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¿Nuevas elecciones? Debe gobernar la izquierda con los nacionalistas

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Pedro Sánchez nuevas elecciones

Si se eleva un tanto el punto de observación a la hora de analizar los resultados de las últimas elecciones generales, se verá con más claridad que, a pesar del monte bajo que enmaraña la mirada, el gobierno más claro que puede desprenderse de la correlación de fuerzas establecida por la soberanía popular, una vez asimilada la frontal e incomprensible negativa de Ciudadanos a cualquier entendimiento con los socialistas,  es el de izquierdas —el PSOE apoyado en Unidas Podemos—, con participación de los nacionalistas moderados. No son necesarias unas nuevas elecciones

Y ello es así porque quienes están englobados en este conglomerado de gobierno conseguirían los principales objetivos que tienen trazados: uno, dar franca estabilidad política y social al país durante un cuatrienio mediante una mayoría sólida y capaz de permanecer en el tiempo; dos, avanzar significativamente en el terreno de la igualdad y la justicia social, remediando las profundas fracturas generadas por la crisis; y tres, resolver el conflicto territorial por la vía ardua del diálogo y la negociación entre fuerzas estatales y periféricas que crean en la posibilidad de acuerdo dentro del marco constitucional.

Ya se sabe que la alianza PSOE-UP plantea graves dificultades, no sólo políticas y coyunturales sino también ideológicas y de mayor calado, e incluso históricas. Podemos, cuyo populismo ha dejado hitos gloriosos que resultan difíciles de exportar a Europa, no es de fiar a pesar de la súbita conversión al constitucionalismo de Iglesias (que ha pasado de su afán de destruir el régimen del 78 a exhibir y enarbolar la Constitución en los debates), como lo prueba el hecho de que en la recién constituida Mesa del Congreso los dos representantes de Unidas Podemos hayan votado en contra de la suspensión de los diputados catalanes en prisión provisional (los textos legales que rigen en este asunto no pueden ser más expeditivos). Y ya se sabe que el comunismo leninista y la socialdemocracia se repelen instintivamente, como se vio con Anguita y González, a menos que IU caiga en menos de personajes realmente excepcionales como Llamazares, lo que no es el caso.

En cuanto a la inclusión del nacionalismo moderado en el bloque de apoyo al gobierno, las dificultades son si cabe mayores. El PNV mantiene con el PSOE una relación estable en Euskadi y no parece que vaya a haber problema en el Estado, pero el acuerdo con ERC, además de estar lógicamente supeditado al desenlace del ‘procés’ (asunto en que el Gobierno no tiene arte ni parte), encuentra dificultades, derivadas de la mitificación del conflicto, de sus intersecciones con el nacionalismo romántico, de la manipulación sentimental del asunto que sin duda introducirá maliciosamente el nacionalismo conservador, que es el que más tiene que perder en un hipotético arreglo.

Para que no se celebren nuevas elecciones, PSOE y UP deben ser capaces de elaborar un programa sólido

Dicho todo lo anterior, parece además posible que el PSOE y Unidas Podemos sean capaces de elaborar un programa socioeconómico con sólidos contenidos, coherente con la pertenencia europea –es decir, ajustado a los límites de déficit— y compatible con la buena salud de los mercados, que deben asegurarnos seguir por la senda del crecimiento económico.

De hecho, tenemos cerca un modelo de gobierno monocolor de izquierdas basado en unos pactos programáticos. En Portugal, a los 86 escaños del socialista Antonio Costa, primer ministro, se han añadido el Bloco de Esquerda (BE), con 19 diputados; el Partido Comunista de Portugal (PCP), con 15; y el Partido Ecologista Os Verdes (PEV), con 2.

Así el ejecutivo de izquierdas ha llegado a 122 escaños, la mayoría absoluta, frente a los 108 de la oposición conservadora, liderada por el Partido Social Demócrata (PSD) de Pedro Passos Coelho, que ganó las elecciones con 89 parlamentarios. El éxito de este gobierno, que tuvo que sacar a su país de un rescate de 78.000 millones de euros con dos millones de personas en riesgo de pobreza, ha sido señalado por todo el mundo, y augura su continuidad después de las elecciones generales que se celebrarán en este segundo semestre del año.

Las nuevas elecciones traerían un mejor resultado para el PSOE

No cabe duda de que la formación de un gobierno complejo es un gran engorro para Pedro Sánchez, que tendrá que embarcarse en una negociación a cara de perro dada la personalidad de Iglesias y la complejidad de cualquier entendimiento con los republicanos catalanes. Y si se piensa que todos los expertos afirman que el PSOE conseguiría magníficos resultados en unas nuevas elecciones, que serían la tumba de Ciudadanos y de Podemos (también favorecerían al PP), se entenderá que haya sectores del entorno de Sánchez que abonen esta tesis y traten de convencerle de que no se ande con contemplaciones si Unidas Podemos se excede en el regateo de ideas y cargos.

El sistema ha previsto esta posibilidad de repetición electoral si no se forma gobierno tras unas elecciones en un plazo determinado, y de hecho acabamos de asistir a uno de estos episodios en 2016, cuando Sánchez no logró formar gobierno junto a Rivera porque Iglesias cometió el más grave de sus errores históricos, y uno de los mayores en que ha incurrido la izquierda española en todo su dilatado devenir.

Pero en este caso, la posibilidad de constituir un gobierno es real si no se hacen prevalecer intereses menudos y triviales frente a los generales del país. Un país que necesita con urgencia –hay que insistir en ello— estabilidad, reconstrucción social y condiciones para proseguir con la modernización y el progreso, detenidos ambos por las vicisitudes del proceso político en los últimos tres años.

El PSOE no quiere un tira y afloja con Podemos

Los socialistas no están dispuestos a un dilatado tira y afloja con Podemos y Ferraz ya ha hecho saber que no habrá más negociación tras la primera votación de investidura. Como es sabido, el jefe del Ejecutivo en funciones anunció este miércoles que se reunirá el próximo 2 de julio con la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, para fijar la fecha del debate de investidura, e Iglesias, poco después, dio por hecho que ese intento será fallido, pero insistió en que al final habrá acuerdo, aunque haya que esperar dos meses y medio. O sea, hasta septiembre.

Como es sabido, el artículo 99 de la Constitución establece que a partir de la primera votación de investidura, se abre un plazo de dos meses para elegir nuevo presidente del Gobierno. Si transcurre ese tiempo y ningún candidato obtiene la confianza de la Cámara, entonces las Cortes se disolverán y habrá elecciones, que se celebrarán 47 días —y no 54, porque se trata de una repetición de las generales— después. Iglesias cuenta con que Sánchez se ablandará y admitirá ministros morados en su gobierno después del fracaso de julio; y eso es lo que niega el entorno de Sánchez, que por lo tanto augura que iremos a elecciones otra vez.

Las espadas están en alto, pero la sociedad de este país no se merece tan dilatado plazo de espera. Aunque el PSOE está en su derecho de ir a nuevas elecciones si es presionado en exceso después de haber ganado tan holgadamente las anteriores –siempre hay un riesgo porque puede haber imprevistos—, no tiene sentido que se mantenga la parálisis del país cuando ya se tiene una solución viable y posible al alcance de la mano. Incurrirían en grave responsabilidad los partidos que, por su inconsecuencia, jugaran a romper y no a construir, y sin duda los electores se lo echarían en cara con contundencia en las urnas.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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