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Javier Angulo: “El cine español tiene gran calidad pero un modelo inadecuado de financiación”

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Javier Angulo: “El cine español tiene gran calidad pero un modelo inadecuado de financiación” 1

ENTREVISTA A JAVIER ANGULO

Director de la Seminci

Javier Angulo Barturen (Bilbao, 1949) es periodista y crítico cinematográfico. Con una dilatada experiencia profesional en sus espaldas, como redactor de El País y fundador de la revista Cinemanía, ha sido jurado en festivales internacionales de cine como Montreal y miembro de la Academia del Cine Europeo. Desde 2008 es director del Festival Internacional de Cine de Valladolid (Seminci). ANALITYKS ha tenido ocasión de conversar con él sobre el cine de autor, la próxima Seminci y su visión sobre el séptimo arte.

-La Seminci, que va a cumplir su 61 edición, es un certamen que comenzó siendo un festival sobre cine religioso y de valores humanos pero que ha tenido siempre muy presente el cine independiente y de autor, un concepto hoy en día en cuestión, tanto conceptualmente como en lo relativo a la programación de películas más comerciales en muchos certámenes. ¿Cómo definiría el llamado cine de autor? ¿En qué medida la Seminci contribuye a su difusión en España?

-En Estados Unidos se denomina “cine artístico”, en otros sitios se le ha llamado de otras maneras. Para mí, el cine de autor tiene varias características: casi siempre coinciden el director y el guionista, también hay una gran diferencia respecto de lo que ocurre en Estados Unidos, donde el productor casi siempre se reserva el llamado final cut, mientras que en el llamado cine de autor, éste tiene pleno control sobre todo el proceso creativo (guión, plan de rodaje, montaje final…). En Estados Unidos eso ya marcaría la diferencia entre una película comercial y de autor. Además, este cine busca siempre innovar, toma riesgos, no usa atajos, apenas hace uso de los efectos especiales, cuenta historias muy directas a los sentimientos del espectador, busca conmover y huye de lo previsible. Es un cine donde el autor busca más expresar su visión de la realidad que conseguir la aprobación del público. El cine de autor sigue existiendo, lo que ocurre es que hay algunas grandes producciones de estudio que, aun siendo muy comerciales, tienen claros rasgos autorales, porque el director y guionista se ha impuesto hasta el final, marcando su territorio. Es lo que ocurre con cineastas como Spielberg o Scorsese.

La Seminci, casi desde el principio, ha sido un festival de cine de autor. Bien es cierto que la mayoría de los festivales del mundo nacieron como obra de los comerciantes y de los responsables locales de turismo para prorrogar las temporadas turísticas, en Cannes, Venecia, San Sebastián y también Valladolid. Para lograrlo, tuvieron que ir a buscar a quien les hiciera la programación de las proyecciones. ¿Con quién dieron? Pues con los responsables de cine clubs, en un momento en que en Europa estaban en pleno auge los llamados nuevos cines, como la nouvelle vague, el free cinema inglés, el nuevo cine alemán nacido del manifiesto de Oberhausen etc. Por todo ello, casi desde el principio se impuso una determinada forma de hacer cine que estaba triunfando en Europa en aquellos momentos. Un cine de autor en el que lo importante era la mirada particular de la realidad del cineasta-autor. Esto también sucedió aquí, en la Seminci, con las limitaciones socio-políticas derivadas de la situación de entonces en España. Yo, desde que me hice cargo de la dirección del festival en 2008, siempre dejé claro que quería mantener sus señas de identidad, pero abriendo un poco la mano en cuanto a películas que consideraba que podían estar en el límite de esa definición del cine de autor. Introduciendo algunas comedias, con las que enganchar a cierto público. No obstante, en la Seminci seguimos apostando por películas que se mueven en los parámetros clásicos del llamado cine de autor. Algunas pueden resultar comerciales también, por ejemplo la Espiga de Plata (segundo premio) de la pasada 60 edición, Mustang ( Deniz Gamze Ergüven, 2015), que es claramente una película de autor, en la línea de las Vírgenes Suicidas de Sofia Coppola, ha resultado tener éxito comercial. Nosotros seguimos apostando por el cine de autor, entre otras razones, porque está casi desaparecido, no ya sólo en los cines, sino en las propias televisiones. Si festivales como la Seminci no son escaparate de otro tipo de cine, entonces estamos perdidos. Estaríamos en manos de las grandes productoras y del cine comercial de Hollywood. Este festival, por lo tanto, tiene una intención clara de mantener vivo ese otro cine poco rentable, heredado de la tradición de los años 50 y 60.

