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Pablo Simón: “El signo de los tiempos es el del colapso del bipartidismo”

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A lo largo de la vida surgen acontecimientos que impulsan un cambio en nosotros. Nicolás Maquiavelo (1469-1527), ya como secretario de la segunda cancillería florentina, presenció de primera mano cómo César Borgia colgaba en la plaza de Cesena el cuerpo cortado en dos de su lugarteniente, Ramiro de Lorca. El mensaje que de esa manera trasladaba el hijo del papa Alejandro VI fascinó al brillante y joven Maquiavelo. Desde ese instante, se afirma en él la tendencia a sacar de los acontecimientos políticos concretos una lección de carácter general. En 1513, Maquiavelo, tras media vida al servicio de la ciudad, se sumerge en el mundo de las letras. Alguna de sus obras, posiblemente más citadas que leídas, también provocaron un cambio en alguien, en concreto, en Pablo Simón.

Además de uno de los politólogos con mayor prestigio del panorama comunicativo, Pablo Simón es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y fan de La Guerra de las Galaxias. El arnedano comenzó a engendrar su clarividencia yodiana a los 15 años, cuando leyó por primera vez El Príncipe de Maquiavelo. Hoy, más de tres lustros después de aquella iluminación renacentista, el politólogo que un día quiso ser historiador le rinde homenaje con la publicación de El Príncipe moderno. Democracia, política y poder, una obra en la que señala los puntos clave de nuestra historia reciente y nos explica cómo y por qué hemos llegado a esta situación.

Antes de entrar en faena, Simón nos apunta dos curiosidades. Por un lado, que prefiere el sistema de gobernanza de Star Trek, la Federación Unida de Planetas, a pesar de que ha escrito con precisión cirujana sobre los entresijos de Star Wars; por otro, que de momento no se ha visto seducido por el ‘lado oscuro’ de la politología, militar en un partido y llegar a obtener un cargo: «Me parece una actitud noble y grata, pero no estoy hecho para eso. Mi carácter no encaja».

En el libro dices que nuestras instituciones pueden no estar adaptadas para la creciente fragmentación y volatilidad de nuestras sociedades. ¿En qué puede desembocar esa inadaptabilidad?

Yo creo que puede desembocar en dos cosas. En el momento en que no tenemos nuestras instituciones adaptadas para un contexto multipartidista, o con grandes cambios en la oferta política, los outputs que puede generar tu sistema son peores o inexistentes. Una prueba evidente es que, por ejemplo, en Cataluña, desde el año 2012 hasta hoy prácticamente no se gobierna; en España, desde el año 2014 hasta hoy, la producción legislativa es bajísima, las reformas estructurales han sido casi nulas. Todo esto viene dado porque no tenemos un hardware institucional preparado para trabajar con mayorías de gobierno más precarias. Estamos acostumbrados a un sistema bipartidista o de bipartidismo imperfecto, lo que, evidentemente, distorsiona el rendimiento.

Por otro lado, en el momento en el que no se generan rendimientos políticos comienza a surgir en los votantes una sensación de frustración y desafección hacia el sistema porque los gobiernos no son capaces de conseguir que las demandas que ha realizado la gente se canalicen a través de las instituciones políticas. Esto vuelve a nuestro sistema institucional –y a nuestro sistema democrático– mucho más vulnerable. En el momento en que el sistema no es capaz de autorregenerarse, no es capaz de hacer las reformas que tiene pendiente en términos económicos e institucionales, se abre una ventana de oportunidades para que los ‘arribistas’, extremistas u oportunistas puedan llegar al poder. Y esto no es algo nuevo en nuestros sistemas políticos. Porque la historia del colapso de las democracias latinoamericanas es este: sistemas que son incapaces de regenerarse y caen por sí mismos. Cuando ves, por ejemplo, la situación en Italia o en Grecia, vemos que su situación tan precaria conecta mucho con la incapacidad de su sistema político para regenerarse, y eso es lo que nos tiene que preocupar en el medio y largo plazo.

¿Tiene sentido hacer una reforma constitucional?

