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La sexta dosis

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la sexta dosis

Antes de aparecer la pandemia, un pesimista desesperado como Woody Allen exclamó: “La humanidad está en un cruce de caminos. Uno lleva a la desesperación y la desesperanza. El otro a la extinción total”. Nos encontramos en el primero de ellos y esa aprensión existencial ya se ha trasladado a los responsables de poner todos los medios a su alcance para evitar la propagación del coronavirus.

Hay cuestiones que incumben a los Gobiernos, como garantizar que los servicios de vacunación cuenten con los recursos suficientes para llevar a cabo su tarea, asegurando, entre otros, el suministro del equipamiento, incluido un determinado modelo de jeringuilla (poco frecuente hasta ahora) para aprovechar, tras extraer las 5 previstas, todas las dosis de la vacuna.

Utilizando estas jeringuillas se obtiene una valiosa dosis extra, la sexta, de la que no se había hablado hasta ahora, al ser una pequeña cantidad de vacuna sobrante que se tiraba.

Esto ha tenido dos efectos: el agotamiento de existencias de ese modelo de jeringuillas y la entrada en acción de los más pícaros que, aprovechando la sexta dosis como excusa para justificar su destreza, han puesto en práctica un deporte ancestral: saltarse el turno y colarse.

Esto no es nuevo, en los años de la postguerra o la pretransición, en las colas del cine el grito de guerra era: “No se cuele por favor”. De aquella advertencia castiza hemos pasado a un ritual pandémico que consiste en publicar en Instagram un vídeo selfie de uno mismo, mientras le ponen la vacuna.

Los avispados con sentido del humor, que no se rinden nunca cuando está en juego su prestigio, han circulado un whatsapp con esta leyenda: Sanidad informa que, de seguir con esta tendencia de vacunación, a 31 de enero estarán vacunados el 18 % de los ancianos y el 96 % de los alcaldes.

Lo más sorprendente ha sido la pronta aparición de políticos en ejercicio: alcaldes, concejales y consejeros regionales, que han saltado la tapia (el orden establecido en el protocolo), accediendo a la vacuna cuando no les tocaba, sin respetar lo que estaba pautado.

Algunos de ellos han aprovechado para vacunarse junto a sus seres queridos, adaptando el viejo lema a la nueva urgencia: la familia que se vacuna unida, permanece unida. En tanto que un Obispo se valía de una coartada asombrosa: “Es que sobraban dosis y me llamaron”.

A pesar de vivir con una fatiga crónica, no deja de sorprendernos la ingenuidad de los que han caído en esta trampa, sucumbiendo a la ansiedad de la vacunación y pensando que no les iban a pillar. En esta sociedad (en la que todo el mundo opina sobre todo, en todo momento), máxime en asunto tan sensible, es difícil escapar al veredicto popular y pretender evitar la publicidad del quebrantamiento. Así ha sido.

Una vez más, algo tan nuestro como el ‘fingimiento de la realidad’ y los “títeres de cachiporra”. Sería esperanzador que la Justicia tomase una decisión rápida, que no pase, como pretenden algunos, por prohibir la segunda dosis para estos personajes.

Una parte de ellos ha dado el paso de la dimisión, tan anhelado por una opinión pública harta de privilegios, por esa gente decente a la que alude un sociólogo esloveno, de nombre impronunciable (2 sílabas, 11 letras, cuatro vocales), Slavoj Žižek: “Con la pandemia empecé a creer en la ética de la gente sencilla (ordinary people)”.

Además de ser la mayoría social, la gente corriente asegura que funcione la economía, la sociedad y la vida en general. No es considerada gente importante y tiene que sufrir a los importantes, que controlan sus vidas y haciendas. Y por fin, la gente imprescindible, aquella que queda fuera de todas las clasificaciones posibles al no poder medirse lo indispensable o excepcional.

Durante esta pandemia alguno se ha preguntado: ¿Qué ha hecho alguna gente importante, que acostumbra a encontrar soluciones provisionales siempre que quiere algo que escasea, para hacerse acreedora de un trato preferencial? ¿Se puede considerar imprescindible a ese multimillonario de Silicon Valley, que dedica millones de dólares a la investigación de una vacuna para prolongar la vida, con la esperanza de poder llegar a los 200 años?.

