Política

Muere Alfredo Pérez Rubalcaba, una referencia de inteligencia y dignidad

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Alfredo Pérez Rubalcaba
Foto: Flickr

El desconsuelo es grande porque la enfermedad ha llegado a traición. Se nos ha ido en un suspiro un hombre cuya sola presencia calmaba a las furias de la política y arrojaba un manto de razonabilidad sobre los debates y las discusiones. Ya no tenía vida pública pero sabíamos que estaba ahí, en ese lugar encumbrado en que el prestigio hace milagros, y esa presencia discretísima era como un maná porque iluminaba: la opinión de Rubalcaba, siempre humilde y sólida, seguía teniendo peso y eficacia.

La historia de las democracias pivota siempre sobre unos cuantos impulsores que marcan rumbos, imprimen caracteres señalados, convocan exitosamente a la opinión pública en la dirección de avance más adecuada y creativa. Y en toda la etapa democrática, uno de esos motores políticos ha sido sin duda el articulado por Alfredo Pérez Rubalcaba, probablemente la mejor mezcla de político impetuoso e intelectual reflexivo que ha tenido la izquierda moderada, el socialismo, que por otra parte ha desempeñado el grueso de la labor de modernización de este país.

Rubalcaba, probablemente la mejor mezcla de político impetuoso e intelectual reflexivo que ha tenido la izquierda moderada

Rubalcaba, una vida dedicada a la política y la docencia

Rubalcaba, profesor titular de Química Orgánica, llegó con Felipe González a la Secretaría de Estado de Educación (con Javier Solana como ministro), que ocupó entre 1988 y 1992, pasó a ser ministro de Educación y Ciencia en junio de 1992 y ministro de la Presidencia en julio de 1993, tras las elecciones de ese año, cargo en que permanecería hasta le final de la legislatura. En este periodo, Rubalcaba fue pieza clave de la LOGSE, promulgada en 1990, que sustituyó a la Ley General de Educación de 1970, todavía rubricada por Franco. Aquella ley tardía revolucionó y actualizó el sistema educativo y fue una pieza clave de la modernización del país.

Ya con Rodríguez Zapatero, fue portavoz del Grupo Parlamentario Socialista (de marzo de 2004 a abril de 2006), ministro del Interior (entre 2006 y 2011) y en octubre de 2010 vicepresidente primero del Gobierno y portavoz conservando el cargo del ministro del Interior. Dimitió en julio de 2011 para presentarse como candidato a la presidencia del Gobierno en las elecciones generales de diciembre de 2011, en las que el PSOE obtuvo un pésimo restallado, en modo alguno imputable al candidato (la crisis había dejado al PSOE exangüe).  En febrero de 2012 ganó el Congreso socialista frente a Carme Chacón y se convirtió en secretario general del PSOE.

El PSOE estaba en horas bajas y el 25 de mayo de 2014, después de otro mal resultado del PSOE en las elecciones europeas de aquel año, anunció que abandonaría su cargo de secretario general y el 26 de junio presentaba su renuncia al escaño en el Congreso de los Diputados. ​ El 13 de julio se eligió mediante primarias a su sucesor, el madrileño Pedro Sánchez que fue proclamado el 26 de julio.

Aquello supuso la retirada política de Rubalcaba, quien se refugió en la docencia: era profesor titular de Química Orgánica en la Universidad Complutense. También fue hasta 2018 miembro del consejo editorial del periódico ‘El País’.

En estos años, Rubalcaba, discreto y apartado de la primera línea, ha influido como siempre desde la sombra en las políticas de Estado. Así, desempeñó un papel relevante en el proceso de abdicación del rey Juan Carlos, en un momento delicado para la Institución Monárquica, que requería la savia nueva de un cambio generacional. Su opinión autorizada fue requerida y escuchada, como indudable fuente de autoridad.

El fin de ETA

Brillante y eficaz, su obra más relevante, por la que ocupará un puesto distinguido en la memoria democrática, fue acabar, siendo ministro del Interior, con el terrorismo del ultranacionalismo vasco, con la organización ETA, que dejó de matar ya para siempre el 20 de octubre de 2011. Aquella derrota en toda regla fue el fruto de una acción policial brillante y pertinaz, primero, y después, de una labor incansable de persuasión y de presión política, en la que el Estado no realizó la menor concesión y el gobierno tuvo que trabajar en una deprimente soledad.

La estrategia para acabar con ETA fue, además de mantener un firme acoso policial contra aquella organización, cada vez más debilitada, conseguir enfrentar a la izquierda abertzale con ETA, de forma que los terroristas tuvieran que plegarse a la exigencia de un grupo social hasta entonces afín pero que ya no aceptaba sus métodos criminales. Aquellos diálogos que condujeron a una rendición incondicional sin contrapartidas no encontraron la lealtad de la oposición conservadora, y Rubalcaba, artífice con Eguiguren de aquel paso trascendental hacia la paz, recibió descalificaciones sin cuento de sus adversarios políticos. Finalmente, el tiempo le ha dado la razón, los hechos han acreditado que no hubo dejación alguna de responsabilidad en aquel proceso inteligente, y se ha visto que con aquella conclusión eficaz se había salvado la dignidad de la democracia y, sobre todo, de las víctimas del terrorismo, cerca de un millar de compatriotas inicuamente asesinados que ya pudieron descansar definitivamente en paz.

Rubalcaba, líder ocasional del PSOE tras la marcha de Zapatero, no sacó un buen resultado en las elecciones de 2011 y se vio obligado a dejar paso a las generaciones emergentes. Por razones complejas que ya no tiene demasiado sentido indagar, Rubalcaba ha vivido sus últimos años de vida relativamente postergado en el seno de su familia socialista, con la que se ha sentido sin embargo íntimamente vinculado hasta el último momento. De hecho, Rubalcaba nunca ha dejado de ser un referente de convicciones firmes, de nobleza progresista, de dignidad personal.

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