El problema de la reforma constitucional en España conecta con el hecho de que hay dos dialécticas enfrentadas. Por un lado, la idea de que no podemos tocar el pacto de 1978 porque nuestra sociedad no está preparada y, por lo tanto, no era un punto de inicio sino un punto de final, es decir, una obra acabada y perfecta; y del otro lado, aquellos que lo que plantean es la retórica de la impugnación, es decir, una suerte de pecado original en torno a todo lo que se hizo hace 40 años. Solo quitándonos esa coraza de encima podremos cambiarlo.

No somos capaces de llevar a cabo una reforma porque no sabemos qué queremos cambiar

P. Simón

Yo lo que creo es que la dificultad de reforma no está en la falta de consenso, porque el consenso es el punto de llegada, no el de partida: no tiene ningún mérito hacer reformas cuando todo el mundo está de acuerdo. La razón por la que no somos capaces de llevar a cabo una reforma es, precisamente, porque, secuestrados entre esas dos dialécticas, no somos capaces de aclarar qué cosas queremos cambiar y en qué sentido queremos hacerlo. No he escuchado ningún debate sereno sobre cómo reordenar nuestro sistema autonómico, cómo ordenar esas competencias, cómo cambiamos el Senado (si queremos hacerlo realmente). Hay muchas cosas que podríamos cambiar si nos aclaramos, pero de momento no somos capaces de afrontar ese debate. Pero incluso si lo llevamos a una dimensión menor, comprobamos que una gran cantidad de las reformas importantes que requiere nuestro país no necesita una reforma constitucional: basta con 176 diputados y una ley orgánica en educación, reforma laboral, sistema de bienestar… se me ocurren infinidad de reformas que podemos afrontar dentro del propio corsé de la Constitución. Sin embargo, no queremos hacerlo porque hay como una incapacidad de buscar mayorías de gobierno que planteen reformas de medio plazo. Y eso es algo que deberíamos ser capaces de hacer, porque si algo nos pasa, y esto es una frase de Iñaki Gabilondo, es que ‘España es una nación que, si no es la primera, solo se conforma con ser la última’. No somos capaces de hacer un debate ponderado sobre las cosas que hemos hecho bien y sobre las cosas que tenemos que mejorar. Y yo creo que esto nos paraliza mucho.

¿Sería una mala idea entonces plantear seriamente el debate entre monarquía y república?

Tengo la impresión de que, evidentemente, hay una doble brecha respecto al apoyo de la monarquía, aunque no tenemos datos, ya que el CIS no pregunta sobre este asunto. Pero yo estoy convencido de que hay una fuerte brecha tanto territorial como generacional: por un lado, los jóvenes son más republicanos que los mayores porque no están vinculados al discurso de la Transición; por otro, en término territorial, Cataluña, Euskadi o Navarra seguro que tienen posiciones más contrarias a la monarquía que el conjunto del territorio.

El problema es que este debate, en el fondo, tiene un punto de esterilidad por una razón, y esto interpela un poco a Podemos. El primer Podemos apuntaba hacia la gente que mandaba en España; el segundo se mete solo con la única figura que no manda nada, que es la del rey. La figura de la Jefatura de Estado es algo que, como reforma, es perfectamente planteable, pero el problema es que detrae nuestros esfuerzos de unos debates que son urgentes ahora mismo y que conectan con la brecha generacional, el cambio demográfico, la sostenibilidad energética e incluso son debates que en un contexto en el que la extrema derecha ya ha conseguido representación en España, caducan por sí mismos porque, a la hora de la verdad, los retos más inmediatos de país son otros, no este. Por supuesto, es algo que se puede plantear, pero no está interpelando a los problemas de fondo que nos han llevado a la crisis estructural que tenemos ahora mismo y que conecta mucho con las profundas huellas de malestar que nos ha dejado la recesión.

El debate monarquía o república no interpela a los problemas de fondo que nos han llevado a la actual crisis.

P. S.

¿Resolvería una reforma federal la crisis territorial?

