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El Norte fue deshonesto con el Sur en la gran crisis

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El Norte fue deshonesto con el Sur en la gran crisis 1

En economía, se dice que existe riesgo moral cuando una persona tiene una mayor información acerca de sus propias acciones que el resto de los individuos. A causa de esta situación, y en caso de que sea otra la persona que soporta los costes asociados a la falta de esfuerzo o responsabilidad, los incentivos a esforzarse o ser responsables se distorsionan. El riesgo moral reduce la capacidad del mercado para asignar eficientemente el riesgo.

Así por ejemplo, las compañías aseguradoras observan que cuando una persona está asegurada contra robo en su domicilio, frecuentemente es menos cuidadosa con su seguridad, precisamente por estar asegurada; ello lleva a las aseguradoras a incentivar el cuidado del asegurado, por ejemplo rebajándole la prima si no utiliza el seguro.

Existe asimismo un problema de riesgo moral cuando en una sociedad -la Eurozona, pongamos por caso— un sector hegemónico impone determinadas medidas no para favorecer a los afectados que deben aplicarlas sino para satisfacer su propio interés. Así, los países centrales de la UE, después de algunas vacilaciones metodológicas, impusieron al Sur duras políticas de austeridad con el señuelo de salir de la crisis, lo que provocó una gran crisis de deuda, pero no lo hicieron por pensar que aquel era el mejor camino para resolver la crisis sino para proteger sus propios intereses.

El asunto, que apenas tenía ya mero interés académico (la política nunca retrocede demasiado en sus análisis del pasado) ha vuelto a la actualidad por las salidas de tono del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, ministro de Finanzas en el segundo gobierno del liberal holandés Mark Rutte desde noviembre de 2012, actualmente en funciones y con serias posibilidades de salir del Ejecutivo ya que su partido, el socialdemócrata, ha experimentado una verdadera hecatombe en las recientes elecciones generales. Como se sabe, este sujeto pasará a la pequeña historia de la UE por la ofensa infligida a los países del Sur de la Unión: “como socialdemócrata -dijo en una entrevista publicada por el Frankfurter Allgemeine Zeitung el 20 de marzo de 2017, en relación con las ayudas europeas a los países sureños- considero la solidaridad extremadamente importante. Pero quien pide, también tiene obligaciones. No puedo gastarme todo mi dinero en copas y mujeres y seguidamente pedirle su apoyo.”

La insidia del atrabiliario alto funcionario holandés ha hecho derramar ríos de tinta, pero ha servido también para reflexionar sobre las dos crisis que acabamos de atravesar, la crisis financiera de 2008 y la crisis de deuda de 2011, aquella claramente global, esta exclusivamente europea, y que no se ha debido al derroche de los países mediterráneos sino –y ahí está el gran escándalo- a causa de las políticas de los países centroeuropeos, del núcleo duro de la UE, que en lugar de velar por el interés general del conjunto de la Unión, aplicaron políticas defensivas para proteger los intereses acreedores de sus bancos y de sus propias empresas, lo que puso a los deudores a los pies de los caballos.

Anton Costas lo ha explicado con meridiana claridad en su espléndido trabajo “No fue una fiesta de alcohol y mujeres”, en el que toma nota de las críticas contra los criterios “políticos” —es decir, no técnicos— adoptados por la Unión Europea al imponer políticas equivocadas de austeridad a la Eurozona, que fueron las que provocaron la segunda crisis 2011-2014. La denuncia contra la impertinencia de tales políticas ha sido ya efectuada sin tapujos por Transparencia Internacional, institución que acusa al BCE de haber condicionado su apoyo a los países en dificultades al ejercicio de un control no democrático sobre la política presupuestaria y las reformas sociales (España fue incluso instada mediante una carta amenazante de Trichet a reformar el artículo 135 de la Constitución).

Pues bien: aquella imposición del BCE, obviamente estimulado por Alemania con la aquiescencia de Francia, no guardaba relación con alguna con la supuesta frivolidad de los sureños, y sólo tenía un objetivo: defender a los bancos alemanes y franceses que habían prestado dinero a cajas y bancos españoles para financiar la burbuja inmobiliaria. Eran —explica Costas— conductas capitalistas “de riesgo moral” (moral hazards), impulsos egoístas de quien se apropia vorazmente de los beneficios y socializa las pérdidas.

Han sido estas conductas europeas, inconfesables y faltas de transparencia, las que han abonado una austeridad degradante, han destruido el tejido social de los países del Sur… Y han fomentado un creciente populismo en todo el Viejo Continente, que, entre otros frutos, ha producido el ‘brexit’ y ha alentado el surgimiento y la consolidación de formaciones xenófobas y radicales en Francia, en Alemania… y en la propia Holanda de Dijsselbloem. Es, pues, una ironía que venga ahora este sujeto a reconvenirnos cuando las políticas que él mismo impulsó fueron letales para España, Grecia, Italia y Portugal, y se debieron a las presiones esurias del sistema financiero centroeuropeo.

Hay que confiar en que la convulsión generada por el ‘brexit’, unida a la vuelta en sí de la identidad europea tras la doble crisis, fuerce cambios ideológicos y estructurales en la UE que otorguen un lugar a la transparencia, a la toma más democrática de las decisiones y a la eliminación de esas conductas hipócritas “de riesgo moral”. La primera medida, debería consistir en mandar a casa a este personaje misógino y cargado de prejuicios que ha insultado la inteligencia de los mediterráneos y que se arrastra últimamente por escrito en petición de disculpas para tratar de salvar los restos de su carrera política.

Iberia Alexa
analytiks

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