-Una de sus grandes apuestas ha consistido en potenciar el cine español. Todos los años el festival cuenta con la sección Spanish Cinema, donde se recoge lo mejor de su producción durante el último ejercicio. ¿Cómo cree que ha contribuido la Seminci a la difusión del nuevo cine español?

-Cuando llegué al festival, el cine español se proyectaba a través de Spanish Cinema. Sin embargo, he querido darle una mayor proyección con la creación de nuevas secciones, como Doc España, para proyectar documentales nacionales, que quizás no tengan el nivel para competir en la sección principal del cine documental del festival, Tiempo de Historia, pero que merecen una oportunidad. También he creado otra sección, Castilla y León en largo, con el fin de la dar una oportunidad para que se conozca a los nuevos talentos de la zona. He querido además hacer una apuesta especial por el cine español. Durante toda mi trayectoria profesional como periodista fundador de publicaciones señeras, como Cinemanía, siempre he tenido muy presente la difusión del cine español. De hecho, Cinemanía dio la primera portada a Penélope Cruz, Javier Bardem, Pilar López de Ayala o Paz Vega. La Seminci se ha inaugurado con películas españolas como También la Lluvia (2010) de Icíar Bollaín y se ha clausurado con Nadie quiere la noche (2015), la última película de Isabel Coixet. Independientemente de que festivales como la Seminci o San Sebastián estemos haciendo una gran labor de difusión del cine español, que es un cine de gran calidad que sólo tiene un problema de crisis estructural, derivado de un modelo inadecuado de financiación. Los técnicos españoles están trabajando en Hollywood con total naturalidad, se han ganado Oscar de interpretación, dirección y de carácter técnico, cosas que antes eran impensables. Creo que no se puede pedir más para un país de producción pequeña, unas 120 películas al año.

-Otra sección clásica, que se había perdido, es la retrospectiva sobre el cine de cinematografías emergentes, recuperada durante su gestión. De hecho, para la 61 edición está programada una sobre el nuevo cine chileno surgido tras la era Pinochet y ha apuntado que cinematografías como las escandinavas siempre han sido de su interés. Ahora que está tan de moda ese cine que apuesta por la comedia negra, el drama, el thriller… ¿Cómo ve el nuevo cine escandinavo que viene a reemplazar a los grandes nombres históricos como Dreyer, Mollander, Bergman o Roy Andersson?

-El año pasado el país invitado fue Finlandia pero los grandes premios se los llevaron los islandeses. La película ganadora de la Espiga de Oro fue Rams (Grímur Hákonarson) y el premio a la mejor interpretación fue para el actor islandés Gunnar Jónsson por su entrañable papel en Virgin mountain, también premiada en Tribeca en 2014. El norte de Europa se está haciendo un cine espléndido, un cine muy personal, con unas características muy propias de luz y de color y con un sentido del humor muy especial, ya que allí se tiene un sentido de la vida muy distinto al de los países del sur. Es cine que me encanta, me parece muy sobrio pero a la vez muy bien hecho. La idea al recuperar al ciclo de país invitado era tomar el pulso a las cinematografías de nuestros entornos para ver cómo están. Por aquí ha desfilado el cine brasileño, del que hicimos una retrospectiva coincidiendo con el boom del país con la llegada del presidente Lula da Silva; también nos acercamos al cine mexicano actual de Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu o Luis Mandoki. Suecia ha estado presente, con el cine que se ha hecho en ese país en lo que llevamos de siglo XXI, así como el cine emergente marroquí, país que ganó la Espiga de Oro con la notable película Los caballos de Dios (Nabil Ayouch), sobre las raíces profundas del yihadismo. Turquía igualmente, hace un par de años. Estamos intentando mostrar cinematografías casi siempre buscando una referencia de los últimos 20 ó 25 últimos años y poniéndolas en contexto con su historia, a través de la edición de una serie de publicaciones. Este año tenemos como país invitado a Chile. A mí me parece que el cine chileno, dentro del cine latinoamericano, es quizás la gran sorpresa de los últimos años. Están haciendo un cine muy potente y lo que hemos querido es ofrecerlo precisamente desde la recuperación de la democracia, ya que se notan mucho los cambios sociales y políticos que han ocurrido. Para el futuro tenemos previsto acercarnos al nuevo cine coreano y ya estamos en conversaciones, porque esas cosas no son improvisan.