Es federalismo es una palabra mágica. Se habla de ‘reforma federal’ y nadie me la concreta. Porque hay tantos federalismos como países. Existe el federalismo austríaco, en el cual los länder tienen menos poder del que tienen nuestras comunidades autónomas; federalismo como el estadounidense, donde tienen hasta pena de muerte en unos territorios sí y en otros no; federalismo cooperativo, como el alemán, en el cual los dos niveles de gobierno, el federal y el subfederal, están implicados en la toma de decisiones; modelos como el canadiense, en el que cada provincia tiene total autonomía. Lo que yo pregunto es: ¿qué federalismo queremos?

No nos quedemos en el titular. ¿Queremos que educación y sanidad sigan en manos de las Comunidades Autónomas? ¿Y que tengan, además, plena capacidad para fijar sus carteras de servicios? ¿O queremos una cartera de servicios unificada y que cada comunidad pueda aportar más? Queremos un sistema de federalismo fiscal, pero ¿cómo? ¿Como el que tenemos ahora, en el que negociamos periódicamente todos, menos Euskadi y Navarra, que tienen cupo, o queremos un cupo para todas? ¿Y cuánto es el nivel de desigualdad o de diferencias en la distribución de la renta entre territorios que estamos dispuestos a tolerar? Todo este tipo de cuestiones hay que ponerlas negro sobre blanco porque si no el debate es estéril, y ahí hay diferentes menús. Hoy día, prácticamente todos, menos Vox, diría yo, aceptan el Estado de las autonomías, que es un pseudofederalismo. Sería deseable un debate franco sobre esta cuestión.

¿Te inclinas por algún modelo federal en particular?

Hay muchos modelos posibles, pero yo me inclinaría por lo siguiente: una administración, una competencia. Un federalismo más dual que cooperativo, y me inclino por el principio de suficiencia financiera, es decir, que los territorios recauden y los mismos territorios gasten, aunque fijemos una cartera universal de servicios controlada por el Estado. En definitiva, yo soy partidario de algo más de autonomía para las regiones.

¿Está en peligro, con el auge de las nuevas formaciones antieuropeas, lo que tú denominas en el libro como “esa especie de imperio democrático y posmoderno que es la ‘Unión Europea’”?

No sé si tanto como ‘en peligro’, pero sí que es evidente que estamos en un punto de estancamiento. Cada vez tenemos fuerzas euroescépticas más fuertes. En el Parlamento Europeo van a ser una fuerza importantísima, pero también en los gobiernos nacionales y, por lo tanto, lo que se está empezando a plantear –y me parece que es un debate lícito– es que ceder competencias a Bruselas per se es algo que genera ganadores y perdedores, por lo que hay que discutir si queremos continuar integrándonos, tal vez no para perder soberanía, sino para ganarla. Es decir, aunque cada estado pierde soberanía, realmente, en el ejercicio de la soberanía práctica lo gana. Un ejemplo: la capacidad que tiene un Estado por sí mismo para regular la actividad de los actores financieros transnacionales o las tecnológicas es muy limitado, pero un mercado de 500 millones de consumidores como es la Unión Europea es mayor.  En el fondo, estás ganando soberanía si te integras porque tienes más capacidad de hacer cosas. ¿Problema? Que metes a más gente en el barco y tienes que pactar las políticas.

Europa está ante una deriva de estancamiento que, a la larga, puede suponer nuestro fin.

P. S.

Por tanto, yo lo que sí veo es que estamos ante una deriva de estancamiento, donde contemplamos el auge de diferentes potencias hegemónicas que no comparten nuestros valores en términos de Derechos Humanos ni democráticos –Rusia, China, etc.–, los cuales no han parado de crecer y nos están cogiendo ya la delantera en muchos temas. Esto puede sumirnos en una lenta decadencia, en la cual nosotros sigamos siendo una de las regiones en las que mejor se vive en términos de bienestar, pero que no tiene la capacidad para seguir marcando la agenda del mundo y a la vez vamos a ser más pobres, más desiguales, más divididos y esto en diez o veinte años puede suponer nuestro fin.

En un artículo escrito en El País has recordado las dos muletas que, según Levitsky y Ziblatt, sujetan la democracia: la tolerancia al pluralismo social y la autocontención desde el poder. ¿De qué manera están entrando nuestras democracias en una nueva dimensión, donde los márgenes de tolerancia y autocontención comienzan a estrecharse?

