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La guerra, según y como

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La gran lección que cabe extraer de los sucesos de Ucrania —y también, en alguna medida, de los de Afganistán, de donde Occidente se fue deshonrosamente— es que la Unión Europea no puede eludir por más tiempo la elaboración e implementación de una política estratégica y de Defensa, que, aunque vinculada a la OTAN en cuanto pueda haber de coincidente con ella, no dependa absolutamente de los Estados Unidos. En la hora actual, con el débil Biden en la presidencia norteamericana, es inquietante que Europa vaya en Ucrania a la zaga de lo que se decida en Washington y de las negociaciones que los norteamericanos mantengan con Moscú; pero si en la Casa Blanca siguiera habitando Trump —quien, por cierto, podría volver pronto a ella—, la situación de la UE sería sencillamente desesperada.

En este asunto, hay dos debates diferentes. Uno primero, de gran altura y en el que no entran más que tangencialmente estas líneas, versa sobre qué debe hacer Occidente si Rusia, que no respeta la plena soberanía de Ucrania y que ya se ha adueñado por la fuerza de Crimea (aunque bien es verdad que Crimea formó parte de Rusia hasta 1954, año en que Jrushchov se la regaló a los ucranios, y que en 1992 el Soviet Supremo de Rusia anuló dicha transferencia), decide invadir el país, que ha solicitado el ingreso en la Unión Europea y en la OTAN, aunque con grandes divergencias internas. Como es sabido, en Ucrania hay dos comunidades claramente enfrentadas sobre la alineación de un país que fue parte de la URSS, cuyo oriente es rusófilo y en el que un sector de la ciudadanía desea vincularse a Occidente.

El otro debate es el que se ha abierto en nuestro país sobre la posición de España en el conflicto. Como es bien conocido, el martes 16 de enero la ministra de Defensa, Margarita Robles, anunciaba el despliegue militar, naval y aéreo, de España en los escenarios del conflicto, formando parte de fuerzas de la OTAN que adoptan un papel simétrico al que desempeñan las tropas rusas que, en gran cantidad, se han desplegado en torno a Ucrania en un gesto sin duda amenazante, sobre todo si se piensa que el Donbass, una región minera del sureste de Ucrania, ya ha sido tomada por ucranios prorrusos, que la controlan gracias al apoyo de Moscú. Las escaramuzas han causado ya varios miles de muertos.

Inmediatamente sin embargo, ciertos sectores de las formaciones situadas a la izquierda del PSOE, incluida Unidas Podemos, que forma parte de la coalición de gobierno, han protestado airadamente por tal reacción, al grito de “No a la guerra”, una invocación que proclamó toda la izquierda en 2003, cuando José María Aznar decidió sumarse a los designios norteamericanos de George W. Bush y  a los británicos de Tony Blair en la guerra agresiva contra Irak para derrocar a Sadam Hussein, con el dudoso argumento, que después se demostró completamente falso, de que aquel régimen disponía de grandes arsenales de armas de destrucción masiva.

Aznar tomó aquella iniciativa a personalmente, sin que la OTAN hubiera decidido una iniciativa semejante, y lo hizo al margen de las posiciones de la Unión Europea cuyos principales países —Alemania, Francia— no acompañaron a España. La de Aznar fue una decisión belicista de complicidad con una injustificada intervención norteamericana que ni siquiera contó con el aval de la ONU y que, como primera medida de su mandato, Rodríguez Zapatero abortó en 2004, forzando el retorno urgente de nuestros efectivos.

Aquel “No a la guerra”, que lógicamente compartieron también los socialistas del PSOE y muchas personas de bien con diversas adscripciones, estaba completamente justificado y defendía no sólo la legalidad española y comunitaria sino también las tradiciones históricas y las lealtades antiguas en materia de política exterior. Washington actuaba en aquel caso sin la suficiente legitimidad, sin verdaderos argumentos y con una desenvoltura que recordaba los peores tiempos del imperialismo yankee en sus patios traseros latinoamericanos. Pero en la actualidad, las cosas son muy distintas: la guerra fría ha terminado y Rusia tiene pretensiones de ser, sin conseguirlo, una república parlamentaria respetable, por completo corrompida y en manos de autócrata que practica una política exterior anticuada e inaceptable en que trata de mantener bajo su férula ‘zonas de influencia’ en territorios soberanos como si fueran suyos. La UE, en cuyos límites se produce el conflicto, no puede tolerar que Moscú prohíba a Bruselas la aproximación a Ucrania o incluso su inclusión en la OTAN.

Se puede y se debe debatir con Moscú –todo lo amistosamente que Putin permita- un conjunto de medidas de convivencia y distensión, como el alejamiento creciente de arsenales militares de las fronteras comunes, la cooperación en dichas áreas, la desmilitarización de enclaves estratégicos, la reducción de los respectivos arsenales, etc… pero no se puede exigir lo que conviene a una de las partes con los tanques desplegados y los cañones dispuestos. En este caso, hacer del “no a la guerra” el motivo de la pasividad, sería una claudicación intolerable, un desprecio insoportable al derecho internacional, una rendición de nuestros principios a la belicosidad de Moscú y una renuncia a la idea de la moderna Europa que tramamos entre todos.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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