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1828: las elecciones de Estados Unidos marcadas por acusaciones de adulterio y proxenetismo que cambiaron para siempre las campañas electorales

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Elecciones 1828. Andrew Jackson

Año 1824. Solo habían transcurrido 50 años desde el fin de la guerra de Independencia de Estados Unidos. En este tiempo, el país había sido presidido por George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe; era el turno de elegir al sexto. La generación de la revolución y sus protegidos desaparecían, y con ella se difuminaban las últimas certezas sobre quién sería el próximo dirigente. Esa ruptura generacional abrió una grieta en el sistema, por donde se colaron las malas formas en la competición política y el germen de lo que años más tarde sería el partido demócrata.

Desde Tennesse llegó dispuesto a hacerse con la presidencia Andrew Jackson, un héroe de guerra, para enfrentarse a John Quincy Adams, hijo del primer vicepresidente estadounidense y segundo presidente del país; alguien que había sido congresista, senador, diplomático y secretario de Estado del presidente saliente. Adams tenía un currículum inmaculado. Ganó, pero lo hizo gracias al voto del presidente de la Cámara de Representantes, Henry Clay, quien más tarde se convirtió en el secretario de Estado del propio Adams. Jackson tragó con algo que para él era una corruptela y, aunque aceptó el resultado, desde ese mismo instante, él y sus asesores comenzaron a diseñar un plan para conquistar el Despacho Oval.

Cuatro años por delante

Jackson vuelve a casa molesto. El general que salió victorioso de la guerra de 1812 se marchaba a Tennesse cabizbajo y con una única idea un tanto ególatra taladrándole el cerebro: el país lo necesitaba al mando. Tenía cuatro años por delante para prepararse el camino y poner en contra de Adams a la opinión pública.

Jackson, un candidato que hoy consideraríamos un outsider, necesitaba ayuda desde dentro del sistema. En el Senado esperaba su momento Martin Van Buren, quien coincide en que Adams le robó las elecciones de 1824, según se narra en la serie de documentales de Netflix La carrera hacia la Casa Blanca. Como él, quiere derrocar a la vieja élite y crear un nuevo partido político. Lo que aquellos dos hombres construyeron fue el germen del actual Partido Demócrata.

La prensa, una herramienta para desprestigiar al rival

Los periódicos llegaban, cada vez con más facilidad, a cualquier parte del país. Van Buren, que fue el primero en entender que para ser presidente había que ser famoso, una leyenda, se movía por el país contando la misma historia: la democracia estaba en peligro y solo un hombre como Jackson podía salvarla.

Desde la Casa Blanca, Adams, sabedor de que le estaban intentando cortar la hierba bajo los pies desde fuera, optó por la estrategia de no hacer nada: pensaba que no debía rebajarse a hacer ciertas cosas para conseguir la reelección. Sin embargo, su secretario de Estado, Henry Clay, escudo y espada de su presidente, iba a atacar a Jackson donde más le podía doler. Fue, según los historiadores que aparecen en el documental, una de las mayores campañas de desprestigio de la historia.

La prensa leal al presidente Adams comenzó a publicar los ‘trapos sucios’ de la mujer de Jackson, Rachel. Los periódicos, según el libro The Coming of Democracy: Presidential Campaigning in the Age of Jackson, convirtieron a la esposa del aspirante en la adúltera del momento. ¿Podían una adúltera y su marido presidir un país cristiano?

El contraataque de Jackson

Los contrarios a Jackson esperaban una acción virulenta por su parte dado su mal genio. En la miniserie se cuenta que, tiempo atrás, se batió en duelo con un hombre que osó insultar a su mujer. Sin embargo, a Jackson el robaesposas le ofrecen una solución para lavar su imagen: resucitar su pasado. Era 8 de enero de 1828 y tocaba conmemorar la Batalla de Nueva Orleans, donde Jackson fue el vencedor personal de aquella contienda en la que impidió que Estados unidos se convirtiera de nuevo en una colonia británica. Él y su mujer se pasearon durante los actos de celebración y se dejaron agasajar por la multitud. Los periódicos propagaron la idea de que el matrimonio, a pesar de todo, era querido por el pueblo. La política se estaba convirtiendo en un espectáculo.

Se ensanchan los márgenes para atacar al rival

Adams despreciaba el contacto con la gente, consideraba que eso era adular al votante. Sin embargo, sus asesores se dieron cuenta de que tenían que hacer de él alguien popular. Ese momento en que se cede a la estrategia del rival es la primera derrota, aunque no es palpable hasta que se materializa del todo.

Los adláteres de Adams lo convencen para poner la primera piedra del Canal de Chesapeake y Ohio, una vía que uniría Este y Oeste. El presidente clavó la pala en el suelo, pero no consiguió cavar. La prensa partidaria de Jackson se mofó de él y Clay se hartó. Estaba dispuesto a todo, incluso a dar un golpe aún más bajo.

Daniel Feller, profesor de la Universidad de Tennesse, sostiene que “en la campaña de 1828 se ven los inicios de lo que hoy llamamos ‘Opposition Research’ o investigar a la oposición; es decir, contratar a gente para sacar los trapos sucios del oponente”. Encontraron que Jackson había mandado ejecutar a uno de sus propios hombres. ¿Este hombre violento podía estar al frente del país?

La guerra en el barro continúa. Llegan las elecciones de 1928

Los periódicos partidarios de Jackson publicaron que Adams llevó al zar de Rusia, cuando él era embajador, una mujer estadounidense. A esta acusación de proxenetismo, Adams y los suyos filtraron a la prensa una serie de escritos de Jackson en los que se mofaban de sus faltas de ortografía. En este preciso instante saltó por los aires la conexión entre el pueblo, que también era imperfecto y cometía errores, y los representantes políticos.

Así se celebraron las elecciones del 31 de octubre de 1928, y se cumplió el peor sueño de Adams: aquel paleto, Jackson, convertido en presidente de Estados Unidos. Van Buren pasó las facturas de sus favores y se convirtió en secretario de Estado para, ocho años después, llegar a ser presidente. Adams, por cierto, no acudió a la toma de posesión de Jackson.

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