Este es el gran problema que tenemos. Los politólogos, por lo general, prestamos mucha atención a las instituciones formales, pero hay también una serie de códigos y de instituciones informales que son consensos tradicionales dentro de los partidos políticos que permitían el funcionamiento de nuestro sistema político. En el momento en el que esos consensos empiezan a quebrarse, surgen los problemas. Desde el inicio de la crisis, aunque también antes, estamos viendo esas dos dinámicas: restricciones del pluralismo político, es decir, acotamiento de libertad de expresión, medios de comunicación cada vez más debilitados, manipulación de noticias, etc.; pero también estamos viendo cómo, cuando llegan al poder, los gobernantes empiezan a vulnerar el principio básico de ‘yo soy la mayoría hoy, pero puedo ser la minoría mañana porque mi posición en el poder es reversible, así que tengo que ser garantista con los derechos de los otros’. Este ejercicio de autocontención no se ejerce, sino que se comienza a restringir sus derechos y a levantar los contrapesos democráticos.

El caso más claro es, probablemente, el de Turquía, donde se han registrado evidentes casos de persecuciones a jueces, profesores, sindicalistas y todos aquellos que se consideran ligados a la oposición. En Hungría, por otro lado, ya podemos hablar de un sistema de autoritarismo competitivo, donde se han levantado las cortapisas, el sistema judicial ya no es independiente porque está bajo el control del ejecutivo. Al final, para que un sistema sea democrático no basta con que haya elecciones. En el 90 % de las dictaduras del mundo se celebran elecciones, pero esto no es garantía de nada porque no existe un pluralismo competitivo, no hay opciones reales de ser desalojados del poder (de hecho, los dictadores son reelegidos con unos niveles de apoyo obscenos). Yo creo que ese es el gran problema y el gran miedo que estamos viendo que se acerca hacia nosotros.

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La izquierda y Los Verdes

Parece que ya ha pasado el tren de las formaciones populistas de izquierdas. ¿Es el turno de la ultraderecha antes de volver al bipartidismo o va a ser esta la nueva norma?

Yo descartaría la vuelta al bipartidismo. El signo de los tiempos es el del colapso de las dos grandes familias tradicionales, que solo están evolucionando a la baja: cristianodemócratas o conservadores y socialdemócratas. Ahora mismo vivimos el auge de dos tipos de familias que crecen de manera neta: la extrema derecha populista o la extrema derecha radical, dependiendo del autor que sigas, que cada vez entran en más gobiernos y marcan la agenda política, incluso en los tradicionales bastiones socialdemócratas como Suecia o Dinamarca. Irlanda, Portugal y Malta son los únicos países que no tienen partidos de estas características. En el otro polo, más que el surgimiento de la izquierda populista –porque hoy Syriza es asimilable a una socialdemocracia tradicional y Podemos no supone una impugnación como sí era antes–, nos encontramos con Los Verdes.

En Centroeuropa, Los Verdes están cobrando importancia. Son partidos muy contrarios a la deriva autoritaria que plantean las nuevas formaciones de extrema derecha y son partidos de cariz más posmoderno, más transversales y que conectan con las clases urbanas más liberales a las cuales no llegan los socialdemócratas clásicos. Yo veo que estas dos familias son hoy las que más futuro tienen y las que pueden llegar a articular formaciones de gobierno en el futuro.

Las formaciones ‘sandía’, como las denominas: rojas por dentro y verdes por fuera.

Efectivamente, aunque no en todos los lugares son iguales. Los Verdes de Alemania son más conservadores y más autónomos, pero en otros sitios sí que es verdad que Los Verdes amalgaman a grupúsculos de izquierda y tienen, por lo tanto, un potencial de crecimiento importante ante la decadencia de las familias tradicionales. Es posible que, en el futuro, podamos ver al frente de Alemania al primer ministro verde de Europa.

