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Podemos – PSOE: no hay razón para negarse a un pacto de legislatura

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Pablo Iglesias pacto PSOE

El pasado martes, en los días centrales de agosto, cuando la canícula extremaba su imperio veraniego, Podemos presentó un extenso, pormenorizado y redundante documento titulado “Propuestas para retomar el diálogo por un acuerdo integral de gobierno de coalición” que, en su propio enunciado, chocaba ya de frente con la posición manifestada por el Partido Socialista tras el fracaso de la investidura de Pedro Sánchez por el desacuerdo entre las dos organizaciones sobre un hipotético gobierno de coalición.

Como se recordará, en las patéticas postrimerías del debate, Pablo Iglesias nos sorprendió a todos cuando intentó mediante una pirueta in extremis salvar el pacto, un gran tesoro que había desdeñado irresponsablemente hasta entonces, con tal de gestionar las políticas activas de empleo (competencia exclusiva de las comunidades autónomas, por cierto), pero Sánchez ya no se avino a razones: el candidato manifestó con rotundidad que la confianza se había roto y que aquella posibilidad se había frustrado definitivamente.

Definitivamente para el PSOE, pero el partido Unidas Podemos —es decir, Pablo Iglesias— se aferró a la desesperada a aquel regalo que había dejado pasar ante sus ojos imprudentemente y que ya se alejaba sin posibilidad de retroactividad alguna. Había desperdiciado nada menos que una vicepresidencia y tres Ministerios, toda la visibilidad del mundo a su alcance, la respetabilidad institucional que otorga a una formación política haber alcanzado el gobierno del Estado por la encomienda de los ciudadanos.

Había desdeñado frívolamente pasar de ser un desclasado y un antisistema a un pilar del Estado de Derecho. El error había sido garrafal, y el líder puso a su gente a elaborar cuatro “escenarios” —siempre una vicepresidencia y tres ministerios— para “poner al PSOE entre la espada y la pared”. Fue inútil: en apenas unas horas, muy pocas, el equipo de Sánchez respondía displicente en un comunicado que ya no era posible una coalición y pedía, si acaso, otra forma de colaboración.

Desconfianza entre PSOE y Unidas Podemos

“La negociación realizada y la posterior votación parlamentaria han contribuido a acrecentar gravemente la desconfianza entre ambas formaciones”, decía literalmente la nota socialista, en la que también se subrayaban “importantes diferencias en cuestiones de Estado” entre ambos proyectos, “como es la crisis de convivencia en Cataluña”. Internamente, Unidas Podemos sigue mareando el asunto recurrente del referéndum de autodeterminación como atávico y sobrepasado derecho de los pueblos

Para hacer más sangre, el documento socialista se recreaba en el error de Iglesias y repasaba la negociación fallida, en la que Unidas Podemos rechazó aquella vicepresidencia de Asuntos Sociales, que sería para Irene Montero, y que implicaba la presidencia de la comisión delegada para coordinar todas las políticas sociales del Gobierno, con los contenidos de todas las áreas de Bienestar Social y Dependencia, incluido el Comisionado para la Pobreza Infantil, y también tres ministerios: Vivienda y Economía Social; Sanidad, Asuntos Sociales y Consumo. El argumento para no aceptar la propuesta —también lo mencionaba el documento socialista— fue que las carteras “estaban vacías de contenido”. Era la voz de Iglesias, como siempre clarividente en su diagnóstico

En cualquier caso, frente a la fragmentación que ha sugerido el modo de formular la insistencia de Podemos en controlar el área social, los socialistas defienden con más énfasis que antes “un único Gobierno, con una estructura de funcionamiento clara y eficaz que evite la existencia real de dos Gobiernos dentro del mismo Consejo de Ministros”, lo que excluye una coalición vacilante como la que se barajó.

