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2017: y la recuperación llegó (pero no a todos)

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Cuando Estados Unidos estornuda, el mundo se resfría. Detrás de este tópico se esconde una realidad con la que aún convivimos. El estallido de la crisis en el país norteamericano se propagó como la peste por todo el mundo. Ahora, más de una década después, todos los indicadores macroeconómicos –crecimiento, desempleo e inflación– sugieren que este 2017 ha sido el mejor de la economía estadounidense en los dos últimos lustros. Parece, según el Foro Económico Mundial, que la economía mundial también goza de un gran crecimiento amplio y sincronizado, y que continuará así durante 2018. Sin embargo, el crecimiento es desigual. Los hay que siguen resfriados, como si alguien se hubiese olvidado de ellos y de su medicina.

El Foro Económico Mundial en su Informe sobre la desigualdad global 2018 evidencia la necesario que es realizar un debate sobre la equidad, tanto en España como en el mundo. Y aunque el organismo señala que “la desigualdad económica es un hecho generalizado y, hasta cierto punto, inevitable”, su incremento “puede llevar a todo tipo de catástrofes políticas, económicas y sociales”.

La investigación llevada a cabo por el organismo internacional subraya que la desigualdad se ha incrementado en prácticamente todas las regiones del mundo en décadas recientes, aunque a distintas velocidades. Desde 1980, la desigualdad de ingresos ha aumentado vertiginosamente en Norteamérica, China, India y Rusia, mientras que ha crecido moderadamente en Europa.

La evolución de la desigualdad de ingresos en EE. UU. y Europa es bastante diferente. El Foro Económico Mundial recuerda que, mientras en 1980 presentaban ambas regiones unos niveles de desigualdad similares, hoy la situación es radicalmente distinta. “Mientras que la participación del 1 % de mayor ingreso era cercana al 10 % en ambas zonas en 1980, se incrementó a un 12 % en Europa Occidental en 2016, mientras que en EE. UU. se disparó al 20 %”.

¿A qué responde este crecimiento de la desigualdad en EE. UU.? En gran medida, por la enorme desigualdad educativa en el marco de un sistema tributario cada vez menos progresivo en un contexto de crecimiento en las remuneraciones de los trabajadores de mayores ingresos desde 1980. En Europa, en cambio, se experimentó un menor deterioro en la progresividad de su sistema tributario, así como una más moderada desigualdad salarial, explicadas por la aplicación de políticas educativas y salariales más favorables a los grupos de ingresos bajos y medio-bajos.

Si ampliamos el mapa de la desigualdad vemos que esta ha crecido agudamente desde 1980 en todo el mundo, a pesar del crecimiento económico de China. La mitad más pobre de la población mundial, apunta el informe, ha experimentado un incremento significativo en su ingreso gracias a las altas tasas de crecimiento en Asia. Sin embargo, debido a la elevada y creciente desigualdad entre países, el 1 % de individuos con mayores ingresos en el mundo recibió una proporción dos veces más grande del crecimiento que el 50 % de menores ingresos desde 1980.

Y ahora qué

El informe presenta proyecciones de la evolución de la desigualdad de ingreso y riqueza hasta 2050 en base a distintos escenarios. Si en el futuro las condiciones actuales se mantuvieran sin cambios, la desigualdad a escala mundial seguiría aumentando. Si, por el contrario, todos los países siguieran, en términos de distribución del ingreso, una trayectoria similar a la que Europa experimentó en las últimas décadas, la desigualdad mundial podría reducirse, con avances importantes en la erradicación de la pobreza a escala global.

Enfrentar la desigualdad de ingresos y riqueza a escala mundial requiere cambios importantes en las políticas impositivas nacionales y globales. En muchos países, señala el informe, “deben revisarse las políticas impositivas, salariales y de toma de decisiones en la dirección de las empresas. La transparencia en términos de acceso a la información sobre las actividades económicas también resulta clave”.

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