¿Se pueden poner al mismo nivel a Los Verdes con otros movimientos izquierdistas como el alemán Aufstehen (‘En Pie’) o el estadounidense Green New Deal, impulsado por Ocasio-Cortez?

Son diferentes. Si hacemos un eje cartesiano, en el que tú tuvieras las preferencias por izquierda o derecha en función de si quieres un mayor o un menor gasto público y las posiciones cosmopolitas (apertura al mundo, igualdad de derechos, feminismo, etc., y autoritarias o más duras), vemos que tenemos formaciones en tres de los cuatro cuadrantes.

Tenemos formaciones cosmopolitas de derechas, que serían los liberales o los tradicionales conservadores; formaciones cosmopolitas de izquierdas, que es la posición que hoy ocupa la izquierda verde y las socialdemocracias; y, por último, lo que podríamos decir una derecha autoritaria, que sería la extrema derecha. El cuadrante que tenemos vacío es el de izquierda más materialista, que es lo que conecta con estas formaciones como En Pie, etc.

Yo creo que van a tener un recorrido muy limitado y muy reducido porque estos movimientos beben de una cierta nostalgia, de cuando los que vehiculaban la acción política de las izquierdas eran las clases obreras tradicionales. Pero estas clases obreras ya están en extinción (porque están amalgamadas o tienen un peso muy reducido sobre el censo) o votando a la extrema derecha. Por eso creo que estas formaciones tienen un recorrido muy escaso para que puedan volver a meter al genio en la lámpara.

Podemos ha suavizado su discurso en los últimos tiempos. Han abandonado, en cierta medida, el tono agresivo que les caracterizó durante su irrupción. ¿Deben volver a ese discurso y adaptarlo a las clases bajas?

Más que la distinción entre ‘más izquierda’ o ‘menos izquierda’ yo lo plantearía en los términos de cuando ellos eran populistas y, luego, cuando dejaron de serlo. Es decir, el primer Podemos era populista, en el sentido en que planteaba una dialéctica entre el pueblo virtuoso y una casta que había que desplazar porque era mala y corrupta. El discurso era mucho más duro, pero le permitía ensancharse hacia posiciones transversales; el Podemos que se impone tras Vistalegre II es esencialmente postcomunista, que compra marcos tradicionales de la izquierda (‘no’ a los toros, ‘no’ a la monarquía…) y que, por lo tanto, le coloca en una posición subalterna y con un techo y un suelo mucho más claro.

El problema es el siguiente: Podemos conseguía crecer cuando podía buscar a Ciudadanos para pactar cosas de regeneración. Ahora, la formación morada ha comprado la lógica de bloques; así como C’s está en una posición intermedia en el bloque izquierda-derecha, Podemos está en una esquina del tablero y su capacidad de crecimiento ya no depende de ellos sino de que el PSOE cometa errores. Y esto le coloca en una posición subalterna que liga con esta idea: que ellos han comprado la idea poscomunista y no la populista. Además, con el PSOE en el Gobierno va a ser más difícil, ya que es el gran pararrayos del voto útil de la izquierda.

La capacidad de crecimiento de Podemos depende de que el PSOE cometa errores

P. S.

VOX y el imparable ascenso ultra

¿Es imparable el ascenso de VOX?

Lo que le pasa a VOX, por el carácter que tiene, es más parecido a lo de Podemos en 2014 que a lo de Ciudadanos en 2015: surgimiento inesperado, muy fuerte, en un contexto de fragmentación y descrédito del espacio de la derecha (sobre todo de quien bebe principalmente, del PP), con unos vectores de crecimiento muy claros (cuestión territorial), con una organización local que han ido construyendo con un trabajo muy intenso y con una atención mediática enorme a partir de este surgimiento. En el momento en el que ellos consiguen esta representación, automáticamente se disparan en las encuestas, porque el votante de derechas tradicional, al que Ciudadanos llegaba con dificultades, sí puede coordinarse por detrás de Vox con mayor facilidad, por lo que se convierte en una oferta sugerente.