“Si se empieza a ver cine y a reflexionar sobre el cine en las escuelas, es muy probable que esos chicos se acerquen a las salas durante todo el año”

-Criaturas suyas como apartados del festival son son Miniminci y Seminci Joven, ciclos que se enmarcan en un intento por acercar la experiencia estética de acudir a una sala de cine a las generaciones más jóvenes, más acostumbradas a consumir otras formas de ocio y además en un momento donde la exhibición clásica del cine parece estar en crisis. ¿Cómo ha resultado esta experiencia?

-Es mi gran orgullo, realmente yo no concibo el futuro sino es con esos nuevos públicos, de los que todo el mundo habla pero que son difíciles de definir. Se trata de empezar con chicos desde los siete años y acostumbrarlos a ir al cine. Miniminci se dirige a chicos entre siete y 12 años, a los que no les ponemos nada de Disney. No tengo nada contra el cine comercial infantil, pero preferimos acercarlos a otro tipo de cine, muchas veces casi de autor, para empezar a mostrarles un cine un poco distinto. Seminci Joven se dirige a un público entre los 13 y los 17 años. En este caso se trata de películas que se están proyectando en la sección oficial o en punto de encuentro, primeras y segundas películas de nuevos directores. Tengo claro que si se empieza a ver cine y a reflexionar sobre el cine en las escuelas, es muy probable que esos chicos, en cuadrilla, se acerquen a las salas durante todo el año. Una de las cosas que nos estamos encontrando, que es impresionante, es que en salas como el auditorio Miguel Delibes, con capacidad para 1200 niños, hay en algunos pases más de un 60 % de niños que jamás habían acudido a una sala de cine. Niños que sólo habían visto cine en una tablet, en el ordenador o en la televisión de casa. Esto es algo terrible. La histeria, la excitación que sienten esos niños cuando ven esa imagen y oyen ese sonido surround es indescriptible. Se trata de una experiencia muy seductora para ellos. La segunda parte en la que trabajamos mucho con los profesores de los chicos es que hablen sobre la película luego en sus clases. Si los chicos se atreven a opinar es que empiezan a tener un cierto criterio y eso crea afición y gusto por el cine, recuperando esa faceta educativa que tenía, que me parece esencial para mantener el cine muy vivo. Estamos metiendo 16.000 niños en ocho días, tanto de colegios públicos como privados. Este año queremos llegar a los 20.000. Además, queremos prolongar, si podemos encontrar financiación, los pases durante todo el año. La idea es hacer presentaciones sobre el mundo del cine en los propios colegios para permitir que los chicos nos hagan preguntas sobre el cine y todo lo que le rodea.

-La principal diferencia que se observa entre los festivales estadounidenses y los europeos reside en la forma de financiación. En Europa es básicamente pública, mientras que en Estados Unidos se trata de financiación privada, a través de fundaciones y de publicidad. No obstante, en Europa cada vez se va abriendo más paso la financiación privada por medio de leyes que permiten deducciones fiscales para quienes apoyan actividades culturales y gracias a una mayor inversión publicitaria. En Seminci se ha intentado involucrar a la empresa privada, fundamentalmente al sector vinícola, muy vinculado a la provincia de Valladolid. ¿Cómo ha sido esta experiencia?

-En Estados Unidos hay grandes festivales de cine, como Sundance, a los que admiramos profundamente. Yo me estudio con lupa Sundance, antes y después, busco películas que se han proyectado allí, en Berlín, en Cannes y donde pueda encontrarlas, porque para mí son garantía de calidad y un ejemplo de organización. Sundance empezó como una iniciativa personal de Robert Redford, pero se ha profesionalizado al máximo, con una gestión empresarial envidiable y al mismo tiempo manteniendo una frescura y una gran independencia creativa. Aquí en España es muy difícil invertir en cultura. Con una desgravación fiscal del 18%, pocas empresas se animan, cuando en la mayoría de los países de Europa ronda el 50%, 60% o incluso el 100% para las coproducciones de películas en México. En España, por lo tanto, la inversión privada casi no llega al cine, ni tan siquiera a la organización de los festivales. También, como consecuencia de la grave crisis económica, la inversión pública ha disminuido notablemente y no hay previsión de que la tendencia se vaya a revertir a corto plazo. No hemos logrado compensar esa disminución en la financiación pública con inversión privada. La Seminci maneja un presupuesto de 2,3 millones de euros, de los cuales el Ayuntamiento de la ciudad aporta más de un millón. El resto es financiación privada, pero las empresas no se animan a invertir mucho más por las insuficiencias de la actual ley de mecenazgo. Sin cambios en la legislación va a ser muy difícil poder mantener instituciones culturales como ésta, porque aquí no hay tradición tampoco de inversión privada en la cultura. Es muy puntual y sobre todo destinada al deporte de masas. No hay esas fundaciones que existen en los Estados Unidos y que soportan un gran festival, escuelas de cine…

