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Catar: un horizonte de esperanza en Oriente Próximo

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Los rascacielos de Catar

Catar está siendo en estas últimas semanas el foco de la peor crisis diplomática del Golfo. En este artículo ya os contamos cómo fueron las maniobras de Arabia Saudí para tratar de aislar a Catar, aunque parece que, de momento, no se ha salido con la suya. Si desde Riad buscaban romper los lazos que Doha mantiene con Irán, lo que han conseguido es fortalecer esa relación, según opinan en Foreign Affairs Jeffrey Stacey y Bassima Alghussein. El Estado catarí siempre ha mostrado su agilidad en política exterior y su habilidad para defender su posición frente a las potencias rivales. “No estamos dispuestos a que nadie intervenga en asuntos internos o silencie voces críticas”, ha escrito en las páginas de El Mundo Mohammed Al Kuwari, embajador catarí en España. Aunque queda mucho trabajo por delante, Catar es uno de los pocos países de la región que ha realizado ciertos avances democráticos.

El actual Catar no se entendería sin el emir, Hamad al Thani, quien ascendió al poder en 1995, tras un golpe de Estado palaciego contra su propio padre. Con el pequeño país en sus manos, Al Thani consiguió lo que desde el mundo árabe se ha llamado el “salto hacia delante”. Así lo explica Diana Barrantes, gestora de proyectos del Real Instituto Elcano: “Desde que ascendiera al poder, Catar ha alcanzado uno de los niveles de PIB más altos del mundo y se ha convertido en un país con una frenética actividad diplomática que nada tiene que ver con su pequeño tamaño y escasa población: creó y desarrolló Al Jazeera (…); alberga desde 2003 el Doha Forum, uno de los foros más importantes a nivel mundial sobre asuntos de actualidad internacional; ha mediado en conflictos en Oriente Medio y África, como en Chad y Darfur, Eritrea, Palestina o Chipre, y aloja en su territorio la mayor base militar estadounidense del Golfo”.

Aquel golpe de Estado no violento no gustó nada, ni en el Reino wahabí ni en El Cairo, cuyas élites despreciaron al nuevo gobernante, por joven y ambicioso, y se pusieron de parte del padre, aliado natural de saudíes y egipcios. Un año más tarde, tal y como recuerda en Política Exterior Khales Hroub, director del Proyecto de Medios de Comunicación Árabes de Cambridge de la Facultad de Estudios asiáticos y Oriente Próximo, se orquestó un golpe militar por el que se acusó a Egipto y Arabia Saudí, lo que motivó al joven emir a adoptar políticas hostiles contra ambos países.

El gas de Catar

Tras el descubrimiento de unas enormes reservas de gas –cuenta con las terceras reservas mundiales de gas y es el primer exportador mundial de GNL, con lo que cubre casi un tercio de la oferta mundial–, el país se volcó en su política exterior: además de albergar la mayor base estadounidense fuera de EE. UU., estableció vínculos con Israel, por un lado, “y con muchos movimientos islamistas, como Hamás y Hezbolá, por otro; y siguió siendo miembro activo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una organización de integración regional que pretendía acercar y unir a los países del golfo Arábigo, mientras mantenía relaciones con Teherán”, apunta Hroub. En 2013, el entonces emir decidió abdicar a favor de su hijo Tamim, nacido en 1980, convirtiéndose así en el gobernante más joven del mundo árabe. Era la primera vez que un soberano árabe pasaba el mando a un heredero, sin muerte o golpe de Estado de por medio, según recuerda Barrantes.

Otra divergencia entre Catar y el statu quo del mundo árabe la encontramos en el crucial episodio de la Primavera Árabe, una serie de manifestaciones, realizadas entre 2010 y 2013, en la que los ciudadanos clamaban a favor de la democracia y los derechos sociales. Además de cambiar las relaciones entre Europa y Oriente Próximo, aquel episodio también modificó las relaciones entre los estados del Golfo Pérsico entre sí. Mientras que países como Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Baréin apostaban por la defensa del orden establecido, Catar optaba por la transformación estructural de mundo árabe, según apunta Alberto Pliego en su estudio Las Primaveras Árabes: la influencia de Qatar y sus relaciones con los Estados del Golfo, publicado en la Revista UNISCI.

Respecto a las voces (que, en su mayoría, provienen desde el Reino del Desierto) que dicen que Catar financia y apoya a grupos terroristas, el embajador catarí deja clara su postura en el artículo de El Mundo en el que responde a otro escrito realizado anteriormente por el embajador saudí. “Somos miembros de la alianza internacional, albergamos una base militar norteamericana y solo tenemos relaciones con Gobiernos oficiales. Desgraciadamente, muchos miembros de organizaciones como Al Qaeda o EI proceden de Arabia Saudí, así como la mayoría de los autores del 11-S. También Osama Bin Laden, citado por Bin Khalid, era un ciudadano saudí cuya figura fue impulsada por los servicios de Inteligencia saudíes antes de la existencia de Al Jazeera. Asimismo, me gustaría preguntar a mi amigo el embajador acerca de sus numerosos compatriotas incluidos en las listas elaboradas por la ONU y la UE. Finalmente, quiero destacar que Catar nunca ha impulsado una guerra contra países vecinos. Resulta triste recordar, sin embargo, realidades tan dramáticas como la que actualmente vive Yemen”, escribe Al Kuwari en relación a la guerra que mantiene Arabía Saudí contra el país más pobre de la región.