¿Hasta cuándo va a crecer VOX? No lo sabemos, porque nunca en nuestra historia hemos tenido cinco partidos de ámbito estatal a la vez. Nuestro sistema al principio sí arrancó con cuatro (PSOE, UCD, Alianza Popular y Partido Comunista), pero ahora son cinco. ¿Es un equilibrio sostenible? Tampoco lo sabemos. Creo que sí que tiene un vector de crecimiento muy claro, que el PP no tiene capacidad para sostener esas fugas y, por lo tanto, veremos hasta qué punto llegan en términos de crecimiento, pero, desde luego, su irrupción lo cambia todo.

¿La llegada de Vox facilita el adelantamiento de Ciudadanos al PP?

Los datos que tenemos más a mano dicen que, en general, de cada cinco votantes de VOX, tres vienen del PP, uno de Ciudadanos y uno de la abstención o de otros. Por tanto, si Vox le quita votos al PP y los de Albert Rivera siguen creciendo, es muy probable que Ciudadanos termine pasando por delante. No lo sabemos, son muchas hipótesis en el aire, pero todo va a depender de manera crucial de cuáles sean los temas en la agenda que tengamos en los próximos meses. En la medida en que el tema territorial tenga prevalencia eso puede ayudar a VOX.

Un sondeo de 40dB para El País sostiene que la mitad de los votantes de Vox se han decantado por esta formación por su postura ante la inmigración. ¿Está siendo este asunto más determinante de lo que dicen los datos?

El voto, por definición, es una caja negra. Yo no sé por qué la gente está votando lo que está votando, solo sé lo que ha votado al final. Puede haber varias razones –no solo una– para votar a VOX. Además, también se han decantado por esta formación por el tema territorial y por echar al PSOE de la Junta. Estos tres temas pueden ser complementarios, no son mutuamente excluyentes.

Lo que yo sí creo es que la problematización de la inmigración, si hacemos una revisión de la campaña de Vox, es un tema que para ellos ha sido de segundo orden. Esto no significa que no lo vayan a activar y que no sea importante para sus votantes; lo que sí es verdad es que, de momento, Vox no lo ha convertido en su bandera principal porque ellos entienden que pueden ser más transversales. Esto no significa que la inmigración no tenga peso para ellos.

En el CIS, la preocupación por la inmigración ha subido, pero era más alta en 2006-2007 en España. Por tanto, puede que este discurso pueda tener impacto en determinadas zonas. Por ejemplo, las provincias andaluzas hay que analizarlas aparte porque son un ecosistema muy particular. Ahora bien, estoy convencido de que Vox, en el medio plazo, va a activar este discurso y lo va a convertir en una bandera. Esto va a ser un elemento problematizado en España.

¿El PP va a doblar la apuesta?

El PP, que intenta combatir la pérdida de votos en favor de VOX, tiene un problema doble, a mi juicio: el primero, que el PP en España no está acostumbrado a un escenario con competencia a la derecha, por lo que no sabe muy bien qué hacer cuando pierde hacia Ciudadanos o hacia VOX; el segundo es que, además, está siguiendo una estrategia para frenar a Vox pero que, lejos de conseguirlo, lo retroalimenta. El PP está comprando el marco de Vox –decir que es un partido hermano, proponer los mismos temas en la agenda–. Con esto, a la hora de la verdad, se le empuja al votante a pensar lo siguiente: “Bueno, si tengo dos formaciones que me ofrecen lo mismo, ¿cuál es la más limpia? ¿Cuál es la que más está manchada por la corrupción? ¿Cuál es la que ya he visto lo que hace en el Gobierno? Pues lo tengo claro, me voy a VOX porque sé que este partido pactará seguro con el PP”. Es una salida segura para la derecha, porque al menos va a condicionar la dirección de los temas que a ese votante le parecen prioritarios.

El PP lo tiene difícil. Sin embargo, el liderazgo actual de Pablo Casado, un liberal conservador muy duro, es el único que a lo mejor puede cortocircuitar el crecimiento de Vox (Soraya Sáenz de Santamaría era más moderada y estaba ligada al Gobierno de Rajoy; él es nuevo). De cualquier modo, es muy difícil que los electores no tengan memoria. El votante conservador se acuerda de la gestión de la crisis territorial del PP y se acuerda de cómo prometieron bajar los impuestos y no los bajaron. Ese tipo de cosas cala, y el PP hoy tiene un problema estructural muy difícil de resolver… pero camuflado porque va a ganar la Junta. Si no fuera a ganarla, hoy estaríamos hablando de la crisis del PP.

