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Vox, el gran factor de inestabilidad

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Abascal

En España, estamos abocándonos a un inquietante bloqueo porque la alternancia, tan natural en las democracias, se ha vuelto conflictiva: con la actual distribución de fuerzas, que parece bastante consolidada, el gobierno de la derecha no sería posible sin la cooperación de VOX, la formación de extrema derecha que se codea con RN de Le Pen en Francia, con AfD en Alemania, con La Liga italiana, con las formaciones neofascistas de Polonia, Hungría y otros países de la Europa del Este…

España ha llegado más tardíamente que otros países de nuestro entorno físico e intelectual a padecer el surgimiento de fuerzas antisistema de extrema derecha que cuestionan el ordenamiento constitucional, violentan determinados derechos humanos y se identifican con las fuerzas del Eje que perdieron la Segunda Guerra Mundial y cuyo rescoldo pervivió en España durante la dictadura franquista.

La personalidad potente de Fraga consiguió en un principio que la derecha se mantuviera unida bajo el paraguas constitucional; a posteriori, la mayor debilidad de los liderazgos y sobre todo la gran crisis 2008-2014, que desacreditó a todos los actores políticos, promovió una caída de los apoyos a las dos formaciones que en España conformaron el bipartidismo imperfecto.

Y en un movimiento que parece ser irreversible, aquel bipartidismo se ha trocado, a escala estatal, en pluripartidismo. Y en la derecha conviven ahora el PP y VOX, en agria rivalidad.

Este proceso ya ha tenido una consecuencia institucional rotunda: el PSOE y Unidas Podemos –fruto de la integración de Podemos y de Izquierda Unida— han formado la primera coalición de gobierno de la democracia, que ha de gobernar además buscando apoyos puntuales de la izquierda periférica y de otras organizaciones políticas. Vox, por su parte, ocupa el espacio de extrema derecha, con la particularidad de que en Europa democrática los partidos de este signo no son admitidos a los pactos de gobierno ni a las coaliciones de poder.

Cordón sanitario ineludible

Hay muchos argumentos para justificar este cordón sanitario, pero prima el histórico sobre todos los demás: la ultraderecha europea tiene sobre sus espaldas no solo la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, que Hitler provocó, sino también el Holocausto, la mayor indignidad que ha cometido la humanidad. Lógicamente, esta proscripción, que es un hecho en toda la Europa adulta, empezando por Alemania y Francia, dificulta a la derecha democrática española llegar al poder.

El PP tiene ante sí el dilema, todavía irresuelto, de pactar o no con Vox; gobierna con la ultraderecha en algunas instituciones, en tanto Casado ha efectuado duras manifestaciones para diferenciarse del grupo ultra, pero nadie ve que el PP pueda gobernar el Estado si no acepta la complicidad de VOX. En estas circunstancias, la pregunta que flota en el ambiente, que desorienta a muchos liberales, que bloquea el progreso político y que fuerza la PP a adoptar posiciones difícilmente inteligibles es esta: ¿Por qué el PP no puede pactar con la extrema derecha si el PSOE gobierna con la extrema izquierda?
 

Carillo y el Partido Comunista

De nuevo, urge regresar a la historia para entender que esta interrogación es un sofisma. Lo que en España se denomina con más o menos acierto extrema izquierda, que pivota en torno al Partido Comunista, no solo no ha dificultado la implementación de nuestro marco de convivencia, la Constitución, sino que fue pieza clave tanto para su elaboración como para el éxito del proceso de transición a la democracia, gracias al esfuerzo, al patriotismo y a la valía personal de Santiago Carrillo.

La colaboración del PCE en la plasmación de las iniciativas emprendidas por el rey Juan Carlos avaló internacionalmente la maniobra, aseguró la reconciliación pacífica entre españoles —el PCE clamaba por ella desde los años cincuenta— y contribuyó a la superación del conflicto, en contra de los sectores ultras del ejército y de la sociedad que pretendían impedir aquel progreso y que trataron de interrumpirlo varias veces por la fuerza, en particular aquel infausto 23-F de 1981.

El PCE, después Izquierda Unida al aglutinar en su torno a otras formaciones de parecido signo, en ningún momento ha puesto en duda el espíritu constitucional progresista que anima nuestra Carta Magna; el más flamígero de sus dirigentes, Julio Anguita, luchó toda su vida por la implementación íntegra de todo el texto constitucional, cuyos mandatos mas sociales todavía están por cumplirse.

Es, en definitiva, inicuo comparar al PCE con las fuerzas reaccionarias que trataron de que abortara el nuevo régimen, como lo es reducir el comunismo al estalinismo ignorando el eurocomunismo de los años sesenta que en Europa ya renunció a cualquier forma de totalitarismo. Por ello, es vano el empleo de equiparar, siquiera en abstracto, a quienes están a la izquierda del PSOE con quienes militan a la derecha del PP. No hacen falta más pruebas si hay voluntad de entenderlo.
 
En Francia, en las elecciones presidenciales de 2002, llegaron a la segunda vuelta Jacques Chirac, del centro derecha (RPR) y Jean Marie Le Pen, del partido de extrema derecha Front National (FN). Aquel obtuvo en primera vuelta el 19,88% de los votos y este el 16,86%. En la segunda vuelta, Le Pen subió menos de un punto (hasta el 17,79%) y Chirac se elevó hasta un porcentaje insólito, el 82,21%.

 

Toda la izquierda, desde el Partido Socialista al PCF, votó a Chirac, el candidato conservador. Lo hizo, en muchos casos, con la nariz tapada, pero había que salvar la democracia de las garras del populismo ultra, xenófobo, racista, homófobo.

En Alemania, la derecha socialcristiana ha preferido grandes coaliciones con los socialdemócratas a entenderse con el neonazismo.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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