Catar y la religión

Otro de los aspectos fundamentales de la proyección exterior de Catar es la religión. El pequeño Estado, según Pliego, sigue la tradición Wahabí, “con una clara prevalencia de la escuela de jurisprudencia Hanbalí”. De hecho, explica, “la familia Al Thani procede del mismo grupo tribal que el fundador del Wahabismo, Mohammed ibn Abd al-Wahhab. Sin embargo, aunque muchos de los postulados wahabistas se aplican en el país, el wahabismo ha sido percibido por los Al-Thani como una forma de dominación saudí”. Por este motivo, es muy posible que los cataríes hayan buscado otros modelos político-religiosos en los que apoyarse –como los Hermanos Musulmanes, quienes ostentan el liderazgo religioso en el pequeño Reino– para evitar la identificación con el wahabismo por miedo a ser absorbido por Arabia Saudí.

El 29 de abril de 2003 se aprobó por referéndum una nueva Constitución en Catar, que entró en vigor el 8 de junio del año siguiente para sustituir a la Constitución provisional de 1972. El texto, según se puede leer en la ficha que elabora el Ministerio de Exteriores, “establece una separación formal de los poderes del Estado, define sus competencias y contempla un catálogo de derechos y libertades para sus ciudadanos (entre ellos: no discriminación, igualdad, prohibición de la tortura, presunción de inocencia, no retroactividad de normas penales) y deberes (respeto por las normas, orden público moral y costumbres locales) para sus residentes”. En el apartado legislativo, la Carta Magna catarí prevé la creación de un órgano con facultades legislativas y de control, en particular en materia presupuestaria: el Consejo Al Shura, de 45 miembros, 30 de los cuales serán elegidos por sufragio universal directo y el resto designados por el emir. En cuanto al poder ejecutivo, este corresponde al emir, que también es jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas, y al Consejo de Ministros.

Dicho de otro modo: la Constitución iguala en derechos y deberes a hombres y mujeres, y separa formalmente los tres poderes, aunque el emir mantiene el derecho de veto. El texto no prevé la creación de partidos políticos, pero sí reconoce el derecho a la libertad de expresión y de asociación. A diferencia de otros estados árabes, Catar tiene una de las legislaciones más liberales de la comunidad musulmana. Sin embargo, según explica Gamal Yahya, un experto egipcio que colaboró en la elaboración de la Constitución, a Webislam, la Sharía o Ley Islámica es una de las fuentes de legislación, pero no la principal, como sucede en otros países islámicos.

En Catar se han dado avances en los últimos años, sin duda, y parece que los gobernantes están dispuestos a avanzar hacia un modelo democrático similar a los occidentales, pero tienen mucho trabajo por delante. De hecho, el informe que realiza Amnistía Internacional ha detectado numerosas fallas democráticas. El organismo señala que, en el periodo analizado, los años 2016-17, las autoridades restringían “indebidamente el derecho a la libertad de expresión, de asociación y de reunión pacífica”. La ONG también ha detectado vulnerabilidades en los derechos de los trabajadores migrantes, que continuaban sufriendo explotación y abusos. La Organización Internacional del Trabajo, sigue el informe, visitó Catar y reconoció las medidas tomadas por las autoridades para abordar los abusos contra la mano de obra migrante, “pero señaló que quedaban muchos problemas sin resolver”.

Y si hay algo muy sensible en las sociedades árabes es el papel de la mujer. En Catar, la occidentalización de la mujer es un hecho: entre otras cosas, pueden conducir un vehículo, y tienen un papel social relevante, aunque no se ha avanzado lo suficiente en el ámbito de la legislación. Amnistía Internacional recuerda que siguen sufriendo “discriminación en la ley y en la práctica” y que “no recibían protección adecuada contra la violencia en el ámbito familiar”. “La legislación sobre la condición jurídica de las personas seguía discriminando a las mujeres en relación con el matrimonio, el divorcio, la herencia, la custodia de los hijos e hijas, la nacionalidad y la libertad de circulación”, enumera el informe. Por último, en cuanto a la pena de muerte, la ONG señala que los tribunales impusieron nuevas condenas de muerte, pero no se tuvo constancia de ninguna ejecución. Catar es uno de los países más inteligentes y hábiles de la región, clave para la evolución de numerosos conflictos. Las autoridades del país tienen mucho trabajo por delante para llegar a ser una auténtica democracia, pero con disposición y el apoyo de Occidente todo es posible. El acoso de sus grandes vecinos de la región sugiere que las grandes democracias, con Estados Unidos a la cabeza, se volcarán en la defensa del pequeño país.

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Sergio García M.

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