¿Tenemos una derecha más irresponsable que en otros países?

Hay algunos vectores que causan perplejidad en las cancillerías europeas. Por ejemplo, cuando Casado acudió a Bruselas para criticar el presupuesto de Pedro Sánchez. A nadie se le ocurre. En este sentido, al PP, ahora que está en la oposición, le falta sentido de Estado, es decir, discernir cuáles son los temas con los que se puede hacer oposición y cuáles son los que no. Ellos siempre hacen oposición por tierra, mar y aire, y yo creo que esto nos coloca en una posición más vulnerable como país en general.

Pablo Casado tiene un problema (en realidad, el PP en su conjunto): que cuando empieza no sabe ni siquiera pulsar bien la tecla. Empieza hablando de víctimas del terrorismo de ETA e inmigración. Pues bien, las víctimas le dicen que no venga a hablar de esto, que está fuera de la agenda; luego, comienza a hablar de inmigración como un problema… y a la semana le vemos en puerto de Algeciras fotografiándose con un grupo de personas rescatadas en pateras.

Es irresponsable, pero parte de esa irresponsabilidad viene porque está desnortado ahora mismo. Está totalmente en shock. No sabe cómo reaccionar, pero hay una certeza que tiene: va a sacar peores resultados que en 2016. En el mejor de los sondeos, el PP ronda los 100 diputados, esto para ellos es una hecatombe y no saben muy bien cómo actuar. Veremos si gana poder institucional en mayo. Todo va a depender de eso.

Trump, el padre de todo el movimiento ultra

Crucemos el Atlántico. ¿Tiene Trump asegurado un segundo mandato?

No está claro. Es verdad que es raro que un presidente no repita mandato, pero los datos indican que el swing que hubo en la Cámara de Representantes en favor de los demócratas era erróneo: ha sido mucho más superior al que nos pensábamos. De hecho, ha sido el mayor swing que ha habido desde la II Guerra Mundial en contra del presidente gobernante, y esto lo han hecho, además, una coalición muy heterogénea, con más mujeres y más candidatos afroamericanos que nunca. Es una impugnación práctica a la tesis del peligro de la identidad de Mark Lilla. Los demócratas han dicho “¿Problemas de identidad? Pues toma, dos tazas”. Y ha ocurrido que justamente les ha servido para movilizar al votante. Han perdido en el Senado porque les tocaba mala elección, pero han perdido menos de los esperado.

Esto no significa que los demócratas tengan asegurado el futuro. Ahora tienen un reto: ver detrás de qué candidato se coordinan. Lo que está claro es que ni mucho menos tiene Trump su futuro asegurado porque, además, el presidente ha tenido el peor swing de la historia en su contra en la Cámara de Representantes con prácticamente pleno empleo en EE. UU., con un contexto para gobernar excelente desde todos los puntos de vista. Es verdad que Trump tiene un problema ‘estructural’: hacer políticas para sostener a su lado aquella supuesta clase obrera blanca que, en teoría, votó por él y, al mismo tiempo, apoyarse en el tradicional voto republicano, porque mientras unos quieren subida de impuestos, otros quieren bajada; mientras unos quieren proteccionismo, otros quieren libre mercado. Es complicado contentar a los dos.

Ahora bien, los demócratas tienen que tener cuidado con emplear el Congreso como un arma para torpedear y acosar todo el rato a la presidencia porque esto le puede generar a Trump el relato de “es que no me dejan gobernar” o “el culpable es el Congreso”, etc. Tienen que utilizar el arma institucional del Congreso para tratar de configurar la agenda.

Decía Daniel Iriarte en El Confidencial que el impeachment es lo de menos, que Trump ya tenía un pie en la cárcel.

