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La Comisión Europea cambia de política

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La Comisión Europea cambia de política 1
European Union flags in front of the blurred European Parliament in Brussels, Belgium

Los tiempos del culto a la ortodoxia y a la estabilidad presupuestaria parecen haber pasado a mejor vida en la Comisión Europea, a pesar de que soplan vientos conservadores en Europa: Francia duda entre la derecha y la extrema derecha, Alemania se encamina probablemente hacia una prórroga de la gran coalición tras las elecciones del año que viene… En este marco, la victoria de Trump en Estados Unidos se nos antoja a muchos como una cruel caricatura de un destino reaccionario.

En este contexto, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Financieros acaba de publicar S’il est minuit en Europe (Si es medianoche en Europa, Grasset) que, según las primeras referencias, parte de la distopía de una victoria de Marine Le Pen en las próximas elecciones presidenciales francesas, y partiendo de la hipótesis de este shock, responde a los populistas antieuropeos con un proyecto de reconstrucción de la UE que impida semejante deriva.

Moscovici es socialdemócrata, miembro del Partido Socialista francés, discípulo de Strauss-Kahn y de Michel Rocard, ministro de Asuntos Europeos durante el gobierno de Lionel Jospin y ministro de Economía y Finanzas de Hollande en 2012, hasta que en 2014 pasó a ocupar la principal cartera económica de la Comisión Europea. Ha aplicado sin pestañear las políticas de austeridad de inspiración alemana dictadas por Juncker hasta que ha aprovechado la salida de la crisis, que no es todavía verdadera recuperación en Europa, para plantear un cambio de rumbo de la economía comunitaria.

La razón de este viraje radical es eminentemente política, intenta frenar el rechazo de la sociedad europea a Bruselas y se conecta con los últimos sucesos sobrecogedores que no deberían caer en saco roto: el Brexit y la llegada a la Casa Banca del populista Trump. Se equivocan quienes piensan que estos acontecimientos son fruto del azar, que no están ligados a la emergencia de los populismos en Europa y que no detectan poderosos móviles económicos en ambos fenómenos. Como ya han empezado a denunciar los analistas más aventajados, detrás de estos movimientos antisistema hay severos fracasos del sistema establecido.

En ambos casos, hemos experimentado las consecuencias de una globalización efectuada sin las debidas precauciones, unida a una crisis financiera pésimamente gestionada, que han depauperado las clases medias, han llenado de inseguridad los sistemas laborales y han empobrecido regiones enteras. Y en las sociedades golpeadas por tales procesos, los discursos xenófobos y los nacionalismos introspectivos, enemigos del cosmopolitismo y la apertura de los mercados, han conseguido un arraigo masivo que Trump y Le Pen están aprovechando con inteligencia.

Moscovici ha sido el primer representante del sistema establecido que ha tenido el arrojo de mostrar la evidencia. Su libro tiene un objetivo muy concreto: evitar la victoria del Frente Nacional en 2017. No es probable que Le Pen consiga la presidencia de la República porque de nuevo las formaciones republicanas de derecha y de izquierda se aliarán en su contra. Pero de lo que se trata es de que el espacio democrático recupere sus contenidos ideológicos. Y para ello, la fórmula es simple y la ofrece Moscovici: hay que impulsar la economía, reducir el paro y limitar la desigualdad. En este marco, ahora explicitado al fin por la Unión Europea, será posible reconstruir las formaciones políticas tradicionales y eclipsar los florecientes populismos, pero para ello es preciso convencer a Alemania y demás países centrales de la UE de que la simple estabilidad, la ortodoxia, no sólo no devuelven la confianza de los ciudadanos en sus instituciones sino que fortalecen los radicalismos populistas hasta un probable punto de no retorno.

Juncker, intuitivo pero sin un discurso político elaborado, ideó su fastuoso plan de inversiones, duplicado hace poco, para tratar de sacar del marasmo la Unión. Moscovici amplía la propuesta de forma más articulada, al mismo tiempo que el presidente del BCE clama en el desierto la evidencia de que la política monetaria expansiva no da más de sí, por lo que sólo una política económica más activa permitirá crear empleo y devolver a los ciudadanos las expectativas perdidas de cierta seguridad y mayor bienestar. Los populismos aprietan y algunos piensan que ya llegamos tarde al designio de zafarnos de ellos. Tras Estados Unidos, los países de Europa pueden ir cayendo en sus manos si no hay una rápida reacción.

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