UP: o elecciones o intentar un pacto de legislatura

Cerrado en fin el capítulo fallido de la coalición, Unidas Podemos puede encastillarse, en cuyo caso no tendría sentido hacer otra cosa que preparar las elecciones, o avenirse a intentar un pacto de legislatura. De hecho, en los últimos días, abierto ya el plazo constitucional de dos meses hasta la inexorable convocatoria de elecciones, Calvo, Ábalos, Lastra y el propio Sánchez reiteraron la posibilidad de que, descartada la coalición, se intentara avanzar por la ‘vía portuguesa’.

E incluso más recientemente, Moncloa lanzó una versión dulcificada de la propuesta que sugería un hipotético acercamiento en dos fases: primero, se firmaría para la investidura un gran pacto programático de legislatura; y más adelante, a medida que fuera desarrollándose la política gubernamental y parlamentaria y afianzándose la confianza entre los socios, Unidas Podemos entraría en el gobierno en términos parecidos a los de la negociación: una vicepresidencia social y tres departamentos ministeriales vinculados a ella.

Estas opciones no han tenido respuesta (o, mejor, sólo han recibido como respuesta la insistencia en la coalición). Lo que, en definitiva, conduce al mismo sitio: o Pablo Iglesias acepta el pacto de legislatura o de investidura sobre la base de un programa acordado y unos mecanismos que aseguren el cumplimiento de lo pactado, o vamos irremediablemente a nuevas elecciones.

La responsabilidad de Iglesias

Iglesias lleva sobre los hombros una gravísima responsabilidad en este asunto, ya que ha frustrado por dos veces un gobierno de mayoría socialista y una tercera podría ser para él inhabilitante. Pero también la minoría mayoritaria socialista y, en general, toda la clase política del país tendrían que dar explicaciones al electorado por esta incapacidad de traducir la voluntad popular en instituciones de gobierno.

Unas nuevas elecciones irritarán como es lógico a la opinión pública, que castigará a quienes considere culpables del desmán. Quizá, el castigo alcance más o menos indiscriminadamente a toda la clase política en su conjunto forma de clamorosa abstención. De cualquier modo, esto es jugar con fuego. Y con la buena voluntad de todos. Porque nos movemos en el terreno subjetivo de la movilización/desmovilización en el que ni siquiera las encuestas penetran con soltura.

La dificultad de Iglesias consiste ahora en cambiar una vez más de opinión y plegarse a la propuesta del Gobierno sin perder del todo la cara, sin hacer mucho el ridículo.

Pablo Iglesias, de Unidas Podemos

Argumentos para que Iglesias ceda

Hay varios argumentos a los que Iglesias pude aferrarse como coartada para ceder (algunos han sido enunciados estos días en los medios por los analistas, Zarzalejos entre ellos). Un primer argumento para pactar sería que las elecciones no resolverán probablemente el bloqueo actual —es de suponer que los ciudadanos mantengan sus convicciones durante al menos unos meses—, por lo que es absurdo apelar nuevamente a una opinión que ya se conoce.

Se aproxima una probable recesión, es inaceptable prolongar la inestabilidad política y económica sin que prime el interés general

Uno segundo, bastante realista, que se avecina una más que probable recesión (o cuando menos una ralentización), y es por tanto inaceptable prolongar la inestabilidad política y económica sin que prime el interés general. La ciudadanía ya expresó su malestar con el sistema de partidos cuando llegó la gran crisis del 2008 y las formaciones tradicionales fueron incapaces de prevenir el drama y de abordarlo con respuestas apropiadas. Es de suponer que ahora sucedería lo mismo si una recesión, o una severa desaceleración, nos afectara de lleno sin que los partidos hubieran llegado a entronizar un gobierno.

Uno tercero, que las comunidades autónomas, indignadas con razón, no pueden aguantar unos meses más con la infrafinanciación que les impide cumplir materialmente con sus obligaciones competenciales. Si no se actúa rápidamente, los servicios públicos, infradotados, no podrán prestarse, con las consecuencias que cabe imaginar.

Hay más razones para pactar, pero estos enunciados ya deberían ser suficiente para flexibilizar las posiciones. Veremos sin en la práctica cobra cuerpo lo que hoy parecería un prodigio.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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