El tema judicial es peliagudo y el deterioro de las instituciones en Estados Unidos está siendo muy fuerte. Es verdad que el sistema estadounidense ha demostrado que es lo suficientemente robusto como para soportar a un Berlusconi en el poder. Esto, en un sistema como el brasileño, con un Bolsonaro y con unas instituciones más débiles, a lo mejor no lo resiste, pero vamos a ver qué pasa.

Si llegase a España un Bolsonaro, ¿tendría sentido la idea de ilegalizar partidos de según qué ideología?

Es un camino complicado de transitar. Nuestro sistema político posee algo bueno, que no tienen ni en Francia, ni en Estados Unidos, ni en Latinoamérica: el parlamentarismo. Por tanto, es muy difícil que una posición extrema consiga una mayoría absoluta de un solo tiro. Ni siquiera lo consiguió Podemos a la primera, y es muy difícil que lo consiga Vox. Tienen que pactar después. Esto es bueno porque, al tener que llegar a acuerdos, rebajan sus expectativas. El parlamentarismo permite mecanismos de control desde los socios de gobierno. Al fin y al cabo, el gran peligro que tenemos ahora es que, cuando los hombres fuertes llegan al poder, se dedican a desmantelar los contrapesos democráticos. Además, tenemos otro elemento que hace de contrapeso: el sistema de descentralización territorial, que hace que tengamos diferentes gobiernos en diferentes autonomías. Eso ayuda un poco a que haya un contrapeso. Lo de prohibir… me da un poco de apuro. Vamos a confiar en nuestro sistema institucional y a desear que esa hipótesis no se cumpla nunca.

Bonus track

Los referendos, lo dices en el libro, los carga el diablo. No me puedo ir sin preguntarte por el Brexit y Cataluña.

Los líderes que sean listos intentarán evitarlos. En un contexto en el cual los votantes tiran a dar y cualquier válvula de escape les sirve, un reférendum desde arriba es más complicado de ganar desde el poder, sobre todo si no colocas el marco propicio para hacerlo. Yo creo que hay una cosa curiosa, y quizá no hayamos reparado lo suficiente: todos los partidos de derecha populista radical han quitado de sus programas electorales la celebración de un referéndum de salida de la Unión Europea. Son conscientes de que es mejor quedarse en la UE criticando a la madrastra que el lío que te supone hacer un referéndum de esas características y luego a ver cómo sales, sobre todo con la experiencia del Brexit. El referéndum es un arma más complicada de utilizar que antes de la recesión.

Cataluña está ahora mismo en una situación de empate permanente. Ningún shock parece estar desequilibrando las fuerzas entre los bloques. Ha habido un 1-0 y un 155 y el empate sigue entre antindependentistas e independentistas. El resultado no se mueve y se ha roto el equilibrio político anterior porque los actores políticos han cambiado. No puede haber una solución, sino una evolución que, hasta que el independentismo no reconfigure sus fuerzas, no sabremos cómo interlocutar. Aunque el Gobierno tenga la mejor de las voluntades en términos de diálogo, el problema es que no se sabe quién hay al otro lado de la mesa porque no se sabe quién manda (Torra, Waterloo, la cárcel…). Por último, todos estos procesos callejeros que estamos viendo ahora conectan con esa descomposición de los liderazgos dentro del independentismo, amalgamado todo por el proceso judicial, que es lo único que realmente lo vertebra.

Es muy complicado que vayamos a ver un cambio en el medio plazo hasta que esto no se termine de desplazar. Yo creo que la cuestión territorial seguirá con nosotros porque hay actores que, desde los márgenes, ya sea Ciudadanos, Vox o PP, o el sector más duro del independentismo tienen interés en continuar con la polarización de esta cuestión. Tengo la impresión de que el tema territorial seguirá yendo solo, porque continuarán las erupciones periódicas. Buscar un arreglo es muy complicado hasta que el independentismo no tenga un plan de corto plazo. Pero es que no lo tiene. No hay ningún problema en que sean independentistas, que es algo defendible, el problema es el mientras tanto. Qué van a hacer mientras llega la independencia, sabiendo que la vía unilateral no tiene ningún sentido y que solo cabe un marco legal.

Sergio García Moñivas
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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