Vacunar a cuarenta y tantos millones de españoles es un desafío logístico que se agrava con 17 planes autonómicos, en lugar de un plan nacional que movilice todos los recursos sanitarios materiales y humanos disponibles, públicos y privados.

No es incumbencia del Gobierno la disponibilidad de las vacunas, ya que eso depende de que se cumpla lo acordado con los fabricantes. Suministros insuficientes sin explicaciones bastantes tienen consecuencias en la vida de los ciudadanos y en el tejido económico y social. De ahí la advertencia temprana de responsabilidades penales.

En un tiempo como este, tan marcado por las interpretaciones radicalmente conflictivas de la verdad, el feliz descubrimiento de las vacunas, la rápida aprobación por los reguladores y el comienzo de la inoculación de las primeras dosis, han sido buenas noticias, especialmente con la llegada de las cajas con las primeras al Hospital Clínico de Zaragoza el pasado 29 de diciembre, fecha a recordar. Desde entonces, poco se ha sabido de la secuencia pormenorizada de la distribución (cuantías, regiones, segmentos etc.).

A la insuficiente precisión de los protocolos, se suma en nuestro caso: la estrategia de vacunación y el prorrateo de las vacunas. Si la vacunación hubiese estado centralizada y ejecutada por un equipo coordinado, con listas cerradas y dosis contadas, quizá no se habría producido una cierta sensación de caos.

Es cuestión de tiempo, si la vacunación llega a buen puerto, la crisis sanitaria puede estar más controlada, pero no hay que hacerse demasiadas ilusiones, porque luego vendrá la económica y después la enésima ola, que ya será psicológica, con derrumbes emocionales y generaciones perdidas.

En medio de tantas incógnitas, nos apremia la obligación moral de dedicar a esta emergencia todos los recursos del Estado, facilitando la vacunación, por todo aquel que pueda hacerlo con garantías (veterinarios, dentistas, jubilados, farmacéuticos) a: sanitarios y personal de primera línea, mayores y quienes les cuidan, colectivos más vulnerables y expuestos, responsables de Instituciones y Gobierno y el resto, por orden de edad y riesgo.

Aceptando la colaboración de la sanidad privada; habilitando espacios para vacunaciones masivas (Centros de Exposiciones y Feriales, estadios, carpas etc.); involucrando en la distribución y administración de la vacuna al Ejército y la Guardia Civil (con experiencia logística, infraestructura y personal), para llegar al último rincón. Exigiendo a Pfizer y a Moderna que maximicen su propia producción, y compensen cualquier déficit, otorgando licencias de sus vacunas a otras compañías.

Llegarán más vacunas. A Astra Zeneca (que no parece muy proclive a dar explicaciones), se le unirá pronto Johnson and Johnson, con un 80 % de éxito, una sola inyección y sin cadena de frio.

El objetivo es detener la propagación del virus y sus mutaciones. Cuantas más lleguen, menos posibilidades habrá de que el virus mute, cuantas más personas se vacunen, más protegidos estarán los que no se vacunen.

El reto de la inmunización radica en una vacunación masiva, un suministro adecuado  (incluidas las  jeringuillas “sin residuo”) y el aprovechamiento hasta la última gota de todas las dosis, incluida la sexta, tan eficaz como las otras cinco.

Sin olvidar que la realidad es impenetrable y como dice Habermas: “Lo excepcional de la Covid es que nunca hemos sabido tanto y a la vez somos tan conscientes de nuestra ignorancia”.

Luis Sánchez-Merlo
Luis Sánchez–Merlo es abogado y economista por la Universidad de Deusto. Posee un máster en Economía por la Universidad de Lovaina y en Derecho por el Colegio de Europa–Brujas. En la actualidad, Sánchez–Merlo, conocedor que fuera de las instituciones españolas y europeas y consejero de grandes empresas, analiza y desenmaraña la actualidad escribiendo en varios medios de comunicación. Es autor de ‘Optimismo rebelde’, ‘Satisfacción inmediata’ y 'Desconsuelo', tres ediciones limitadas donde recopila su producción como articulista.

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