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-Otro problema que se está encontrando la Seminci es la proliferación de festivales de cine que compiten por el mismo espacio, cercano al cine de autor, como pueden ser el festival de cine independiente de Gijón o el festival de cine europeo de Sevilla. ¿Qué nota distintiva sigue manteniendo la Seminci con respecto al resto?

-La verdad es que de alguna manera pescamos todos en las mismas aguas. Después de San Sebastián, que es categoría A de Fipresci, nosotros nos movemos en el nivel de Locarno y Karlovy Vary. Ahí también están Sevilla y Gijón, que también programan, con ciertos matices geográficos, cine de autor. Nosotros tenemos la ventaja de la antigüedad, del prestigio, de la credibilidad ganada durante muchos años. Nosotros, por ejemplo, no pagamos por derechos de exhibición de las copias, los otros festivales sí pagan. Consideramos que después de 60 ediciones tenemos suficiente prestigio para que su película tenga un retorno publicitario por proyectarse aquí. Además, cuando algún distribuidor me ha pedido dinero, yo le he dicho “te voy a mandar la cuenta de lo que me cuesta a mí programar tu película en prime time a las ocho de la tarde en un gran teatro, como es el Calderón, con todo el aparato de prensa y me vas a deber dinero tú a mí”. Este invento de pedir dinero a los festivales por derechos de exhibición es relativamente reciente. Antes no se pedía, porque los productores y distribuidores entendían que parte de la promoción de la película se la estaban haciendo los festivales. Además, acabar pagando por la exhibición de una copia, cuando los festivales no tenemos afán de lucro y somos deficitarios, me parece un despropósito. Mientras me pueda resistir, me voy a oponer claramente. Yo respecto mucho Gijón y Sevilla, de alguna manera en ambos su éxito tiene que ver con José Luis Cienfuegos, quien primero subió Gijón a un primer nivel y ahora se encarga de la dirección del festival de cine europeo de Sevilla. Se trata de festivales que buscan seleccionar el mismo tipo de películas que nos interesan a nosotros y de alguna manera nos las disputamos. Creo que seguimos teniendo un poco más de prestigio y de predicamento. Somos indiscutiblemente el segundo festival de cine de España, después de San Sebastián. Tuvimos 88.000 espectadores, tres grandes sedes, un gran equipo organizativo. El Observatorio de la Cultura en su último ranking de instituciones culturales españoles sólo sitúa dos festivales en su listado: San Sebastián y la Seminci.

-Entre el público español todavía subsiste una visión estereotipada del cine estadounidense como un cine exclusivamente de grandes producciones surgidas de Hollywood y de escaso valor artístico. Sin embargo, el cine independiente americano cada vez se abre paso con más fuerza y, de hecho, festivales que allí programan ese tipo de cine como Sundance y Tribeca cada vez suscitan mayor interés. ¿Cuál es su opinión del cine independiente que se hace hoy en día en Estados Unidos? ¿Qué puede aportar al cine europeo?

-Nos aporta mucho, Sundance me merece el mayor de los respetos. Tribeca es otro festival que me gusta mucho: aunque con una parte más glamourosa, proyecta grandes películas de autor y tiene unos documentales increíbles y muy críticos con la realidad, no sólo americana sino también global. Son festivales donde se proyecta con mucho tino y se asumen grandes riesgos y apuestas. No hace falta más que tirar de hemeroteca para darse cuenta de la gente que ha salido de Sundance como Steven Soderbergh o la productora Miramax, que estuvo afincada en el barrio de Tribeca en Nueva York y que revolucionó el cine indie americano en los 90. En la actualidad, el llamado cine independiente americano tiene muy buena taquilla en los Estados Unidos. Para nosotros, Sundance es el modelo. Si tuviera que firmar un acuerdo de colaboración con un festival de cine independiente , lo haría con Sundance sin dudarlo. Lo admiro mucho, no tienen complejos, asumen riesgos. Tribeca juega entre el glamour y el cine independiente, pero también es un festival del que salen grandes cosas.

