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Democracia global: una inquietante cuesta abajo

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Ceguera y pesimismo

En el ambiente más o menos ilustrado y dinámico de este país, en el ámbito en que se mueven los actores relevantes de la economía, las circulaciones sociales y la política, en los circuitos profesionales de los medios de comunicación y de las tecnologías de la información, cunde desde hace algún tiempo un discreto, pero inocultable pesimismo. Muchos de quienes tienen y emiten opinión, pertenecientes a las diversas generaciones y casi sin diferencias entre ellas, piensan que algo falla en el devenir de este país. No estamos ni mucho menos al borde del abismo, ni tiene sentido alguno referirse a las incógnitas que nos plantea el futuro con dramatismo: como algunas opiniones ilustres han señalado, pese a las dificultades que nos incomodan, estamos históricamente en la cumbre, pertenecemos a la elite de la democracia global y nuestras deficiencias parecen sin duda sutilezas de familia rica a la mayor parte de los observadores que nos contemplan desde la globalización.

De cualquier modo, la naturaleza humana tiende a enfrentar las situaciones con escasa perspectiva histórica —de poco consuela a quienes hoy están mal saber que sus antepasados estuvieron todavía peor—, y el balance más generalizado hoy detecta síntomas de inocultable decadencia, que se basa en situaciones y en hechos objetivos. Las elites intelectuales han desertado absolutamente de la política activa, lo público está siendo gestionado con una penosa mediocridad, la sociedad experimenta una creciente sensación de desorientación y desgobierno, la inequidad profunda que ha generado la crisis y que no tiene visos de restañarse está extendiendo un evidente y extenso malestar, la credibilidad de los políticos profesionales es  totalmente nula (la corrupción y los escándalos de los másteres han hecho estragos) y hay mucha gente sumida en un descreimiento absoluto sobre la posibilidad de reorganizar la vida colectiva.

Es cierto que esta decadencia no es exclusivamente autóctona, y que está estrechamente relacionada con otros fenómenos similares: la descomposición política de Francia, con la ruina de los partidos tradicionales, disimulada por el surgimiento del indefinido Macron; el Brexit, un disparate promovido por sectores detestables de la sociedad británica, que se han valido del engaño para conseguir su objetivo; el auge de la extrema derecha y del populismo en Alemania e Italia; la deriva de los países del Este de Europa recién llegados a la UE; la victoria de un personaje excéntrico como Trump en los Estados Unidos; las crisis latinoamericanas, recién coronadas por la entronización de un racista como Bolsonaro en Brasil, precisamente un país que es racialmente mestizo y en el que la diversidad ha sido su principal seña de identidad…

Diferentes síntomas

Aquí, los síntomas de esa deriva han sido varios y sucesivos. Todo empezó con la reacción a la crisis económica, cuando la sociedad perpleja veía cómo se nos pretendía aplicar sin miramientos ni explicaciones la terapia del recorte y la austeridad tras un crash provocado por remotos y no tan remotos poderes políticos y económicos perfectamente identificables, y la gente salió a la calle a manifestar su más absoluta disconformidad con aquel planteamiento, que incluía el salvamento filantrópico de los bancos quebrados mientras se intensificaba geométricamente el número de desahucios de familias desintegradas que eran arrojadas al arroyo… Aquel movimiento del 15-M —15 de mayo de 2011—, que incluyó la toma popular de la puerta del Sol durante semanas, fue la representación plástica de una disidencia que ya no se detendría y que pondría en cuestión el régimen del 78: las formaciones tradicionales, que precisamente aquel mismo año se turnaban en la gestión de la crisis —el PSOE cedió el testigo al PP, y ninguno de los dos atinó con las recetas—, estaban fracasando en la tarea de preservar unos equilibrios de equidad, derechos sociales y libertades civiles que también formaban parte del pacto constitucional.

Aquel movimiento del 15-M —15 de mayo de 2011—, que incluyó la toma popular de la puerta del Sol durante semanas, fue la representación plástica de una disidencia que ya no se detendría y que pondría en cuestión el régimen del 78

De aquellas movilizaciones surgió Podemos, que se hizo visible en 2015 y que nació como la esperanza de regeneración —moral, intelectual, política— que el país necesitaba, pero el experimento ha resultado fallido. La compra pintoresca de la mansión del líder ha evidenciado que la nueva política no es más que más vieja política y su alianza con Izquierda Unida marca la continuidad dentro del decrépito sistema. Y más recientemente, la irritación social ante los últimos cataclismos —una moción de censura que ha echado del poder a quienes habían llegado a cotas inauditas de corrupción— y ante la evidencia de que la crisis no revierte para un significativo sector de la ciudadanía, ha derivado en el surgimiento de VOX, un partido de extrema derecha al que, según se ha dicho, no solo votan los fascistas sino también los más irritados con la situación. Los primeros síntomas de la “nueva era” son inquietantes: Vox exige eliminar las políticas de género para que no decaiga el machismo hispano, seguramente un de nuestros más preclaros signos de identidad.

El conflicto de Cataluña tampoco es ajeno a estas crisis, en muchas de las cuales el recurso al nacionalismo es una estrategia defensiva tendente a eludir las grandes tormentas de alrededor. En el fondo de la irritación catalana, que ha llegado a extremos paroxísticos y que ya tiene consecuencias irreversibles, están el mal gobierno español y el fracaso sistémico del Estado de las autonomías en algunos aspectos clave de su formulación original. Entre otras razones, porque no se ha sabido entender que los modelos políticos son dinámicos y deben avanzar y modernizarse con el paso de las generaciones.

Quien no vea en todo esto signos claros de decadencia, o es un iluminado o está ciego. Y no se advierte que quienes deberían ponerse al frente de la resurrección —los representantes legítimos de la ciudadanía, los actores sociales, la cátedra, la academia— se den por aludidos. El clima se parece al que describió la generación del 98 en los finales del siglo XIX, tras la pérdida de las últimas colonias. Ahora, lo que se nos escapa de las manos no es el territorio sino la forma generosa de convivencia que habíamos forjado en 1978.

Iberia 350
Antonio Papell
Director de Analytiks

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1 Comentario

  1. Excelente análisis, aunque no comparto el balance final. Como se dice en el artículo, en cuanto se toma distancia la perspectiva con la que se ve el país puede ser muy diferente. Todo progreso humano no es en lineal sino que está lleno de altibajos.

    Por dar solo un ejemplo, los muchos y diversos problemas a los que hace referencia el artículo, desde los casos de corrupción económica a los masters, han puesto a la vista de la ciudadanía como se estaba (y aún se está en muchos casos) gestionando el país, las instituciones, los partidos y muchas empresas (también los medios), sacándolos a la luz. Esto está elevando el nivel de exigencia a todos.

    ¿ Acaso alguien duda que en épocas anteriores no había similares o peores problemas ?, otra cosa es la información que se tenía sobre ellos. Ahora nos enfrentamos a un problema nuevo, la "infoxicación" y la manipulación de las redes, que necesitará su tiempo para ser gestionada mejor.

    Solo conociendo otros países y realidades más a fondo se aprecia mejor el nuestro, aunque uno de nuestros problemas es que como se vive muy bien por aquí (en general) cuesta mucho tomar esa dimensión y como somos tan críticos con nosotros, como los italianos pero sin llegar al nivel de los argentinos, demandamos el nivel al que han llegado los países líderes, con más tiempo y disciplina, al tiempo que vamos progresando, ciertamente a saltos.

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