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La solución china

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Xi Jingping, secretario general de China

El acuerdo de cooperación entre China y Rusia, un documento de 5.000 palabras firmado el 4 de febrero, con ocasión de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing, expresaba el reforzamiento teórico de los lazos entre ambos países, que entonces pasó inadvertido. La amplia declaración hacía referencia a una “amistad entre los dos Estados [que] no tiene límites”. Presentaba una descripción sin fisuras de los intereses comunes, así como los compromisos para abordar el cambio climático, la salud global, la cooperación económica, la política comercial y las ambiciones regionales y geoestratégicas. China se oponía a la ampliación dela OTAN y firmaba un gran tratado comercial de compra de gas a Rusia, en tanto Rusia criticaba el Aukus, la alianza de seguridad en Asia que formaron el año pasado EE UU, el Reino Unido y Australia. Moscú también declaraba que Taiwán forma parte del territorio chino, una de las grandes prioridades políticas del Gobierno de Xi, pero pasaba de puntillas sobre las pretensiones de soberanía de la potencia asiática en el Mar del Sur China. Occidente, tan miope a veces, debió haber tomado nota de que se enfrentaba a una poderosa y reforzada alianza.

Un mes después, el 5 de marzo, el primer ministro chino Li Keqiang presentaba a la Asamblea Popular Nacional el informe anual de la Labor del Gobierno que describía la situación del país, en marcha infatigable hacia la prosperidad. En el documento se reiteraban, ampliados, los compromisos permanentes de China con la reducción de la pobreza, la creación de empleo, la digitalización, la protección del medio ambiente, el cumplimiento de los desafíos demográficos, la prevención de enfermedades y una amplia gama de cuestiones económicas y financieras. Hubo un ajuste perceptible en el pronóstico económico, con un objetivo de crecimiento para 2022 de “alrededor del 5,5%” que, aunque débil para los estándares chinos, en realidad fue un poco mayor que lo que pronosticaban los analistas. El presupuesto de Defensa crecía un 7,1% pero, en todo caso, el panorama estaba muy lejos de corresponder con un mundo en profunda y grave crisis a causa de la guerra de Ucrania.

Ambos acontecimientos mencionados enmarcan a la perfección el margen ruso de actuación. China es hoy es la segunda potencia de la tierra, tras un camino que puede resumirse en un único indicador: Entre 1978 y 2018 el Producto Interno Bruto (PIB) de China pasó de US$ 150.000 millones a US$ 12.240.000 millones (según cifras de la ONU). Y aunque políticamente siga siendo una autocracia de partido único, con limitaciones conocidas de los derechos humanos y con una represión detectable de determinadas minorías, no cabe duda de que el país más poblado del mundo ha sido capaz de sacar de la hambruna a prácticamente toda su población, de ser un actor económico de primer orden que disputa a los Estados Unidos el liderazgo en materia de innovación tecnológica, y, tras un crecimiento sostenido en las últimas décadas, de generar una abundantísima clase media, ilusionada con su propio país y más o menos adaptada a la fórmula iliberal de gobierno, que ensombrece una parte relevante de su progresión personal.

Pues bien, ese país en crecimiento constante, cada vez más puntero en alta tecnología, cada vez con  mayor nivel de vida, no puede compatibilizar de ningún modo el acuerdo de cooperación con Rusia del 4 de febrero con el informe de prosperidad de la propia China presentado en 5 de marzo. En otras palabras, China no puede alinearse en la marginalidad que auspicia Rusia, de un nacionalismo cuasi medieval y teñido de arcaicas supersticiones cristianas, violento con su zona de influencia y obligado a cerrarse a la globalización por ser excluido de ella, y pretender al mismo tiempo seguir avanzando en la senda de la prosperidad y de la modernidad. Rusia, alineada con Irán y Corea del Norte, es un paria que alimenta su propia decadencia. Con sus poco más de 140 millones de habitantes, está padeciendo una grave crisis demográfica, tiene un PIB algo superior al español –es la decimoprimera potencia del mundo-, una renta per cápita de poco más de 11.000 dólares, unas tasas de crecimiento inferiores al 2% en los últimos años, y no ha conseguido subirse al tren de la tecnología ni del desarrollo.

Por decirlo más claro, a China no le conviene en absoluto que Rusia la involucre en el obstruccionismo del desarrollo global, un ámbito en el que el país asiático va ganando en tanto Rusia va haciendo cada vez más méritos para perder las oportunidades de modernización que tenía hasta hace poco. Ello explica que China mida su respaldo a Rusia y que se abstenga en las condenas a Moscú en Naciones Unidas, cuidando mucho de no involucrarse en la esfera de los escasísimos actores autoritarios que votaron a favor de las tesis rusas.

Así las cosas, Occidente tiene una clara oportunidad de aplicar al problema de Ucrania la “solución china” que pasaría por mejorar sus relaciones con la potencia asiática, una autocracia más centrada y racional que Rusia, facilitando a Pekín una mayor dosis de confianza y oportunidades a cambio de su mediación frente a Moscú, de que meta en vereda a su amigo ruso, que de no ser por China estaría completamente aislado en el mundo. Es una vasta operación que debería ser el preámbulo de un nuevo statu quo global y sin hegemonías agresivas, comprensivo con los modelos iliberales con los que habría que contemporizar, poniendo siempre en la balanza, como elemento previo, un respeto creciente hacia los derechos humanos.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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