-Precisamente, para esta próxima 61 edición, la Seminci tiene prevista una retrospectiva completa del cineasta indie Richard Linklater…

-Sí, tendremos toda su filmografía completa, desde las películas más conocidas y exitosas como son Boyhood, rodada a lo largo de 12 años, la trilogía protagonizada por Ethan Hawk y July Delpy (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight), sus trabajos para televisión, cortos y un documental, Richard Linklater. Dream is Destiny, dirigido por el periodista Louis Black, fundador del festival SXSW.

-¿Habrá mucho cine estadounidense en la 61 edición, en la línea de las magníficas películas ya programadas en otras, como Whiplash (Damien Chazelle, 2014), Little Feet (Alexander Rockwell, 2014) o Night Moves (Kelly Reichardt, 2013)?

-Todos los años hay siempre dos o tres películas estadounidenses en cada sección. No tengo complejos con el cine de aquel país. Se trata de un cine espléndido, con muchas películas comerciales pero también grandes obras. A nivel documental, se está haciendo un gran documental de autor, que cuenta lo que no reflejan las grandes cadenas de televisión. Por ejemplo, Shadow World (Johan Grimonprez, 2016) es un documental muy crítico con el negocio mundial de las armas. Ese nivel de compromiso y crítica ya lo quisiéramos en Europa. Un español haciendo este documental tan corrosivo, tendría problemas. Ahora mismo, el cine estadounidense puede exportar, como cine de autor, lo que quiera y todos los programadores europeos están pendientes de qué pasa cada año en Sundance, que es el gran comienzo de la temporada.

“Sin cambios en la legislación va a ser muy difícil poder mantener instituciones culturales como ésta, porque aquí no hay tradición de inversión privada en la cultura. Es muy puntual y sobre todo destinada al deporte de masas”

-La Seminci es un festival que tiene fama de contar con uno de los públicos cinéfilos más exigentes del mundo. De hecho, es frecuente que se critique al festival, bien por ser continuista y traer siempre los mismos grandes nombres (Kaurismaki, Schlöndorf, Von Trotta, Ken Loach…), bien por traer propuestas bastante controvertidas y de calidad más discutible como Undeva in Palilula en 2012, Papusza en 2013, El Arca de Noé en 2014 o Incidencias en 2015, por citar algunas de las películas más pateadas de las ediciones más recientes del festival. ¿Le parece bien que se pateen películas en la Seminci?

-Desde luego, aquí en Valladolid hay paladar de cine. En este festival se ha visto muy buen cine durante muchas generaciones y la gente se ha acostumbrado a ver muy buen cine y bien proyectado. Entiendo que se pueda patear en un determinado momento una película si no se comprende por qué demonios se ha programado. Lo que no me parece bien es que se produzcan pateos por fallos técnicos puntuales durante una proyección (problemas con el subtitulado, que se queme una lámpara del proyector…). Yo he visto cosas similares en grandes festivales como Berlín, allí la gente ni se inmuta y espera pacientemente a que se reanude la proyección. ¿Quién va a querer desde la dirección de un festival estropear deliberadamente una proyección? Esa parte del pateo es la que no me gusta en absoluto. Respecto a la oportunidad o no de la programación, respeto la divergencia de pareceres. En cualquier caso, desde que estoy a cargo del festival, no he notado tantos pateos. Será que las nuevas generaciones de cinéfilos son menos extremas y más tolerantes con otras visiones del hecho cinematográfico. Soy periodista de profesión, siempre me he movido en el mundo del cine y nunca he entendido que los periodistas practiquen el pateo. Creo que tienen otros cauces, ya sea escribiendo o expresando su opinión en los medios para los que trabajan, para expresar su opinión negativa sobre una película. De hecho, cuando he ido como periodista acreditado a festivales como Cannes, nunca me ha gustado ver las películas con otros colegas, siempre he preferido acudir a sesiones con público para ver cómo reacciona ante la película, para mí ésa es la verdadera referencia.

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