se turnaban al frente del Estado.

Los partidos centristas fracasaron, incluso el que fundó Adolfo Suárez, artífice con el Rey de la transición institucional; aquel partido obtuvo un máximo de 17 diputados en la Cámara Baja, y fue en 1986. E Izquierda Unida, un tejido complejo formado alrededor del PCE, vivió una vida tormentosa y oscilante, entre los 21 escaños al Congreso de Julio Anguita en 1996 y los cinco de Gaspar Llamazares al frente de IU+ICV en 2004.

Por el contrario, PP y PSOE acapararon una mayoría exorbitante en este siglo: juntos lograron el 80,70% de los votos y 312 escaños en las elecciones generales de 2004, y el 83,84% de los votos y 323 escaños en las de 2008.

Y llegó la gran crisis 2008-2014, que ciertamente no fue culpa solamente de los partidos españoles; la crisis fue global, consecuencia de la brutal desregulación que había impulsado el neoliberalismo rampante de Thatcher y Reagan y de los excesos de un sistema financiero descontrolado… Pero también pusieron los nuestros su grano de arena, al haber acumulado PP y PSOE, sucesivamente, a cuatro manos, una gigantesca burbuja inmobiliaria.

La crisis fue demoledora, y su solución estuvo mal enfocada por la Unión Europea y la comunidad internacional, al forzar políticas ortodoxas de austeridad que agravaron el mal y trasladaron a los ciudadanos todo el peso de aquel estrepitoso fracaso institucional.

El “no nos representan” coreado en la Puerta del Sol y en más de medio mundo significaba el levantamiento contra los viejos actores políticos, y el cuestionamiento de los regímenes democráticos, que habían asestado un duro golpe a las clases medias —su base de sustentación natural—, a los jóvenes —que ya tenían problemas generalizados con la inserción y al empleo— y a los excéntricos al sistema, que perdieron la beneficencia que los sostenía y entraron en la fase de desesperación.

Cómo se olvidó el voto útil

En aquella coyuntura, las gentes se olvidaron del voto útil y decidieron arriesgarse. Las elecciones de 2016 marcaron el principio del fin del bipartidismo imperfecto ya que PP y PSOE tan solo sumaron el 55,64% de los votos, veinticinco puntos menos que en las anteriores elecciones de 2011. Unidas Podemos y sus confluencias, de un lado, y Ciudadanos, de otro, se convirtieron en potentes partidos estatales. Y poco después surgió VOX, que en las primeras elecciones de 2019 (marzo) obtuvo 24 diputados y 52 en las segundas de aquel año (noviembre).

El paso del bipartidismo al pluripartidismo parece ya irreversible, y en el fondo representa una mayor sutileza en la designación de la representación popular, a cambio de una mayor inestabilidad política, que en un cierto momento pareció incapacitar a la propia democracia.

 

Quiere decirse que el electorado es mucho más propenso que antes a provocar minorías parlamentarias, aunque el esfuerzo en número de votos por lograrlas sea muy superior al necesario para engordar la magnitud de los partidos ‘grandes’.

Así las cosas, la izquierda española está formada actualmente por el PSOE, que mantiene una posición hegemónica y que responde a las pautas de la socialdemocracia europea clásica; por Unidas Podemos —que es la síntesis de un Podemos evolucionado y de la anterior Izquierda Unida, construida en torno al PCE—; por las confluencias de Podemos (los comunes catalanes, Compromís valenciano), y por Más País, la secesión de Podemos liderada por Errejón, a los que hay que añadir la izquierda nacionalista de ERC y de Bildu.

¿Hacia un partido socialdemócrata único?

 

El panorama es confuso, y conviene hacer una pregunta en voz alta que seguramente generará respuestas de todas clases, sin descartar ni siquiera el dicterio más acerbo: ¿podría caber toda esa izquierda desperdigada en un partido socialdemócrata único? La pregunta no es retórica, y parte de la idea de que, si bien el PCE y el PS han sido en toda Europa enemigos históricos —es proverbial el odio comunista a la socialdemocracia—, y también en España han caminado por sendas distintas, en realidad las diferencias ideológicas son mínimas.

El PSOE abandonó explícitamente el marxismo-leninismo en el Congreso Extraordinario de 1979, en el que González, que había dimitido, recuperó la secretaría general, pero el PCE, que se sepa, está más en la línea carrillista del eurocomunismo que en las tesis de la lucha de clases y la dictadura del proletariado.

En Alemania, como es conocido, la izquierda parlamentaria tiene solo dos actores, el SPD y Die Linke; este segundo es un partido que esgrime el socialismo democrático, particularmente implantado en los Lander de Este que formaron parte de Alemania Democrática y que rechaza el modelo de economía de mercado de Alemania Occidental, que es evidentemente el que se ha impuesto en todo el país tras la reunificación. Die Linke no tiene homologación en España, ya que todas nuestras formaciones progresistas parlamentarias cabrían en el SPD.

¿No tendría sentido entonces plantear un proceso de convergencia en nuestro país, aunque sea a medio o largo plazo, si lo único que separa realmente a unas fuerzas de otras es la retórica y el personalismo de unos cuadros de liderazgo que no se resignan a integrarse en un colectivo que ponga en riesgo su posición eminente?

Antonio Papell
Director de Analytiks

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